miércoles, 4 de abril de 2012

Casino Royale (2006)

Existían muchas dudas en torno a la elección de Daniel Craig como 007, pero quedaron totalmente disipadas tras el estreno de Casino Royale, una vuelta a los orígenes del personaje creado por Ian Fleming. El nuevo Bond se presenta desde sus inicios, en el momento anterior a su ascenso a la categoría de doble cero; de este modo se descubre a un agente menos sofisticado que sus predecesores, menos hecho en cuanto a sus costumbres refinadas y a su cinismo, un hombre que se irá moldeando a sí mismo según sus experiencias. Este James Bond tiene personalidad propia, mucho más chulesca, insensible y temeraria que la del resto de los agentes 007, también resulta más físico y brutal. Como es habitual en la saga, la misión del agente del MI6 le lleva por diversos puntos del globo, desde Madagascar hasta Montenegro, pasando por las Bahamas y finalizando en Venecia, durante ese periplo, 007 sigue la pista de un blanqueador de dinero llamado Le Chiffre (Mads Mikkelsen), a quien se enfrentará en una letal partida de poker, en la que se exigen diez millones de dólares para poder participar; y como es sabido, al súbdito británico jugar a las cartas le gusta más que desobedecer a M (Judi Dench), o a cualquier otra autoridad. Antes de llegar al casino y comience a despilfarrar el dinero del gobierno, como si se tratase de billetes del Monopoly, Bond conoce a Vesper (Eva Green), su nueva chica, la que le convierte en el Bond más sensible de cuantos han pasado por la gran pantalla. Su idilio se inicia desde el rechazo, aunque ninguno puede ocultar la atracción que sienten; pero antes de consumar su relación deben atender a una partida en la que se producen situaciones que poco o nada tienen que ver con las emociones que Vesper ha despertado en James (o viceversa). Entre mano y mano, el agente secreto más famoso de celuloide se toma un descanso, bien sea para cargarse a ese par de enemigos con los que desciende las escaleras del hotel o bien para enchufarse a un desfibrilador que le permita seguir viviendo, evitando de ese modo que el veneno introducido en su bebida dé al traste con su emergente carrera de espía. Pero así es Bond, pasa de cualquier consejo médico y regresa al juego, el mismo en el que Le Chiffre le gana por la mano o por un chivatazo que procede de alguien cercano al agente 007; sin embargo, gracias a la intervención de un desconocido llamado Felix Leiter (Jeffrey Wright), quien se presenta como un hermano de la CIA, Bond consigue la cantidad necesaria para recomprar su entrada en el duelo de naipes. Vesper, Mathis (Giancarlo Giannini) y ese nuevo (viejo) amigo observan, boquiabiertos, como el agente 007 apuesta, sin inmutarse, la friolera de cuarenta millones y medio de dólares, ahí es nada, consiguiendo ganar y dejar sin blanca a un villano que juega con un dinero que no es suyo; mal hecho muchacho, seguro que tus amigos se cabrean. Esa es la idea, conseguir que Le Chiffre se sienta acorralado por sus socios, para así ofrecerle protección a cambio de información sobre la peligrosa organización para la que ha estado trabajando. Sin embargo, las cosas se tuercen tanto para el villano como para el héroe, ya que éste último sufre un dolor testicular que es mejor no imaginar, pero que resiste (si se puede llamar así) con un humor que utiliza para sobrevivir y no confesar el número de cuenta donde ha ingresado el dinero que Le Chiffre necesita a toda costa. La tortura sufrida por Bond abre un periodo de recuperación que le permite experimentar el amor que siente por Vesper, la mujer que se encuentra a su lado, la misma que le arropa y ofrece el cariño necesario para recuperar su confianza, su salud y su hombría. Casino Royale no da descanso, ya sea durante sus escenas de acción o durante la partida que abarca buena parte del film, pero también muestra una versión diferente de James Bond, menos glamurosa, pero más contundente; un agente que se va haciendo paso a paso, entre muertes y desengaños, al tiempo que evolucionan sus emociones hacia Vesper, una mujer que le cala hondo y que marca un final y un principio, que se confirma con una frase que no podía faltar a su cita: me llamo Bond, James Bond

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