jueves, 28 de febrero de 2013

Skyfall (2012)

En el vigésimo tercer título oficial del personaje creado por Ian Fleming se destruye al mito para resucitar a un nuevo Bond, menos heroico y más humano, que rechaza convertirse en una reliquia del pasado condenada a desaparecer. James (Daniel Craig) a duras penas sobrevive al nuevo orden mundial a base de lingotazos y pastillas, lo cual crea un aspecto atípico en este héroe que deja de serlo desde el inicio de Skyfall, cuando M (Judi Dench), la imagen de la autoridad materna, ordena disparar al rival con quien 007 mantiene una espectacular disputa sobre el techo de un tren en marcha, a pesar de la posibilidad de que la bala impacte en el doble cero y provoque su caída al vacío. El Bond de Skyfall resucita como un tipo desencantado, pero a pesar de ello, no puede dejar de ser quien es: un miembro del servicio de inteligencia británico, el único hogar que ha conocido o que quiere recordar. El pasado del agente nunca fue un tema tratado en profundidad en anteriores entregas; no obstante, en el film de Sam Mendes cobra gran importancia, ya que dicho pasado debe cerrarse para que se produzca el nuevo comienzo, que se gesta en un presente que retrae al personaje a la infancia de la que nunca ha querido hablar. Tras la incorporación de Daniel Craig el rumbo de la saga apuntó hacia un cambio total, un enfoque que ya se advertía en los momentos iniciales del último film de Pierce Brosnan en la serie, Muere otro día (Lee Tamahori, 2002), y materializado en Casino Royale (Martin Campbell, 2006) para confirmarse definitivamente en Skyfall, película donde acción y personajes alcanzan un equilibrio pocas veces visto en la saga. Uno de los aciertos del film reside en la importancia que se le concede a M, objetivo de la venganza obsesiva de un terrorista desconocido; la actitud de la madre de los huérfanos 00 ofrece una perspectiva nada positiva de su relación emotiva con sus agentes, prescindibles todos ellos en un mundo en constante cambio, donde los intereses priman sobre lo afectivo y la modernidad sobre el clasicismo. En ese nuevo orden mundial los enemigos dejan de ser países y banderas, característica del periodo de la Guerra Fría durante el cual florecieron los doble cero, ahora el peligro se esconde en individuos anónimos capaces de crear el caos y la confusión como la que explota ante la incrédula mirada de la jefa del servicio secreto. Silva (Javier Bardem) es un claro ejemplo de ese enemigo en la sombra al que se refiere la máxima responsable del MI-6 durante su careo ante el comité que evalúa su buen hacer al frente del espionaje británico. Aunque este villano también podría considerarse el reverso de James Bond, pues sus vidas guardan paralelismos que van desde la soledad a la decepción causada por las decisiones nada sentimentales de M. Por fortuna, 007 no se ha dejado dominar por el odio que habita en su rival; James solo ha tocado fondo, cuestión que no le impide continuar mostrando su actitud descreída, rebelde a su manera y evidentemente individualista, la misma que le permite sobrevivir a un entorno que abandona momentáneamente para realizar un último viaje al volante de su viejo Aston Martin o para bromear con un imberbe y renovado Q (Ben Whishaw); pero sobre todo para mirar al futuro con el optimismo de saber que todavía le queda un amplio recorrido por explorar.

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