jueves, 22 de junio de 2017

El verano de Kikujiro (1999)

La espléndida Hana-Bi (1997) significó el reconocimiento definitivo del Takeshi Kitano cineasta, un realizador que ha construido su universo cinematográfico sobre silencios y primeros planos que hablan por sí mismos, sobre la comicidad (que alcanzaría el grado de autoparodia en Takeshis'), sobre la violencia, la soledad o la presencia del océano como parte de la poética visual que, en mayor o menor medida, emplea en sus películas. Pero, hasta Hana-Bi, dicha poética no había alcanzado su perfección, provocando que pasase desapercibida para parte del público, que quizá había malinterpretado la creatividad de un director que en El verano de Kikujiro (Kikujirô no natsu, 1999) ofrecía un enfoque en apariencia distinto al mostrado con anterioridad, aunque solo en apariencia, pues, tras el entrañable, cómico y, en casos puntuales, amargo viaje de Kikujiro ("Beat" Takeshi) y Masao (Yusuke Sekiguchi) se encuentran rasgos del Kitano de Una escena frente al mar (Ano natsu, ichiban shizukana umi, 1991) o Sonatine (Sonachine, 1993), film que esboza algunos aspectos tratados en El verano de Kikujiro. Pero, a diferencia de aquel, en este recorrido vital y vitalista, el realizador sustituye la criminalidad de los yakuza que aguardan en la playa de Okinawa por las travesuras y los juegos infantiles de dos niños: uno adulto y el pequeño que en la primera secuencia corre sobre el asfalto de Tokio, con las alas de su mochila desplegadas al viento, liberado de su tristeza. En este momento inicial, todavía ignoramos que ambos han regresado de su experiencia compartida, aunque sí comprendemos, gracias a sucesivas secuencias, que el Masao que se observa en ellas interpreta el paréntesis estival de forma contraria a los chicos de su edad. Para él, el verano no resulta un tiempo de juego ni de felicidad, sino un periodo durante el cual la soledad se agudiza, sin padres con quienes disfrutarlo y sin compañeros con quienes compartir el campo de fútbol donde su solitaria figura se hace más patente y más dolorosa. Masao vive con su abuela (Kazuko Yoshiyuki), aunque ella apenas puede compaginar su trabajo con la atención que precisa su nieto, ni calmar su creciente anhelo de ver a su madre (Yauko Daike). Aunque más que de deseo, habría que hablar de la necesidad vital de llenar el vacío que se lee en su rostro, un vacío que acabará por desaparecer en compañía del adulto-payaso, incorregible, pendenciero y abusón, que poco a poco le devuelve la sonrisa. El dúo emprende su viaje por espacios donde se descubre el silencio en el más joven, la protesta (y la afición a las apuestas) en el mayor y un entorno donde la violencia surge de imprevisto: el desconocido que pretende abusar de Masao, el coche que atropella a Kikujiro y se da a la fuga o los yakuza que lo golpean en la feria. Si las escenas que presentan al niño lo definen a la perfección, no resultan menos acertadas las exponen el carácter del adulto, que en presencia de su mujer (Kayoko Kishimoto) se muestra cabizbajo y poco hablador, pero en compañía de Masao, se libera y se iguala en edad, aunque mostrándose cual matón de patio de colegio, egoísta, malhablado e incluso pendenciero (no para de amenazar ni de insultar, roba un taxi, tampoco duda a la hora de arrojar una piedra al parabrisas del camión cuyo dueño no ha querido llevarlos o asume como frase favorita "...serás cabrón"). Durante la primera parte del recorrido, Kikujiro da rienda suelta a su yo infantil y pendenciero, mientras, Masao se retrae hacia su interior y piensa en el reencuentro que idealiza, y que no llega a producirse, al menos tal como había imaginado. En el universo Kitano no son precisas las palabras para exteriorizar la tristeza ni el dolor, de eso se encargan planos que captan ambos, de ahí que no precise de diálogo para comprender la tristeza del niño cuando descubre a su madre, e interpreta que la nueva familia formada por esta, lo relega al olvido. La tristeza de muchacho afecta a Kikujiro, quien, comprendiendo la pérdida de la ilusión (él la habría experimentado en el pasado), abandona su egoísmo para animar con su peculiar personalidad a ese niño que, golpeado por la soledad, toma su mano a orillas del océano donde inician su viaje hacia el mundo infantil que compartirán con otros tres adultos, que aceptan regresar a la niñez para que Masao pueda disfrutar de la suya.

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