lunes, 29 de julio de 2013

La batalla de los sexos (1959)

La última película rodada en los estudios Ealing originales data de 1956, posteriormente los terrenos serían vendidos y la productora funcionaría durante un par de años más, hasta que se produjo su desaparición como tal. Sin embargo, Michael Balcon continuó ligado al mundo del cine, convertido en el responsable de una nueva compañía que resultaría vital para el desarrollo del Free Cinema y que inició su breve andadura con La batalla de los sexos (The Battle of the Sexes), comedia deudora de las magníficas producciones realizadas en la Ealing, no en vano sus responsables fueron antiguos componentes de aquélla, que, al igual que Balcon, siguieron con sus carreras lejos del estudio que ayudaron a mitificar, aunque coincidiendo en ocasiones como en esta comedia dirigida por Charles Crichton, escrita por Monja Danischewsky, que también asumió las labores de producción, y montada por Seth Holt. Contando con estos miembros de la afamada productora donde se realizaron joyas como Pasaporte para Pimlico (Henry Cornelius, 1949), El hombre del traje blanco (Alexander Mackendrick, 1951) u Oro en barras (Charles Crichton, 1951), La batalla de los sexos heredó parte del espíritu de aquellas grandes comedias en las que la ironía se convertía en la esencia de las mismas. Ese tono satírico fue mostrado por Crichton en el enfrentamiento entre la tradición y un personaje fuera de contexto, mujer en un mundo machista, cuya modernidad choca con las costumbres a las que los empleados de la casa Macpherson se aferran desde tiempos inmemoriales. Al inicio del film una voz en off presenta al señor Martin (Peter Sellers), de quien dice que se trata de un superhombre enfrentado a una situación límite; de un modo más directo se introduce a la señora Barrows (Constance Cummings), a quien se descubre en una sala de juntas rodeada de hombres mientras dice ésto y aquéllo, y es esa misma disposición para asumir el control la que convence a sus jefes para trasladarla de Estados Unidos a Escocia, pero no como recompensa a su profesionalidad, sino para mantenerla alejada. Esta eficaz empleada representa a la figura de la mujer actual, contraría a la idea de mujer tradicional que poseen los empleados de la fábrica de tweed a la que accede cuando, en su viaje en tren hacia Edimburgo, conoce a Robert Macpherson (Robert Morley), el heredero de la empresa de tejidos que asume el control de la misma después del fallecimiento de su padre (Ernest Thesiger). Poco antes, en su lecho de muerte, el anciano Macpherson, solicitó a Martin que cuidase de su hijo y de la compañía, pues estaba convencido de que su vástago no se encontraba capacitado para salir adelante sin ayuda. La personalidad del nuevo dueño confirman las sospechas paternas, pues parece un hombre que no puede valerse por sí mismo, aunque eso no impide que sienta atracción hacia esa mujer a quien contrata para que modernice su compañía. La irrupción de Barrows en la casa de tejidos rompe con la austeridad y con un sistema arcaico con el que todos los empleados se identifican, ya que ellos mismos semejan tan viejos como los muebles o accesorios que les rodean. Esa imagen de épocas pasadas choca de pleno con el modernismo que predica la ejecutiva, quien empieza a cambiar un espacio que en poco tiempo se convierte en un mundo ajeno a Martin y al resto del equipo. Para el responsable real de la compañía la presencia de la nueva consejera es una amenaza contra la tradición que el viejo Macpherson le pidió que defendiese, de modo que, como fiel empleado, asume la responsabilidad de poner cuantas trabas se le ocurran para provocar el fracaso de lo nuevo. Así pues, este hombre que ni bebe ni fuma ni alza la voz se encuentra ante la difícil tarea de vencer a las imposiciones de una directiva que le toma la delantera al emplear su influencia sobre Robert, cuestión que obliga a Martin a tomar un medida tan drástica como sería el asesinato que planifica minuciosamente en una sala de cine donde toma buena nota para lograr el crimen perfecto.

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