lunes, 20 de mayo de 2013

Ángeles sin brillo (1957)


Antes de su llegada en 1939 a los Estados Unidos, como consecuencia del auge del nacionalsocialismo en su país de origen, Douglas Sirk ya quería adaptar Pylon, la novela escrita por William Faulkner a mediados de los años treinta. Dos décadas después, ya asentado en Hollywood, el director de origen alemán pudo llevar a cabo aquel viejo proyecto en Ángeles sin brillo (The Tarnished Angels), otro de sus grandes melodramas rodados durante su etapa en los estudios Universal, su periodo más reconocido por el público, durante el cual dirigió películas míticas como Escrito sobre el vientoTiempo de amar, tiempo de morir. En Ángeles sin brillo, Sirk contó una vez más con Rock Hudson, su actor fetiche por aquel entonces, y de nuevo ofreció un papel de hombre atormentado a Robert Stack, como había ocurrido en Escrito sobre el viento, donde también aparecía Dorothy Malone, que en este intenso drama encarna a la sufrida esposa del piloto en quien se centra la historia. Bruce Devlin (Rock Hudson) se convierte en testigo de la tortuosa existencia de un nómada que recorre el país, en compañía de su mujer e hijo, participando en espectáculos aéreos gracias a los cuales malviven; a través de la presencia del periodista se descubre que los Shumann son incapaces de alejar de su cotidianidad la desilusión, el distanciamiento o la fatalidad. En su primer contacto con Roger (Robert Stack), el escritor le juzga como un individuo arisco y egoísta, sin embargo, la complejidad emocional de aquél va más allá de un comportamiento tras el que pretende ocultar el tormento que le produce la idea de la muerte y del fracaso al que está condenado. Shumann, héroe de la Primera Guerra Mundial, siente la frustración generada por la incapacidad de volver a ser alguien, la cual le impide expresar el amor que siente hacia Laverne (Dorothy Malone) o una mínima consideración hacia Jiggs (Jack Carson), su mecánico, su amigo y el eterno enamorado de su mujer. La tormentosa personalidad de Roger siempre se encuentra presente en ese pueblo al que ha llegado para participar en una competición aeronáutica, durante la cual pierde su avión, y uno de sus rivales (Troy Donahue) la vida, desgracia que confirma la peligrosa realidad a la que se exponen estos temerarios del aire. La pérdida del aparato significa un duro revés para Shumann, que necesita volar más allá de sus sentimientos hacia Laverne o sus valores morales, los cuales traspasa cuando, convencido de que si gana la competición podría aspirar a la vida que desea, exige a su esposa que acuda a un millonario a quien no tolera (Robert Middleton) y consiga como sea el avión que le permita competir al día siguiente. En Ángeles sin brillo el personaje de Rock Hudson no es el protagonista, más bien sería el testigo de las relaciones que se producen entre esos desarraigados; desde él, el espectador accede a la complicada relación que mantienen el piloto y su esposa, y a la de éstos con Jiggs, siempre con la presencia de la desesperación y la desesperanza que habitan en el aviador, dominado por fantasmas del pasado y por el pesimismo que le han convencido de su fracaso y de haber condenado a su esposa a la fatalidad que le persigue.

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