viernes, 2 de diciembre de 2011

Vida de perros (1950)

La miseria que existía en la sociedad italiana en tiempos de posguerra fue mostrada de manera excepcional por un buen puñado de directores y guionistas que pretendían acercar la realidad tal cual era, así nació el neorrealismo como un intento de concienciar al espectador de los hechos que asolaban a buena parte de la población, sin embargo, Vida de Perros (Vita da cani) sólo toma parte de las características de este movimiento para ofrecer la realidad que rodea a una compañía de actores desde un humor, no exento de drama y de tragedia, que sería un antecedente claro de la posterior comedia a la italiana. Los directores Mario Monicelli y Steno, en su tercera colaboración, se centraron en los apuros de un grupo de actores y actrices, liderado por Nino Martoni (Aldo Fabrizzi), que debe superar el día a día para continuar exhibiendo su mal pagado arte, algo que se muestra en los constantes enredos en los que se ve envuelto Martoni, ya que sin dinero debe conseguir alojamiento, alimentos y transporte para su compañía. Este empresario, humorista y padre de una familia de actores, se desvive por los suyos mostrando una picaresca que les permite mal vivir recorriendo los pueblos de Italia. A esta compañía de variedades llega Franca (Tamara Lees) con la intención de lograr su objetivo, que no sería triunfar en el mundo del espectáculo, sino conseguir que algún millonario se fije en su hermosura y le ofrezca la oportunidad de abandonar la miseria en la que ha vivido y en la que ha dejado a Carlo (Marcello Mastroianni), el amor de su vida, con cara de idiota. Para Franca el amor debe ser sacrificado por la comodidad y la opulencia, elección que choca con la prioridad de Vera (Delia Scala), su nueva compañera y amiga, quien se ha decantado por escoger al amor como motor de su existencia. Vera y Mario se aman, aunque no resulta una relación sencilla, pues el padre del muchacho considera a las bailarinas mujeres de vida alegre, carentes de la moral necesaria para el matrimonio, postura que muestra la doble moralidad de un individuo quien, sin saber que se trata de la novia de su hijo, intenta propasarse con ella. Vida de perros expone las desventuras y carencias de los cómicos ambulantes, pero también enfrenta las posturas elegidas por Vera y Franca, a las que se une una tercera opción romántica tras la aparición de Margherita (Gina Lollobrigida), la joven que se cuela en el vagón donde viaja la compañía y a quien Martoni protege, ofrece un hogar y convertirá en Rita Buton. Mientras el grupo se traslada a Milán surgen estas cuestiones, al tiempo que Martoni se las ingenia para no pagar en un hotel, para sobrevivir a los abucheos de los espectadores descontentos o para encontrar a la nueva estrella que levante el maltrecho espectáculo, algo que ya ha hecho en infinidad de ocasiones, pero siempre con el mismo final: el abandono de la vedette. Sin embargo en Rita encuentra a alguien diferente, una mujer sencilla, inteligente y simpática que le quiere por lo que es y por lo que hace por ella o por los demás miembros de la compañía, por ese motivo la nueva estrella de variedades no quiere abandonarle, a pesar de la sustanciosa oferta que ha recibido después de que Martoni le ofreciese la oportunidad para cantar y bailar. Para Nino Martoni esto es un verdadero problema porque se ha enamorado, pero también es consciente de que si confiesa su amor la condenaría a una vida de perros, y esa es una verdad que no puede permitir. Mario Monicelli y Steno lograron un acercamiento excepcional a este mundo en el que nada reluce, salvo el humor con el que el jefe de la compañía se defiende y sobrevive, pues sabe que es la única manera de continuar adelante, todo lo contrario a Franca, quien ni ríe ni disfruta, porque ha dejado atrás lo único que le importaba. Por un instante parece arrepentirse, por eso se presenta en la antigua residencia de de Carlo, en un último intento para que sus sentimientos venzan a su ambición, un gesto que resulta inútil, porque no soporta la idea de vivir en la miseria de la que escaparía definitivamente si aceptase la propuesta de matrimonio realizada por un hombre que cumple todos los requisitos que busca, excepto uno: el amor. Vida de perros es una magnífica muestra de una realidad enfocada desde el humor, como también lo es Guardias y ladrones (Guardie e ladri), otro gran film realizado entre ambos directores, pero que no puede evitar ser lo que es, una comedia agridulce, porque así sería la vida de ese grupo de cómicos encabezados por un hombre que no se rinde, a pesar de saber que todo continuará igual para él y para los suyos.

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