lunes, 19 de septiembre de 2011

Guardias y ladrones (1951)


La comedia neorrealista encontró en Renato Castellani, Mario Monnicelli y en Steno a sus máximos exponentes. Estos cineastas ofrecieron en varias de sus películas una visión menos trágica que la mostrada en los dramas adscritos al movimiento, pero sin olvidarse de la realidad que condiciona a sus personajes. Pero, a diferencia de Castellani, Monnicelli y Steno desarrollaron esta etapa de sus carreras formando equipo, en títulos en los que la ironía y el humor prevalecen sobre los aspectos más sombríos, aunque, si bien prevalece el tono cómico y satírico, en Vida de perros (Vita da cani) o en Guardias y ladrones (Guardie e ladri) no se esconden las penurias que afectan a sus protagonistas, capaces de hacer reír con sus ocurrencias pero también de provocar la reflexión sobre sus míseras realidades, gracias a los diálogos que mantienen entre ellos o a las numerosas situaciones cómicas e inverosímiles filmadas por la pareja de realizadores, que aprovechó el enfoque realista para desarrollar una perspectiva satírica que Monnicelli asumiría y perfeccionaría en solitario en títulos fundamentales como La Gran Guerra (La Grande Guerra) o La armada Brancaleone, ambas alejadas de la movimiento cinematográfico en el que se descubre a Ferdinando (Totó) y familia. Mal que bien, Ferdinando Esposito se gana la vida timando a los turistas que visitan la ciudad y cometiendo otros delitos menores que tampoco lo alejan de ser un pobre diablo. Sin embargo, si hubiera sabido la que se le venía encima, nunca habría engañado al estadounidense a quien tima cincuenta dólares por una monedad que nada vale, salvo la promesa de su víctima de que pagará por su engaño. Una amenaza más, pero tú no me vuelves a ver el pelo, parece pensar el buen ladrón mientras escapaba del turista. ¡Qué equivocado está el infeliz!, pues no tarda en encontrarse de nuevo con ese viejo conocido, el señor Locuzzo (William Tubbs), quien exige al sargento Bonatti (Aldo Fabrizi) que lo detenga. Más o menos, así se inicia un juego entre guardias y ladrones, un corre, corre que te pillo que da comienzo cuando el delincuente se escapa en un taxi al que siguen el americano y el sargento que ha aceptado el reto de atraparlo. Tras una breve carrera motorizada, el juego continúa, pero ahora con un nuevo participante, el taxista a quien el timador no ha pagado la carrera. Parece divertido, pero los jugadores empiezan a notar el cansancio acumulado en sus piernas. ¡Al ladrón! ¡Deténgalo! ¡Qué no escape! ¡Si escapa hablaré con sus superiores!, alienta el señor Locuzzo a su mejor baza. Tras muchos ánimos de ese tipo y más movimiento de piernas, policía y ladrón necesitan descansar si pretenden continuar con su diversión. Pero, para desgracia de Ferdinando, su oponente se adelanta y lo detiene. ¿Qué el juego se ha acabado? ¿Qué he perdido y tengo que dar con mis huesos en la cárcel? ¡Ni hablar!, semeja concluir el caco mientras urde una nueva estrategia para engañar al policía, que, para su sorpresa, descubre que el pájaro ha volado. Este fin de juego no agrado al norteamericano, que muestra su malestar protestando reiteradamente y centrando su ira en el pobre agente de la ley, a quien no le queda más remedio que escuchar amenazas a las que no concede mayor importancia. ¡Mal hecho, Bonatti! Acaso ¿no sabes la que te espera? Cuando regresa a la comisaría le comunican que sus treinta años de servicio se han ido por la borda. En ese momento su situación es desesperada, únicamente existe un medio para recuperar su trabajo y no ser juzgado. ¡Un nuevo juego! ¡Qué divertido! Ahora se trata del escondite. ¿Dónde puede estar ese granuja de mediopelo? ¿Dónde vive? ¿Cómo localizarle? Por fortuna para el sargento, los archivos policiales son completos, y en una de las fichas encuentra el rostro del tipejo que le ha metido en el embrollo del que debe salir sin que se entere su mujer. La esperanza provoca que Bonetti se sienta satisfecho, sabe que puede ganar, ya que ahora conoce el nombre y la dirección de su oponente. Sin embargo, su rival es escurridizo y no se encuentra en su casa, y ninguno de los allí presentes puede decirle cuándo regresará, ya que sus negocios le obligan a ausentarse durante largas temporadas. Un hecho irrefutable, Ferdinado Esposito tiene mujer e hijos, así pues solo debe aguardar a su regreso, pero ¿por qué no obligar a su propio hijo a jugar con el vástago del ladrón para saber cuándo aquel regresa? Y, aunque no haya niebla, la certeza de compartir miseria bien podría ser el principio de una gran amistad. 

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