jueves, 9 de febrero de 2017

Trabajo clandestino (1982)

Miembro de la segunda generación de realizadores polacos surgidos tras la Segunda Guerra Mundial, Jerzy Skolimowski fue, junto a Roman Polanski, su compañero en la escuela de cine de Lodz, uno de los abanderados del nuevo cine desarrollado en Polonia en la década de 1960, primero como guionista, en el film de Andrzej Wajda Los brujos inocentes (Njewinni czarodzieje, 1960) y en El cuchillo en el agua (Noz w wodzie, 1962), el debut en la realización de largometrajes de Polanski, y posteriormente, ya como director, en Señas de identidad desconocidas (Rysopis, 1964) o Walkower (1965). Pero, al igual que otros cineastas de las distintas cinematografías de la Europa comunista de la década, Skolimowski tuvo que exiliarse de su país natal para continuar su carrera profesional en el extranjero. Durante su deambular internacional, Bélgica, Estados Unidos o Reino Unido, rodó títulos como El grito (The Shout, 1978) o Trabajo clandestino (Moonlighting, 1982), uno de los más conocidos y acertados de su filmografía lejos de Polonia. La película aborda la situación político-social polaca de 1981 desde la perspectiva de Nowak (Jeremy Irons) y, en menor medida, desde la de los tres trabajadores clandestinos que lo acompañan en su aventura londinense, a la que han sido enviados por su jefe para que le rehabiliten la vivienda que acaba de adquirir. Skolimowski accede a la austera cotidianidad de los obreros en la capital inglesa días antes de que en Polonia se supriman libertades civiles, se ordene el toque de queda y se movilicen las tropas militares que, por casualidad, Nowak contempla a través de los televisores de una tienda de electrodomésticos. A partir de ese instante la precaria situación polaca se representa más si cabe en los operarios ilegales, ajenos a las comodidades y a la opulencia que observan en suelo inglés, donde les sorprende la abundancia de Coca-Cola en los supermercados, repletos de alimentos que en su país brillan por su ausencia, los relojes de pulsera que pretenden comprar o los televisores en color más nuevos que el adquirido a cambio de parte de los ahorros que se esfuman en menos de un mes. Pero el mayor acierto del film se encuentra en la contraposición de las imágenes con el pensamiento de Nowak, que guía la narración del mismo modo que él guía la realidad de sus compañeros, mano de obra barata que trabaja sin descanso en la casa del gerifalte de turno que los ha enviado a Londres para reducir a una cuarta parte los gastos que supondrían contratar a constructores británicos. Debido a su condición, los trabajadores minimizan su contacto con el exterior, siempre bajo el control de ese capataz que los ha elegido <<porque son tan estúpidos que creí poder manejarlos>>. Acuden a la iglesia en domingo, los sábados se acercan a la cabina de teléfonos más próxima para recibir noticias de sus allegados y el resto de la semana reconstruyen paredes o cambian las cañerías. Su cotidianidad es austera, llena de privaciones, similar a la austeridad asumida por Skolimowski para desarrollar su analogía entre Polonia y sus protagonistas durante la estancia en Londres, donde Nowak pasa de su desconcierto inicial, los gastos superan sus previsiones iniciales, a la improvisación (engaño y robo) con la que solventa los problemas que van surgiendo a medida que transcurren los días. Él es el único que conoce el idioma, circunstancia que le permite erigirse en el líder de la operación que se desarrolla en la sombra, amenazada por su ilegalidad, pero también por la revuelta que estalla en Polonia y que oculta, tomando como excusa el bien de sus compañeros, aunque su actitud sería el reflejo de una dictadura, pues no duda en manipular y censurar la realidad hasta convertirse en una especie de tirano que tan pronto quema la correspondencia de uno de sus compatriotas como los encierra en el edificio para protegerlos (aislarlos) de los hechos que juzga innecesarios compartir, mientras se justifica diciéndose que <<no saben arreglárselas sin mí. Me necesitan>>.

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