viernes, 17 de febrero de 2017

La novia de Frankenstein (1935)

El sorprendente éxito de El doctor Frankenstein (Frankenstein, 1931) convirtió a Boris Karloff en una estrella y a su personaje en la imagen popular de la criatura ideada por Mary Wollstonecraft Shelley, pero también convenció a los responsables de Universal Pictures para rodar una secuela que, aprovechando el tirón de aquella, ayudase a sanear las depauperadas arcas del estudio fundado por Carl Laemmle en 1912. Sin embargo James Whale no estaba por la labor de realizar una continuación de su película, negándose en repetidas ocasiones a asumir la dirección, hasta que obtuvo la libertad creativa necesaria para hacerla a su gusto. El resultado fue una obra fílmica independiente, más viva, ingeniosa y transgresora en su fondo que su espléndida e ilustre predecesora, y esto fue posible porque Whale sintió que La novia de Frankenstein (The Bride of Frankenstein) era su oportunidad para burlarse de la perfección y de los prejuicios sociales de los que en más de una ocasión fue víctima. Antes de que la historia regrese al punto donde había concluido El doctor Frankenstein, la película se abre con una tormenta que arrecía en el exterior de la luminosa mansión donde se descubre a tres personajes. Es una buena noche para contar historias de terror. Lord Byron (Gavin Gordon), Percy (Douglas Walton) y Mary Shelley (Elsa Lanchester) lo saben, quizá por ello los dos primeros vuelvan sobre la creación literaria de la escritora (se insertan varios planos del anterior film para refrescar la memoria del público). La alaban, hablan del horror que en ella habita o de la dificultad de encontrar un editor para su publicación. La pomposa charla provoca que Mary les comente que su lección moral no ha concluido y para demostrarlo les narra qué sucedió después. La autora cinematográfica inicia su relato mientras la cámara retrocede, alejándose del trío, para regresar a las últimas llamas del molino donde la feroz multitud creyó ver morir a la criatura de Frankenstein. Allí se descubre que esta ha sobrevivido, como también lo ha hecho Henry (Colin Clive), su padre, quien tras despertar de su shock asume la lección que encierra jugar a ser Dios. Sin embargo, más que aprender, el científico reprime su deseo de transgredir las normas sociales que ya había pasado por alto con anterioridad, un deseo que vuelve a cobrar fuerza con la aparición nocturna y expresionista (entre luces y sombras) del doctor Pretorius (Ernest Thesiger), quien ha llegado para liberar a Henry de su intención de adaptarse al orden establecido y tradicional, y para ello le ofrece la oportunidad de dar vida a una Eva que haga compañía al monstruo. Pero más que atemorizar al público, Whale perseguía en su mítica película satirizar la supuesta normalidad y aceptación dentro de un espacio humano, marcado por la hipocresía y los prejuicios morales, donde lo incomprensible se tilda de monstruosidad, aunque para el cineasta no lo fuese, como demuestra su predilección por las almas perdidas y solitarias en su perfecta imperfección: la criatura (Boris Karloff) o el ermitaño (O.P.Heggie), sus sentimientos, la necesidad de estar juntos o la comprensión y la generosidad que brillan por su ausencia en un mundo construido sobre ideas preconcebidas y heredadas. Como consecuencia de su predilección por los desheredados, el encuentro entre quien no puede ver y aquel que no puede hablar provoca el único paréntesis de paz de la película, permitiendo que la relación de amistad hable más allá de las imágenes que se muestran en la pantalla, aquellas en las que se observa al primero enseñando a hablar al segundo, también refinando su comportamiento, señalando la diferencia entre lo bueno y lo malo o compartiendo el placer que les proporciona un cigarro, la música y la mutua compañía. Su estancia en la cabaña rompe por un instante la soledad que ambos habrían experimentado hasta que se produjo su encuentro. Sin embargo, la armonía del hogar (pues eso es lo que han formado) toca a su fin cuando dos cazadores, que se han perdido en el bosque, irrumpen en la choza y acosan al hijo de Frankenstein. Una vez más se ve obligado a reiniciar su deambular en busca de su lugar en un espacio donde no halla aceptación por ser diferente. En su recorrido se cruza con Petrorius, manipulador y ajeno a cualquiera de las normas éticas o morales que atan a Henry, a quien se observa en constante lucha entre su querer y los convencionalismos que reprimen su naturaleza. Petrorius no duda en aprovecharse del anhelo de la criatura, tampoco lo hace a la hora de ordenar (sin pronunciar la orden) a su sirviente que asesine para conseguir los órganos que precisa ni tiene el menor reparo en retener a Elizabeth (Valerie Hobson) para obligar a Henry a romper con lo establecido y colaborar con él en la creación de la compañera de quien, habiendo adquirido la capacidad del habla (que completa su humanización), pasa de creación dominada a dominar al creador, exigiéndole a este la compañía que lo aleje del rechazo y de la soledad que, en su diferencia, siempre lo acompañan tanto en el mundo en el que ha nacido como en ese nuevo de dioses y monstruos por el que brinda Petrorius, pero ¿en qué se diferencian ambos mundos y quiénes son los unos y quiénes los otros?

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