lunes, 10 de octubre de 2016

La cuarta ventana (1961)

Comedia, drama, algo de intriga, homenaje al cine de Alfred Hitchcock desde la ventana de la casa del trío protagonista y, sobre todo, la impagable presencia en una misma película de las hermanas Ruiz Penella: Manuela, Elisa y Teresa, más conocidas por sus nombres artísticos Emma Penella, Elisa Montés y Terele PávezLa cuarta ventana, atípico film dirigido, producido y escrito por Julio Coll, concede su protagonismo a tres mujeres igual de atípicas, a quienes se conoce en un local nocturno donde no tardan en enzarzarse en una pelea con diversos hombres que las molestan. La bronca acaba con su detención, pero a ellas les da igual, al menos esa es la impresión que produce su estancia en la comisaría donde les leen sus expedientes y donde son interrogadas sobre alguien que emplea botes de crema para traficar con drogas. Esta distracción argumental sirve para esbozar parte de sus personalidades y de su rebeldía. Allí niegan reconocer al maniquí de la chaqueta de cuadros que la policía utiliza como retrato robot del sospechoso, de hecho no mienten cuando dicen que nunca han visto ese rostro, pues no hay ninguno, y que nada sabían del contenido del recipiente. Su negativa no satisface al comisario (Luis Induni), que las encarcela por escándalo público, aunque no tarda en dejarlas en libertad para seguir sus pasos. Así se descubre que comparten casa, la misma desilusión y el mismo desencanto, lo que ya no comparten es la inocencia que ha llevado a una desconocida (Gloria Osuna) a intentar suicidarse en su cuarto de baño. ¿Cómo ha llegado hasta su aseo? ¿Qué hacer con ella? ¿A quién llamar para que cure su herida? Son cuestiones que, apremiadas por el carácter y la disposición de Dora (Emma Penella), las amigas resuelven con rapidez y efectividad. Lo primero sería llamar a David (Ángel del Pozo), un estudiante de medicina que se enamora de su paciente, aunque, cuando el futuro médico intenta dar parte del intento de suicidio, ellas le atizan y le inyectan un calmante, lo cual remarca el carácter decidido e independiente del trío. Cuando aquel se recupera, acepta quedarse con la joven para que ellas puedan encontrar el paradero de Carlos (Leo Anchoriz), el músico por quien María abandonó a su familia y por quien ha intentado quitarse la vida. Por Barcelona adelante visitan locales y otros lugares, pero del menda ni rastro, por lo que deciden trasladarse a Puebla de Sanabria y convencer al padre de la chica de que debe ayudarlas a encontrar al desaparecido. La intriga y la comicidad se diluyen para dar paso al drama que se observa en la desesperación de las amigas en su intención de ayudar a la muchacha que les ha devuelto la ilusión, una ilusión que las aleja de su cotidianidad insatisfactoria, de la que, emulando al personaje de James Stewart en La ventana indiscreta (Rear Window; Alfred Hitchcock, 1957), también se evaden observando con sus prismáticos tres apartamentos del edificio de enfrente. En uno Dora ve el cariño que desearía para su vejez, en otro Luisa (Elisa Montés) el anhelo de ser madre y en el tercero Linda (Teresa Pavez) acaricia la vida que alguien le negó tiempo atrás. Pero ¿y la cuarta ventana? Podría ser la que observa el inspector, aunque esto no sería más que un nuevo "macguffin", porque la cuarta ventana es la suya, desde donde sueñan con el futuro que María sí podría alcanzar y que ellas solo pueden acariciar a través de los prismáticos. La comicidad que domina parte del film no esconde el drama de unas mujeres maltratadas por la vida y por los hombres, tampoco rehuye un protagonismo femenino fuerte, decidido y dispuesto a asumir su venganza genérica en Carlos, que ha mentido y utilizado a María. Como consecuencia de su engaño, representan en el músico a todos los hombres que las usaron y deciden aguardarlo en la nocturnidad, en un escena final valiente y brutal para su época, que confirma su dolor, su rabia y su decisión de devolver los golpes recibidos. Aunque solo fuera por el simbolismo de esta secuencia, La cuarta ventana merece ser recordada, porque en ella la innegable dignidad de las tres asume el elevado coste de descargar el sufrimiento acumulado, patada tras patada, en la figura del aprovechado que, en sus mentes, adquiere los rostros de los granujas que las empujaron a la existencia que abandonan en ese instante de revancha que, aunque las conduzca a presidio, para ellas significa su liberación.

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