martes, 25 de marzo de 2014

Una familia de tantas (1948)

A la espera de que algún día se equipare el acceso televisivo y digital entre los clásicos de otras cinematografías y los de la estadounidense habrá que conformarse con conocer muy por encima el cine realizado en otras latitudes, perdiéndose de este modo la oportunidad de disfrutar de obras fílmicas tan interesantes como la de Alejandro Galindo, un cineasta prácticamente desconocido por estos lares, y sin embargo con una carrera que se prolongó cerca de cincuenta años, durante los cuales rodó más de setenta títulos entre los que cabe destacar: Campeón sin corona, drama ambientado en el mundo del boxeo, ¡Esquina bajan...!, comedia en la que se enfrentan los intereses de dos compañías de transporte urbano, Doña Perfecta, adaptación de la novela homónima de Pérez Galdós, o Espaldas mojadas, trágica historia centrada en la vida de un inmigrante ilegal al norte de la frontera mexicana; todas ellas clásicos de una época en la que posiblemente México poseía la producción cinematográfica más importante de habla hispana. Pero quizá su película más lograda sea Una familia de tantas, que ocupa un puesto de privilegio dentro de la historia del cine mexicano, aunque no por ser reconocida en su día con nueve nominaciones y siete premios Ariel, tres de los cuales (película, dirección y guión) fueron a parar a manos de Galindo, sino por el acierto con el que el cineasta mezcló comedia y drama a la hora de exponer la rigidez reinante en el hogar de los Castaño, una familia de clase media dominada por la inflexible autoridad paterna, la cual impide la realización individual de aquellos que no sean el propio don Rodrigo (Fernado Soler). Sin embargo esta opresiva monotonía empieza a tambalearse tras la fortuita aparición de Roberto del Hierro (David Silva), representante de una empresa de aspiradoras que, como él, simbolizan la modernidad que hasta entonces no ha tenido cabida en el seno familiar. De tal manera, se comprende que se trata de personajes antagónicos, siendo Roberto un individuo de pensamiento flexible y tolerante, mientras que don Rodrigo se muestra incapaz de aceptar que existan más opciones correctas que las suyas. La irrupción del vendedor se produce cuando en la casa solo se encuentra Maru (Martha Roth), la hija que está a punto de cumplir los quince años que, según la tradición, marcan su paso de niña a mujer, y como tal se enamora del comercial. Mas los quince años de Maru no conllevan un cambio en su percepción de la realidad en la que vive, como comprende durante la celebración de su cumpleaños al observar a su padre con el mismo temor que días atrás. Como consecuencia del miedo a la imagen dictatorial representada por el cabeza de familia, la joven no siente la plenitud que presuponía al convertirse en adulta, quizá porque es consciente de que se le niega la opción de asumir sus propias decisiones, pues continúa sometida a las normas y mandatos paternos. A partir de ese instante se producen ciertas circunstancias (el embarazo no deseado de la novia del hijo mayor o la imposición de un novio a Maru) que aumentan la sensación de que el hogar de los Castaño es un espacio asfixiante dominado por el férreo control impuesto por don Rodrigo, quien para mantenerlo es capaz de llegar a emplear la violencia física, con ella castiga a su hija Estela (Isabel del Puerto) después de descubrirla besándose con su prometido; pero dicha brutalidad no logra sus propósitos, ya que provoca la fuga de la agredida e implica el principio del fin de la inexistente unión familiar, que se rompe definitivamente cuando Maru asume sus propias decisiones y desobedece a esa figura autoritaria que nunca ha contemplado la posibilidad de que tanto sus hijos como su esposa (Eugenia Galindo) posean sentimientos propios y necesidades lícitas ajenas a las impuestas.

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