domingo, 26 de mayo de 2013

El extraño (1946)

Según Orson Welles, El extraño (The Stranger) fue su peor película, no en cuanto a su calidad, sino a que en ella se sintió menos autor que nunca. Sin embargo, el film posee el sello inconfundible de su responsable, como se aprecia en el villano o en el agente que lo persigue, ambos obsesionados con una idea que ocultan tras la falsa imagen que asumen en una típica población norteamericana. El extraño fue su primer contacto con el cine negro, género al que regresaría en las magistrales La dama de Shanghai y Sed de mal, y en ella jugó con el cambio de identidad del responsable de un campo de exterminio nazi, huido tras la caída del régimen. Franz Kindler (Orson Welles) se esconde tras el nombre de Charles Rankin, a primera vista un individuo como cualquier otro que habite en el apacible pueblo de Connecticut donde espera contraer matrimonio con Mary Longstreet (Loretta Young), pieza clave para que sus intenciones se cumplan. Desde el primer momento que aparece en pantalla, el espectador conoce la identidad del profesor Rankin, pero esta cuestión no merma el suspense que se inicia antes de que la historia llegue a la tranquila ciudad, cuando varios hombres debaten sobre la necesidad de soltar a Meinike (Konstantin Shayne), antiguo colaborador de Kindler. El comisario Wilson (Edward G.Robinson), el otro extraño en la villa, asume la responsabilidad de la puesta en libertad del reo, pero lo hace con la intención de seguir sus pasos, pues se encuentra convencido de que aquél le llevará hasta el hombre que realmente le interesa atrapar. Una sucesión de breves secuencias, en las que se observa al perseguidor y al perseguido, sirven para conducir a ambos hasta la localidad donde se descubre a Mary y a Charles, el mismo día de su boda. Pero antes de dar el sí, quiero, Mary recibe la extraña visita de un enigmático visitante, Meinike, quien le pregunta por su prometido, y ante la ausencia de aquél abandona la vivienda para ir en su busca. A Meinike le domina el nerviosismo, no en vano se ha visto obligado a deshacerse del hombre que seguía sus pasos, contratiempo que confiesa a Kindler cuando poco después se encuentran en un bosque donde el objetivo de la cámara se va centrando en la figura del profesor; un recurso que Welles utilizó para confirmar que su personaje ha tomado la decisión de asesinar a su viejo camarada, pues teme que éste le descubra. A pesar del escaso presupuesto y de la supuesta falta de autoría del director de Ciudadano Kane, El extraño goza de momentos memorables, como esa estancia en el bosque, los primeros planos de la pipa de Wilson, que le confirman inalterable en su empeño por capturar a su presa, o la siempre presente torre del reloj, en cuyo interior Rankin parece sentirse más cerca de su meta. Pero este individuo es consciente de que cualquier paso en falso podría delatar su verdadera identidad, la misma que el policía descubre en la oscuridad de su habitación, cuando recuerda una de las frases que el profesor dijo durante la cena en el hogar de los Longstreet. Rankin es Kindler, Wilson lo sabe, pues solo un nazi diría: <<Marx no era alemán, era judío>>, pero, a pesar de la certeza que acarrea la doble sentencia, el agente nada puede hacer sin pruebas, y para obtenerlas no duda en utilizar a la recién casada, aún a riesgo de la vida de ésta; no en vano, las palabras del oficial crean en ella el conflicto emocional que aquél persigue, el que enfrenta al amor con la verdad que Mary inicialmente se niega a creer, pero que acaba aceptando al tiempo que se convierte en víctima y en pieza clave en el juego del gato y del ratón que mantienen los dos extraños que han roto su, hasta ese instante, eterna inocencia.

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