martes, 11 de diciembre de 2012

La Atlántida (1921)



 En La Atlántida (L'Atlantide) Jacques Feyder mostró dos perspectivas alejadas por el tiempo en el que dividió el film, mezclando el drama que se percibe en el presente de Saint-Avit (George Melchior) con la fantasía que transcurre en un paraíso perdido que se descubre gracias al recuerdo de ese oficial trastornado por su incapacidad de olvidar a la mujer causante de su deseo y de su desgracia. La historia de La Atlántida se inicia en el desierto argelino, donde una patrulla francesa encuentra a un moribundo que resulta ser el oficial que había desaparecido en compañía del capitán Morhange (Jean Angelo). Durante su recuperación, el teniente de Saint-Avit sufre pesadillas en las que se observa asesinando a su compañero de viaje, hecho que no puede ni asumir ni admitir, como tampoco puede evitar que la mayoría de los oficiales le consideren culpable de homicidio. Sin pruebas, el tribunal militar encargado del caso asume alejarlo de África y ofrecerle un descanso indefinido en la capital francesa, sin embargo Saint-Avit se ve incapaz de olvidar un pasado que le reclama y que le exige regresar al continente donde perdió la razón. De vuelta a Argelia es destinado a un puesto fronterizo donde se produce su conversación con el teniente Ferrières (René Lorsay), la cual permite el flashback que ocupa el resto del metraje (salvo los instantes finales) y muestra el encuentro con Morhange, el viaje por el desierto y el descubrimiento de un oasis protegido por montañas, alejado del resto del mundo, que resulta ser la antigua Atlántida, resurgida tras la vaporización de las aguas del mar que bañaba el Sahara. En ese tiempo pretérito el capitán y el teniente son capturados y llevados ante la presencia de la reina Antinea (Stacia Napierkowska), hermosa y lujuriosa, que atrapa a los hombres para convertirles en sus amantes hasta que, cansada de ellos, los sustituye por otros objetos humanos. Por su condición de oficial de mayor graduación Morhange es el elegido para satisfacer el deseo de la bella monarca, pero el capitán no sucumbe a los encantos de una mujer a quien rechaza consciente del peligro que significa, hecho que conlleva la ira de la enamorada y despechada soberana, que no duda en utilizar a Saint-Avit para cobrarse su venganza y condenar al teniente a ese presente en el que sólo desea regresar a ella.

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