jueves, 4 de mayo de 2017

Sin novedad en el Alcázar (1940)

Qué duda cabe que la manipulación es una de las mejores bazas del cine de propaganda, sin ella sería imposible transmitir la "verdad" pretendida por quienes exaltan, exageran o tergiversan supuestos reales con el fin de propagar su ideología entre las masas que pretenden condicionar. Para contrarrestar dicha manipulación, el público encuentra en su capacidad crítico-analítica una de sus mejores aliadas, en su ausencia, la propaganda cinematográfica lograría que su idea se convirtiera en el absoluto perseguido. Pero en la España de la inmediata posguerra, como en cualquier otra dictadura, reflexionar desde la crítica objetiva resultaría un ejercicio peligroso para quien lo practicase, sobre todo si este se realizaba en voz alta, de modo que, por miedo, por conformismo o por ignorancia, muy pocos espectadores se encontraban en posición de rebatir lo expuesto en los films propagandísticos de aquellos años, cuando, en su necesidad de popularizarse, de lavar y afianzar su imagen, el franquismo vio en el cine una vía rápida para justificar la Guerra Civil (1936-1939) y ensalzar la figura de Franco desde un punto de vista que prescindía de perspectivas que entorpecieran los intereses perseguidos. De tal manera, como en el cine de propaganda de cualquier otra cinematografía, en el bélico español de la posguerra no hubo espacio para exponer cuestiones que ensombreciesen la imagen de los sublevados ni la de Franco, tampoco para explicar el por qué de la intención de este (suya, ni divina ni popular) de perpetuarse al frente del país tras la contienda. Nombrado oficialmente Jefe de Estado el 30 de septiembre de 1936, el dictador se vio ensalzado en producciones como Raza (José Luis Sáenz de Heredia, 1941), cuyo protagonista vendría a ser su álter ego, o en este film del italiano Augusto Getina, que, una y otra vez, pone en boca de los defensores del Alcázar el nombre de Franco como si se tratara de una figura infalible y salvadora. Antes de iniciarse la acción, se anuncia que Sin novedad en el Alcázar es <<una superproducción nacional>>, pero he de suponer que los autores se referían al bando y no a la producción, ya que esta encontró parte de su financiación en la Italia de Mussollini, donde también se rodó parte de este título que encuentra su origen en la frase <<mi general, sin novedad en el Alcázar>>, expresada por el coronel Moscardó a la conclusión del asedio. <<Este film se propone hacer revivir en la pantalla el sublime heroísmo de los defensores del Alcázar de Toledo. Todos los episodios que componen la reevocación de la gloriosa epopeya y todos los personajes que en ella aparecen desde el ilustre Jefe del Alcázar hasta el más humilde de los combatientes se han inspirado en testimonios y documentos de absoluta autenticidad histórica>>. La leyenda que precede a los títulos de crédito habla de <<absoluta autenticidad histórica>>, aunque la Historia presenta múltiples caras, entre ellas la oficial, las pequeñas historias o la oculta que pretende relegarse al olvido. Pero dejando a un lado verdades, medias verdades o mentiras de la Historia, en su intención de afianzar la trinidad del franquismo (Franco, Dios y patria), Sin novedad en el Alcázar encontró una de sus mejores bazas en la mediática resistencia de los sublevados nacionales que se atrincheraron en el Alcázar de Toledo entre julio y septiembre de 1936. Genina expuso el asedio desde los intereses oficiales, de modo que muestra un espacio donde los nacionales son limpios y angelicales y los milicianos sucios y demoníacos, lo cual no hace sino desdibujar las situaciones y los personajes, reiterando en la grandeza de unos y en la villanía de los otros -la escena de la bala traicionera que hiere de muerte al cadete Antonio (Fiorelli Aldo) confirma la imagen pretendida del bando opuesto-, como también se reiteran las mismas ideas en los diálogos que se producen en el interior del edificio, donde más de un millar de soldados y alrededor de quinientos civiles pasan hambre (aunque al parecer no hubo escasez de víveres ni de municiones), se purifican -solo así se explicaría la transformación de Carmen (Mireille Balin)-, se sacrifican ni dudan a la hora de sacrificar a los suyos por su idea de patria -<<¡Recordad que antes que todo está la bandera que representa la patria!>>, exclama el coronel Moscardó (Rafael Calvo) cuando pasa revista a los cadetes y él así lo asume cuando antepone la bandera a la vida de su hijo- o hablan de un posible milagro mientras, a la espera del salvador, resisten sin flaquear los continuos ataques de sus adversarios.

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