jueves, 16 de octubre de 2014

Thelma y Louise (1990)

No siento especial simpatía por Thelma y Louise (Thelma & Louise), quizá porque la considere una película forzada que se desarrolla a partir de situaciones ya vistas, clichés y tópicos que ponen de manifiesto las deficiencias de su puesta en escena y del guión escrito por Callie Khouri, cuyo currículum cinematográfico se completa con la escritura de dos dramas tan irregulares como Algo de que hablar y Clan Ya-Ya (este último dirigida por ella misma) y la dirección de Tres mujeres y un plan. Lo dicho hasta ahora no deja de ser una opinión, como también lo es la idea de que, en su momento, el film fue recibido con premios, menciones y algunas críticas que lo alabaron en exceso, posiblemente porque se quiso ver en él la recuperación de un director que tras Blade Runner había mostrado un nivel muy por debajo del exhibido en Los duelistas o Alien, el octavo pasajero. Así que, con Thelma y LouiseRidley Scott parecía dejar atrás los fracasos artísticos y creativos que supusieron LegendLa sombra del testigo y Black Rain, de modo que ahí puede encontrarse una explicación para que esta road movie feminista fuese recibida con benevolencia e incluso entusiasmo. Pero, si uno se detiene en sus imágenes, Thelma y Louise se descubre como un film manipulador en su intención de dirigir las simpatías del espectador hacia las dos protagonistas y su búsqueda de la libertad que se les ha negado, y que supuestamente alcanzan en un final que no sería más que una nueva (y definitiva) escapada de sí mismas, como habían hecho a lo largo de los años, incapaces de enfrentarse al desencanto, a los problemas o a las limitaciones nacidas de defectos propios o de aquellos condicionantes impuestos por agentes externos. Como tantos otros viajes cinematográficos, las carreteras por donde deambulan Thelma (Geena Davis) y Louise (Susan Sarandon) simbolizan el recorrido existencial de seres desorientados, heridos e insatisfechos, que se lanzan a la búsqueda de sí mismas a lo largo de kilómetros asfaltados por donde paulatinamente sale a relucir ese "yo" que no pueden alcanzar en sus vidas cotidianas, en las que se dejan someter por pensamientos, actuaciones y situaciones que impiden su plenitud dentro de entornos que parecen esclavizarlas y denigrarlas, como sería el caso de Thelma, a quien se descubre incapaz de enfrentarse a su relación marital, aquella que le une a un marido (Christopher McDonald) que ha imposibilitado su maduración y mutilado su autoestima. El caso de Louise es diferente; en apariencia se trata de una mujer fuerte e independiente, aunque pronto se comprende que se encuentra marcada por un hecho del pasado, del que nunca habla, y que resurge con fuerza durante ese fin de semana que acaba por convertirse en la huida de sí mismas (de su yo atrapado en la cotidianidad que no desean) hacia ellas mismas (su yo libre y realizado) tras su accidental encuentro con el desconocido (Timothy Carthart) a quien Louise, dominada por el recuerdo de su propia experiencia, dispara después de sorprenderle intentado forzar a Thelma. Durante la escapada las personalidades de las fugitivas se acercan hasta unificar sus metas y anhelos, siendo su objetivo común el de encontrar aquello que les ha sido negado (y se han negado) durante sus años adultos, condicionados por la presencia de hombres que, incluso durante el periplo sobre el asfalto, aparecen para obligarlas a tomar decisiones que no desean, como inicialmente sería la de situarse al margen de la ley, aunque hacia la parte final de su recorrido la aceptan y se transforman en una especie de versión femenina de Dos hombres y un destino, primero desde las dudas y posteriormente desde la certeza de librarse definitivamente de aquellas ataduras que les han impedido ser las protagonistas de sus propias existencias.

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