viernes, 7 de febrero de 2014

Trampa 22 (1970)

De un tiempo a esta parte intento mantenerme a cierta distancia de aquello que se entiende por objetividad crítica, aceptando que, condicionado o no, cada individuo se forma ideas propias respecto a aquello que observa o siente. Quizá debido a ello prefiero escribir desde la subjetividad con la que me identifico, y desde la cual, para bien o para mal, interpreto el cine u otros aspectos del arte, así como de la vida. Pero, más allá de mis criterios o preferencias personales, con las que se puede estar de acuerdo o en desacuerdo, en ocasiones observo como múltiples maneras individuales de entender una parte o un todo confluyen en un punto común que podría considerarse como una especie de objetividad; y si me atengo a esta hipótesis, he de suponer que quienes hayan leído Trampa 22, y visto su adaptación cinematográfica, coincidirán conmigo a la hora de señalar que la película no transmite la esencia de la obra de Joseph Heller. Como ocurre en tantas otras novelas, la dificultad radica en la complejidad y en la riqueza de lo expuesto, en este caso una trama repleta de continuos saltos temporales y de un marcado surrealismo que mana de cada uno de los numerosos e imprescindibles personajes que Heller ubicó en la Italia de la Segunda Guerra Mundial, en su mayor parte en un campo de aviación donde el desencanto, la desesperanza o la injusticia se ponen de manifiesto a través del corrosivo sentido del humor empleado por el autor. Pero a lo largo de las páginas de Trampa 22 se puede descubrir otra visión más allá del ámbito marcial, aquélla que define a cada una de las personalidades que se mueven por el aeródromo. De ahí que Milo Minderbinder represente la imagen del capitalista extremo, que ni mira con quién negocia ni cómo lo hace, ya que para él no existe más batalla que la de obtener beneficios, sin importarle que en ocasiones deba sacrificar las vidas de sus compañeros. Algo similar se puede decir de los altos mandos, ineptos y egocéntricos, sumidos en su rivalidad y en la lucha por medrar a costa de sus subordinados, ya sean los pilotos, a quienes envían constantemente a la muerte, u oficiales como el capellán, que no encuentra respuestas en su fe, o el mayor Coronel, quien sin desearlo es obligado a asumir una responsabilidad que le supera. Al contrario que en la película, en la narración todo tiene su razón de ser, por eso nada sobra ni nada falta, porque cada personaje, circunstancia o situación son necesarias para entender su conjunto, y quizá esta amplitud de matices o contenido fue un reto imposible tanto para Buck Henry (en calidad de guionista) como para Mike Nichols (en labores de dirección) a la hora de trasladar la historia a la pantalla. Así pues, una vez vista Trampa 22 (Catch-22), se comprende que la comicidad que desprende se basa en la simplificación y omisión del humor negro y crítico que acompaña al lector durante una lectura que crea un vínculo entre aquél y Yossarian (Alan Arkin), el personaje-eje del relato, y por supuesto del film. Este capitán, ascendido y condecorado por la incompetencia de sus superiores, se confirma como el individuo más cuerdo dentro del manicomio bélico que semeja el campamento, donde, tras decenas de misiones, comprende que lo único que tiene sentido es salvar la vida, que en ese momento se encuentra en manos del coronel Cathcart (Martin Balsam), quien, amparado por la "trampa 22", aumenta constantemente el número de bombardeos a realizar, simplemente por su necedad y necesidad de satisfacer su ego, y también su deseo de ascender a general. Esta "condición 22" es un sin sentido creado para obligar a los soldados a ser marionetas prescindibles, empleadas por generales y coroneles cuyos comportamientos evidencian las imperfecciones tanto del sistema como de la guerra en sí misma. Aunque este punto, como tantos otros, queda desfigurado en una película que ni capta ni transmite aquéllo que Heller expuso de forma brillante en las líneas de su sátira. Y desde este punto de vista, Trampa 22 es una mala adaptación, aunque, si dejo a un lado este aspecto, la película tampoco funciona, pues su ritmo narrativo se pierde en vanos y forzados esfuerzos por provocar situaciones ácidas que acaban poniendo de manifiesto la irregularidad de un film que las simplifica al máximo, lo cual provoca que lo expuesto, además de quedar sin definir, cree la sensación de estar contemplando una parodia bélica y no una comedia de elevada carga antibelicista.

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