martes, 18 de julio de 2017

La ley de la hospitalidad (1923)

Gracias a su inusual comprensión de la comedia cinematográfica y a su sexto sentido para descubrir talentos cómicos, Mack Sennett sentó las bases del slapstick allá por la mitad de la década de 1910, pero a nadie escapa que Buster Keaton y Charles Chaplin fueron los genios más influyentes de la comedia muda, posiblemente los creadores más grandes que ha dado el género a lo largo de su historia. Solo hace falta ver sus películas para reafirmar lo dicho. Pero algunos sienten predilección por el ingenio e inventiva del primero mientras que otros se decantan por la poética sentimental del segundo. Un tercer grupo no nos decantamos por uno u otro, no por indecisión, sino porque decidimos que nos gustan por igual la sorprendente y moderna narrativa de Keaton y el lirismo cómico chaplinesco, no exento de amargura, rebeldía y humanismo. Pero mientras Chaplin abandonaba a su vagabundo y se adentraba con su segundo largometraje en el género dramático, en la (por entonces) infravalorada Una mujer de París (A Woman of Paris, 1923), Keaton perfeccionaba su humor en su segunda incursión en la dirección de largos con la espléndida La ley de la hospitalidad (Our Hospitality, 1923), una comedia que resalta el ingenio, la creatividad y la maestría de su autor para generar situaciones donde su inventiva despunta como una de las más frescas y originales de la época, de cualquier época. El prólogo del film se abre en 1810 para anunciar el odio entre dos familias: los Canfield y los McKay. Durante estos instantes iniciales, Keaton prescinde de cualquier nota de humor para mostrar como Jim Canfield (Tom London), a pesar de la insistencia de su hermano Joseph (Joe Roberts) para que olvide el rencor entre clanes, decide ir a casa de John McKay (Edward Coxen) para matarlo. Su decisión provoca tanto su muerte como la de su oponente, también implica el juramento de Joseph de inculcar a sus hijos el odio hacia los McKay, y así lograr vengar a su hermano, y la partida hacia Nueva York de la viuda McKay (Jean Dumas) y su hijo de un año. El viaje a la costa este pone fin al oscuro y trágico prólogo, atípico en una comedia desenfrenada, y el tono dramático desaparece al tiempo que la trama avanza veinte años y nos descubre a Willie McKay (Buster Keaton), un joven de veintiún años que se pasea en su bicicleta sin pedales por las calles de la todavía pequeña manzana. Desde la aparición de Willie en la pantalla, el humor se adueña de la acción, no porque él muchacho sea un gracioso (que no lo es), sino porque las situaciones que vive se escapan a la normalidad, lo cual provoca las risas y el comportamiento estoico de Keaton mientras sufre y supera los avatares que se le presentan durante su viaje y su estancia en Rockville, a donde se traslada para recibir la herencia paterna. Las secuencias de su retorno a los orígenes se produce en uno de los <<primeros trenes de pasajeros>> de Estados Unidos, un tren que, formado por coches de diligencias, desvela la creatividad y el humor de un cómico irrepetible, cuyo personaje se enamora durante el lento recorrido de su compañera de viaje (Natalie Talmadge), ignorando que esta es la hija de Joseph Canfield. Tampoco sabe que la invitación a cenar de esta deparará una de las situaciones caóticas del film, cuando descubre que sus anfitriones son sus rivales y que solo en su condición de invitado se mantiene a salvo. En este aspecto, el cineasta parodia el código de honor que provoca que Willie se niegue a abandonar la mansión Canfield, el lugar más seguro del pueblo que poco después pretende dejar atrás en un medio de transporte que, sin el tono paródico expuesto en esta magnífica comedia, alcanzaría mayor velocidad y protagonismo en El maquinista de la general (The General, 1926).

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