sábado, 1 de febrero de 2014

Patrimonio nacional (1980)

El humor, la ironía o la sátira bien empleados son recursos efectivos a la hora de sacar a relucir defectos sociales y políticos de un momento determinado, y por ese motivo muchos cineastas se sirven de ellos para realizar sus discursos fílmicos. Partiendo de este hecho, y si me viera en la necesidad de citar el nombre de un director que a lo largo de su carrera se dedicó a analizar desde la comicidad la situación de la España de la segunda mitad del siglo XX, mi primera opción sería Luis García Berlanga, cuyo cine ofreció una imagen esperpéntica tanto del periodo franquista (Bienvenido Mr.MarshallLos jueves, milagro, Plácido o El verdugo) como posteriormente del democrático, pero en ambos casos (y en sus mejores aportaciones) la imagen caricaturesca apenas distaba de la realidad que satirizaba. Pero existen otros nombres que me vienen a la mente al pensar en cronistas cinematográficos que radiografiaron esas épocas, y uno de ellos es el Rafael Azcona, quien, además de ser el guionista habitual en los films de Berlanga, también escribió entre otros grandes aciertos El pisito, El cochecito, La prima AngélicaEl anacoreta o El bosque animado. En conjunto o por separado, ambos entraron en la historia del cine español con sus descripciones sociales, expuestas desde un exhaustivo análisis humorístico de los defectos y de las dudosas virtudes de sus personajes, caricaturas de hombres y de mujeres que podrían encontrarse en cualquier punto de la geografía española. Varios de estos individuos imperfectos, que reflejan la imperfección de su conjunto, se reunieron en uno de sus proyectos comunes, la "trilogía nacional", iniciada en 1978 con La escopeta nacional, comedia que reúne a un grupo de empresarios y políticos en la finca del marqués de Leguineche (Luis Escobar) con la excusa de pasar un fin de semana de caza, aunque la verdadera finalidad del grupo de avispados encuentra su explicación en la ambición de llenarse los bolsillos con la transición a la democracia. Aquella familia aristocrática, que prestaba sus terrenos a cambio de dinero, vuelve a las andadas en Patrimonio Nacional. Después de su cómodo exilio en la finca familiar, los Leguineche regresan a Madrid donde el bueno del marqués espera recuperar su antigua vida cortesana, rodeado de iguales y próximo al rey recién coronado. Pero antes de ver materializado su sueño monárquico debe conseguir acceder al interior de su palacio madrileño, en ese instante convertido en el feudo donde se atrinchera su señora esposa (Mary Sempere), quien, además de condesa, franquista, manipuladora y gruñona, no paga a Hacienda desde antes de la Guerra Civil. Pero eso no dejan de ser nimiedades que el marqués delega en Luis José (José Luis López Vázquez), su vástago y heredero, quien intenta solucionar el problema con el fisco con un pequeño soborno que confirma una vez más su picaresca y su falta de ética. Aunque el escollo más complicado para padre e hijo reside en la figura de la condesa, que no puede soportar ni a su marido ni al salido de Luis José, un tunante y mujeriego sin cura que, a parte de intentar vanamente llevarse al huerto a toda fémina de buen ver, se dedica a martirizar a su mujer (Amparo Soler Leal), que si bien por sus venas no corre sangre noble posee una finca en Extremadura con los mejores cerdos ibéricos de la zona. La vida de los Leguineche en la capital no resulta un camino de rosas, ni siquiera con la aparición del padre Calvo (Agustín González), pero permitió que Azcona y Berlanga incidiesen en su peculiar sentido del humor para mostrar algunos de los cambios sociales, políticos y económicos que se producen alrededor del núcleo familiar, cambios imparables que, para disgusto del señor marqués de Leguineche, priorizan los intereses bancarios o los negocios turbios por encima de su idea, aquella que le devuelva la gloria de los tiempos de María Castaña, cuando sus ancestros se pasaban los días festejando su privilegiada condición por los salones del palacio; aunque en los nuevos tiempos que se avecinan ya no hay lugar para él, a no ser como reliquia de un pasado que solo puede contemplarse en museos, cuadros o libros.

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