miércoles, 2 de marzo de 2016

Fulano y Mengano (1957)

Opuesta en intenciones a las comedias o al cine de propaganda dominante en la Italia del periodo fascista, la corriente neorrealista se impuso como movimiento cinematográfico durante la posguerra, y no tardó en traspasar las fronteras transalpinas para influenciar a las cinematografías de otros países. En algunos, como fue el caso de España, dichas influencias no llegaron a desarrollarse en su plenitud, aunque sí hubo intentos aislados de mostrar realidades poco favorecedoras como la expuesta por Joaquín Romero Marchent en esta desventura en la que desolación y marginalidad realzan la sensación de impotencia que envuelve a sus dos protagonistas. Los desheredados de Fulano y Mengano no encajan ni fuera ni dentro del correccional donde se conocen después de ser condenados por un sistema penal perfecto en su imperfección, tanto, que les ha despojado de su inocencia, de su dignidad y los encierra entre convictos que también los rechazan, porque saben que no han delinquido. Durante las primeras imágenes, la inocencia, el temor y la incomprensión cobran vida en el rostro del gran José Isbert, cuyo personaje se descubre desvalido, engañado y, finalmente, arrestado por el error que inicia esta amarga comedia que no esconde las miserias sociales, todo lo contrario, las potencia, al conceder el protagonismo a dos don nadie a quienes se les roba la opción de hallar su lugar. Esta realidad depara que Carlos (Juanjo Menéndez) asuma la justicia que se les niega y, para ello, decide convertirse en un verdadero criminal, porque, en su mente, es la única opción que le permitiría defenderse de futuras agresiones. Pero su naturaleza no contempla delinquir, de ahí que sus peripecias en libertad solo deparen más hambre y miseria, así como el aumento de su amargura, que nace de su decepción ante el medio que los condena, a él y a su inseparable compañero, aunque su postura no impide descubrir la ingenuidad que comparte con Eudosio (José Isbert). Como consecuencia de no encontrar su lugar, los infelices no dan una al derecho, quizá por ello resultan simpáticos, aunque también patéticos como ese espacio de carestía del que pretenden renegar sin poder hacerlo, ya que su rechazo nace de una imposición social, no de la honestidad que los define y que sale a relucir tras la irrupción de Esperanza (Julia Martínez), la hija de Damián, el hombre que les ha ofrecido un hogar en ruinas que vendría a ser el reflejo del estado de ánimo de los protagonistas y de la situación en la que se encuentran, como confirma que su casero no tenga acceso a las medicinas que podrían evitar su muerte. La comida brilla por su ausencia, la falta de trabajo o la mendicidad, que Eudosio asume para no tener que robar, son otros aspectos que la cámara de Romero Marchent va mostrando desde la comicidad no exenta de crítica hacia la realidad expuesta. De tal manera, más allá de la comedia se descubren en Fulano y Mengano circunstancias que no dan pie a la sonrisa, sino a la certeza de que algo no funciona dentro de una sociedad que margina sin compasión a inocentes obligados a transitar por la desolación que se convierte en parte de ellos. Pero el tono dramático, que alcanza su máxima cota con el fallecimiento de Damián, cede el protagonismo en la parte final de la película, que asume un aire desenfadado que la aleja del trasfondo crítico dominante hasta entonces, dando rienda suelta al triunfo de los dos ingenuos que encuentran en Esperanza su esperanza, de ahí que el nombre escogido para el personaje femenino no sea casual, porque su presencia ofrece a los masculinos una perspectiva luminosa que, hasta su aparición en la pantalla, brillaba por su ausencia.

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