viernes, 11 de febrero de 2022

Jardiel Poncela. El humorismo y la risa como actitud frente a la vida


Hubo una época en la que Enrique Jardiel Poncela fue autor de gran éxito popular. Sus obras teatrales se representaban en todos los teatros españoles y eran aplaudidas por el público, que reía y batía palmas a rabiar, indicando con ambos gestos que apreciaba y disfrutaba con y de aquellas representaciones que la crítica solía ser incapaz de apreciar o, al menos, de encontrar sentido a comedias que no lo pretendían, pero que funcionaban cual mecanismo de precisión. Quizá ni unos ni otros fuesen conscientes de la complejidad ni dificultad de ensamblar las piezas de la comedia, posiblemente el género más complicado de mantener en pie, puesto que si algo falla, un personaje, el ritmo, el chiste, la réplica, el edificio corre el riesgo de desmoronarse sobre el autor o la autora. En Jardiel esto no sucede. Su desarrollo de situaciones y diálogos se regulan para no dar respiro a su público, que goza las situaciones más absurdas sin buscar a la representación explicaciones o defectos que los críticos sí pretendían encontrar, quizá, en su profesionalidad racional, le negasen complicidad y olvidasen disfrutar el asunto. Pero, además de excelente comediógrafo, Jardiel Poncela tuvo sus idilios novelísticos, quizá el más osado y transgresor La tournée de Dios, así como sus coqueteos con el cine —una de las influencias de su puesta en escena; las de su humorismo serian Fernández Flórez y Julio Camba; y la más importante, Ramón Gómez de la Serna—, tanto en España como en Hollywood.


<<En el humorismo se falta a esa ley escolar que prohíbe sumar cosas heterogéneas, y de esa rebeldía saca su mayor provecho>>


(Ramón Gómez de la Serna)


Como la de Miguel Mihura, a quien no dudó en acusar de plagio —en realidad, se puede hablar de influencia temprana, pero no de plagio, pues, llegados a tal extremo, se podría acusar a todos las autores—, o la de Antonio LaraTono”, su obra es sinónimo de humor, risa y absurdo, de personajes y situaciones imaginativas que persiguen alejarse de la realidad y convertir el espacio en irreal; y ahí, en esa irrealidad humorística, crear el reino de la risa. En Jardiel todo vale para reírse, incluidas la divinidad, el amor, la lógica, la muerte y Sherlock Holmes, porque su visión del ser humano no es halagüeña ni optimista, más bien todo lo contrario, y eso le sitúa al otro lado de cualquier lado, frente y enfrentado a moralistas y a defensores a ultranza de su corrección moral. El idilio cinematográfico del autor de Amor se escribe sin hache: una novela casi cosmopolita se inicia en el periodo silente, como guionista en Es mi hombre (Carlos Fernández Cuenca, 1927), en la que adaptaba a Carlos Arniches, pero su relación alcanza su mayor contacto íntimo en sus celuloides rancios —películas mudas antiguas que él adaptaba a su humor, introduciendo con su voz historias, situaciones y diálogos absurdos—, y Mauricio o una víctima del vicio (1940), su único largometraje como director. Tras inventar sus celuloides, haber realizado cuatro cortometrajes y ser uno de los miembros de la otra generación del 27 que desembarcaron en Hollywood siguiendo a Edgar Neville, cuando allí se vieron obligados a realizar sus películas en varios idiomas, Jardiel se siente capacitado para dirigir su último “celuloide rancio”. Lo hace como respuesta a Un bigote para dos (Mihura y Tono, 1940) y para no volver a hacerlo nunca más; y dejar que sean otros quienes adapten obras suyas a la gran pantalla.


Durante la posguerra española, entre otros títulos, alcanza notoriedad cinematográfica en Los ladrones somos gente honrada (Ignacio F. Iquino, 1942) y 
Eloísa está debajo de un almendro (Rafael Gil, 1943). Gil recordaba en una entrevista con Antonio Castro1 haber hecho tres películas basadas en obras de Jardiel, y asumía que era <<muy posible que la primera sea la mejor>>. El director cuenta que el escritor <<no quería hacer los diálogos, porque decía que el cine lo estropeaba todo, pero al final le convencí, y en una noche, a base de cafés, estaba todo el diálogo listo>>. En la década siguiente, su obra continúa inspirando adaptaciones, por ejemplo Un marido de Ida y vuelta (Luis Lucia, 1957) y la segunda versión de Los ladrones somos gente honrada, la realizada por Pedro L. Ramírez, en 1956. Pero avanzado el tiempo, el interés de los cineastas hacia su obra desparece —la última adaptación de Jardiel al cine corrió a cargo de Pedro Lazaga en Blanca por fuera y Rosa por dentro (1971). Más que una simpleza y una temeridad por mi parte, sería una mentira decir que su obra está desfasada, nada más lejos de la realidad, pues su humor, su absurdo, mantiene vigencia porque no se ancla a su época. La comedia por la comedia, las frases y situaciones graciosas e inverosímiles, el sin sentido, el ingenio del autor, su humorismo, en apariencia y en esencia absurdo, transgresor, se rastrean en todas las películas en las que de algún modo participa o llevan su nombre, aunque no todas logran que las construcciones de risas e irrealidad de Jardiel se mantenga en pie; quizá por la dificultad a la que se enfrentan sus adaptadores: hacer propio un humor como el suyo.


Filmografía como director


Un anuncio y cinco cartas (1938), cortometraje codirigido por Luis Marquina.


Letreros típicos (1938) (cortometraje)


El fakir Rodríguez (1938) (cortometraje)


Definiciones (1938) (cortometraje)


Mauricio o una víctima del vicio (1940)


1.Antonio Castro: El cine español en el banquillo. Fernando Torres, Editor. Valencia, 1974.


2 comentarios:

  1. Un autor genial cuyo epitafio resume a la perfección la sorna, teñida de desengaño, de quien no siempre obtuvo el reconocimiento que su talento merecía: "Si buscáis los máximos elogios, ¡moríos!".

    Saludos.

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    1. Gracias por recordar su epitafio. Ciertamente, contiene su ironía, su humor y su amargura, posiblemente, fruto de su desencantado con la especie humana. De cualquier forma, es un epitafio acorde con el genio de Jardiel, como no podía ser de otra manera.

      Saludos.

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