Ir al contenido principal

Marte (2015)

Perderse en la inmensidad del desierto o verse atrapado cual Robinson Crusoe en una isla desierta implica el cara a cara con uno mismo, con la soledad, con el medio y la muerte, pero en Marte (The Martian, 2015) no se da tal careo, salvo con el espacio (y esto de modo muy reducido). Ni siquiera parece existir una alteración en la percepción temporal por parte del náufrago, sino que la propuesta de Ridley Scott se centra en el espectáculo de la superación y de la “supervivencia”, así como en el rescate que los profesionales y ejecutivos de la agencia espacial preparan desde la Tierra. Aunque sin detenerse en ella, Scott también exhibe la capacidad de adaptación del “humano marciano” en el entorno inhóspito donde queda aislado tras la tormenta que obliga a sus compañeros de misión a despegar. Lo dan por muerto cuando estalla el estruendo, fruto de los efectos especiales, pero, tras la tempestad, llega la calma y la tripulación viaja en la Hermes de regreso a la tierra. Ignoran que su compañero vive, levemente herido, de otro modo no le habrían dejado atrás. Pero ha quedado y su estancia le obliga a demostrar iniciativa y buen humor. Después de curarse las heridas, cultiva sus alimentos y adapta el habitáculo a su nueva situación, la cual, a priori, sería la de quedarse allí hasta la muerte. Pasan varios soles y logra contactar con la NASA, que se sorprende de que Mark Watney (Matt Damon) esté vivo. Desde ese instante, las <<mejores mentes del mundo>> trabajan para traerle de vuelta. Al menos, así las califica el colonizador marciano, pero lo importante es que sean las más adecuadas para calcular un rescate más plano y superficial que el desarrollado por Ron Howard en Apolo XIII (1997). Exceptuando algunos momentos de sus primeras películas, en la mayor parte de la filmografía de Ridley Scott prima el espectáculo a la reflexión, que alcanza su cota en Blade Runner (1982), con el replicante que teme morir. Aquí apuesta por aligerar las situaciones que afectan a sus personajes. Prefiere lo ligero, la espectacularidad, a situar a sus personajes frente a la existencia. No hay intención de exponer ni la dificultad ni la complejidad de la situación, solo se insinúa, se huye del intimismo y del enfrentamiento del personaje a su abandono en la inmensidad marciana. No se establece un monólogo interior. Se comunica hacia afuera, desde fuera, pues el pensamiento de Mark suena a forzado, a través de un diario filmado en el que habla a la cámara, al tiempo que Scott introduce un fondo musical con el que intenta condicionar, marcando los distintos estados que debemos mostrar ante la heroicidad y la situación del héroe, que nada tiene de Robinson moderno, como si podría serlo el protagonista de Náufrago (Cast Away, Robert Zemeckis, 2000), mucho mejor película.

Aparte del marciano, Scott emplea otros dos espacios (el terrestre y la nave) y varios personajes que le permiten desterrar de la pantalla cualquier sensación de soledad y de aislamiento, que sí afectaría al protagonista, pero no al público. En su aspiración, Marte es una ciencia-ficción más cercana a Robinson Crusoe en Marte (Robinson Crusoe on Mars, Byron Haskin, 1964) que a producciones más complejas en las que la soledad adquieren significado y sitúa a los personajes entre lo finito (humano) y lo infinito (universo), tales como Naves misteriosas (Silent Running, Douglas Trumbull, 1971) o 2001: una odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, Stanley Kubrick, 1968). A su manera, estas dos producciones se plantean el por qué nacemos y morimos, cuál es el sentido, hacia dónde nos conduce la evolución. En Mark cualquier cuestión importa un bledo y el miedo a la muerte del que habla al final no es determinante ni en ningún momento genera la sensación de que exista. El personaje funciona en superficie, sabe que tiene y se debe al público, que debe actuar cara la galería. Ha sido creado para expresar frases tan simples como <<tendré que recurrir a la ciencia para no cagarla>>. Pero ni hay ciencia ni temor a que la cague; hay una aventura: sucesión y superación de trabas. El miedo a la muerte humaniza y explica el comportamiento de HAL en 2001, pero en Marte no se establece ningún diálogo entre el ser humano y la inmensidad a la que se enfrenta. El saber que ha nacido para morir que preocupa y despierta la mente de HAL o la del replicante Roy Batty a su realidad finita, no afecta a Mark, al menos no le plantea preguntas que conduzcan a otras. En el film de Scott no hay interrogantes que plantear y su exposición se adapta a lo que se espera de un entretenimiento que no plantee dudas ni malestar. Se decanta por la aventura, la superación de obstáculos ante un situación límite. En este aspecto, recuerda más a una mezcla de Apolo XIII, Gravity (Alfonso Cuarón, 2013) y 127 horas (127 Hours, Danny Boyle, 2010) que a cualquiera de los films citados arriba. Y la única pregunta que me plantea la película es por qué llama más la atención un astronauta en peligro que millones de seres humanos viviendo sus existencias en continua amenaza. ¿Qué lleva a miles de curiosos a abarrotar Times Square y otras plazas del mundo para observar en común el rescate del “marciano”? ¿Su humanidad? ¿Su curiosidad? ¿O la cercanía de un individuo al que los medios le han acercado? ¿Responderían igual si fuesen esos millones de anónimos en peligro de muerte; a los que habría que salvar, por ejemplo, de las hambrunas, de las guerras o de las sequías? Dicen que el individuo no se puede identificar con miles de anónimos, pues estos carecen de nombre y rostro para él. Solo puede establecer afinidades con un semejante (o un grupo muy reducido de individuos reconocibles) y esta identificación le sirve a Scott para establecer el nexo emocional entre su héroe y quien de entre la parte del público se deje seducir y condicionar por una película que dudo haya sido llevada a cabo por las mejores mentes del mundo, pues estas, según Mark, trabajan para la NASA…



Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...