viernes, 20 de noviembre de 2020

Cena a las ocho (1933)

 

Cena a las ocho (Dinner at Eight, 1933) supuso para la carrera de George Cukor un salto de prestigio, no solo por rodar en la MGM, por aquel entonces el estudio más poderoso, ni por contar con un espléndido elenco de actores y de actrices, sino por su dominio de la puesta en escena. Ni exprime los recursos del medio cinematográfico ni abusa del lujo habitual en el estudio del león. No lo precisa, de hecho sería contraproducente en un film cuyo eje son los personajes. Sobre ellos gira cuanto sucede y Cukor así parece comprenderlo. Entiende sus peculiaridades y sus intimidades, que son las que dan forma a un film de historias entrelazadas y ambientadas en la alta sociedad neoyorquina. En apariencia, la película tiene todos los ingredientes para ser una producción por y para mayor gloria de sus estrellas y de la Metro, algo así como Grand Hotel (Edmund Goulding, 1932), pero la naturaleza del film, de mayor complejidad que el desfile de astros producido por Irving Thalbert y rodado por Goulding, exige que el lujo y las imágenes glamurosas se supediten a circunstancias menos brillantes y agradables. De nuevo bajo la producción de David O. Selznick (también era su primer trabajo para MGM), Cukor saca lo mejor de un reparto de renombre compuesto por actrices de la talla de Marie Dressler, que dio vida a una famosa actriz retirada y arruinada, y Jean Harlow, la esposa infiel que desea codearse con la “aristocracia” neoyorquina, o de grandes actores como los hermanos John y Lionel Barrymore, el primero interpreta a una estrella del cine mudo, alcoholizada para no enfrentarse a su ocaso, y el segundo, a un magnate naviero, cansado, enfermo y a punto de perder su compañía. Con la ayuda imprescindible de todas esos rostros de celuloide, que confieren humanidad a la intimidad de sus respectivos personajes, a sus problemas y a las diferentes situaciones que finalmente confluyen en esa reunión aludida en el título, el gran logro de Cukor en Cena a las ocho reside en su capacidad para equilibrar las diferentes historias, el melodrama y la comedia, y lograr la sensación de conjunto, de que todas viven, existen y desarrollan en un mismo tiempo, lo cual ayuda a la credibilidad a cuanto sucede en la pantalla.

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