lunes, 4 de noviembre de 2019

Juguetes rotos (1966)




La práctica de final de carrera de Manuel Summers, El viejecito (1960), apuntaba al gran director que alcanza su máximo en Juguetes rotos (1966). Pero este irónico, sensible y humano documento cinematográfico fue el revés que lo orientó hacia otro tipo de cine, más comercial y menos arriesgado en sus formas y propuestas que el que había realizado hasta entonces. Si por una parte la incomprensión generada por Juguetes rotos implicó la pérdida de un excelente cineasta, no dudo que también fue la cima de su cine, también una de las cumbres del documentalismo español. Su deseo de distanciarse de la mediocridad y de la comodidad son evidentes en su amargo retrato, sentimental y memorístico, de la vejez en un país que olvida su rostro humano, olvida a sus gentes y a quienes en el pasado lo hicieron brillar y vibrar. Para su viaje al presente y al pasado, al desencanto de los ancianos y a las esperanzas de los jóvenes que asoman por las imágenes, Summers transita por cuatro ámbitos populares (variedades, boxeo, fútbol y toros) que le permiten observar la realidad, recuperar la existencia de los olvidados y actuar como conductor de las entrevistas y de la narración en la que no se oculta, ni esconde su postura. La mirada del cineasta, que desvela su pensamiento, su humor, su ternura y su denuncia, observa desde influencias del neorrealismo más cercano a Zavattini, pero quiere ser y es una mirada subjetiva, que asume mayor protagonismo en el episodio que dedica a Gorostiza, antiguo jugador del Bilbao, del Valencia y de la selección española. Previo a su encuentro con el futbolista, el humorista y realizador sevillano rememora al ídolo de su infancia, que él mismo confiesa haber olvidado en el presente. Lo recuerda gracias al viejo cromo que le devuelve la imagen de "bala roja" a su memoria. De tal manera, evoca al jugador del pasado y busca al anciano del hoy. Quiere hacer una película con él, pero apenas sabe dónde buscar, ya que nadie parece recordarlo. Lo descubre en la soledad del asilo donde malvive. A la pregunta ¿a usted cómo le ha ido?, el olvidado no duda en responder con un <<mal>> que sale de su alma desgarrada. Es la sombra de aquel héroe vitoreado por todo un país y, aunque sea por un instante, Summers pretende devolverlo a la luz, en la que "Goro" afirma que <<teniendo lo que tengo, no tengo nada>>.


Mezcla de documental y de la intención de Summers, honesta porque nunca la niega, el responsable de La niña del luto (1965) sale a la calle, entra en locales o pasea por el parque donde Ricardo Alis, antiguo campeón de boxeo, golpeado por los combates del ayer y por el paso del tiempo, ejerce de guarda de viveros en Valencia. Alis es una de las paradas realizadas por el cineasta en su viaje a través de la memoria, de los recuerdos de sus protagonistas y de las imágenes de archivo que muestran combates, partidos de balompié o fragmentos de la película Campeones (Ramón Torrado, 1943). Las entrevistas, el montaje, los espacios reales y la omnipresente voz del narrador, su subjetividad consciente y sus preguntas, en ocasiones incómodas para quien debe contestar, completan las piezas que hacen de Juguetes rotos un documento único en la España de entonces, tanto, que fue incomprendido por la medianía de la época en la cual vio la luz, un momento que convenció al director para <<hacer películas tan comerciales como las de Luis Lucia o Pedro Lazaga>>1. El olvido y el recuerdo, la popularidad y el ostracismo, la juventud y la vejez, son parte de la realidad humana y, por tanto, también forman parte de la historia de cualquier lugar y época. Estos opuestos son fundamentales en el desarrollo del film, en su nostalgia, en su lúcida y cruda mirada al presente, a esa otra realidad que no solía proyectarse en las pantallas, a esos personajes que han sido borrados de la memoria del hoy y abren una ventana a la España de la década de 1960 donde Summers se adentra sin miedo, con actitud crítica, pero humana, y con la intención de despertar conciencias desde el drama y el humor, ya que, ante todo, el cineasta ni niega ni reniega del humorismo que recorre la totalidad de su vida profesional. En los primeros compases de la película, la cámara lee una pintada en la pared, <<la risa ofende y halaga, sé benévolo al repartirla>>. El director lo asume y nada de lo expuesto en pantalla cae en lo vulgar, ni en el chiste fácil, ni siquiera la burla a la ignorancia resulta hiriente; resulta acertada en su breve contacto con anónimos de la calle (objetivos escogidos para mostrarla) a quienes pregunta por diferentes personajes reales. Estos hombres desvelan su sobrado conocimiento acerca de "El cordobés", Bahamontes, Di Stefano y otros ilustres del espectáculo y el deporte, y su absoluta ignorancia de quién fue Mozart, Picasso, Velázquez o Fleming, entre otros protagonistas del Arte, de la Ciencia y de la Historia que desconocen. Esa ignorancia, advertida por Summers, continua vigente en las calles de cualquier ciudad del mundo y, quizá inconsciente de que algún día del futuro sería ignorado, el realizador ha pasado a formar parte del olvido contra el que se rebela el film. Pero no se trata solo de eso, se trata de confrontar y descubrir las dos imágenes de aquellos individuos que en algún momento de su juventud fueron aplaudidos y vitoreados, estrellas que se apagaron para convertirse en los espectros de un espacio presente donde la miseria se muestra a la luz del sol, en la cotidianidad en la que Juguetes rotos también descubre el deseo de la juventud, el de triunfar por la vía rápida, aunque ni fácil ni probable, la vía del boxeo o la escogida por más de cinco mil muchachos que centran sus esperanzas en el ruedo. Quizá sea su idea de triunfo o la única posibilidad que cambiaría sus vidas, que les alejaría de la pobreza y del anonimato. Todos tienen en común que se adentran en ella inconscientes de que la promesa de éxito puede transformarse en la realidad del artista del primer segmento, que a sus ochenta y tantos años continúa esperando su oportunidad; la de los boxeadores que, como Paulino Uzcudun, no han caído en la lona pero sí en la miseria; la del solitario Gorostiza, sin el menor rastro del admirado en los estadios, en cromos, chapas de gaseosas y en la película Campeones; o la del diestro Pacorro y Marina Torres, su mujer y actriz igual de olvidada que el también torero Nicanor Villalta, el galán deseado en su época de gloria y el derrotado orgulloso que, por última vez, sale a la arena para brindar a Summers la corrida que cierra su entrañable y amargo documento sobre personas, realidad y olvido.


1.Antonio Castro. El cine español en el banquillo. Fernando Torres Editor, Valencia, 1974.

No hay comentarios:

Publicar un comentario