Ojo al corte del bacalao
Por Antonio Pardines
Miles de personas podrían estar siendo utilizadas como medio de presión marroquí a Europa, vía España, para obtener nuevos beneficios, tal como lleva sucediendo desde hace años. ¿Pero qué objetivo es el que impulsa a ese movimiento? ¿Una reclamación histórica de Ceuta y Melilla, cuando, al pasar ambas ciudades a formar parte de Castilla, Marruecos no existía? No, es una aspiración más prosaica y económica. En todo caso sería Portugal quien podría reclamar Ceuta y los hijos de los hijos de los tataranietos de los Omeya tal vez Melilla, aunque los propios habitantes de las localidades decidieron formar parte de Castilla y Aragón. La situación de las dos ciudades autónomas nada tiene que ver legalmente con la de Gibraltar, que fue español y pasó a manos del Imperio Británico tras una concesión forzada por las políticas y circunstancias bélicas consecuentes a la Guerra de Sucesión que trajo a los Borbones a España en el siglo XVIII.
Lo que pide Marruecos es el trato de favor, es decir, juega y negocia con las cartas que tiene. Se sabe la puerta y la llave hacia Europa, no solo hacia España, país que la mayoría de los inmigrantes —las trágicas víctimas de este fuego cruzado de intereses— piensan como un lugar de paso hacia tierras que consideran más productivas, tales como Alemania o Francia, que son los dos países que cortan el bacalao en la Unión Europea.
Así que descartado el rollo geográfico, sentimental e histórico de Ceuta y Melilla para construir el Gran Marruecos que, aprovechando que le dan, pretendería las Canarias y ya si tal Algeciras y el reino de Granada, queda su lucha por la hegemonía que implica ser el socio de Europa, el cancerbero que puede exigir para que el norte europeo viva de espaldas a la realidad que colapsa el sur. Pero, a la postre, Francia y Alemania serán países desbordados por la emigración. La primera debido a sus antiguas colonias, y ambas a que suenan a posibilidad de trabajo y del paraíso prometido para quienes nada poseen, salvo la vida que no pocos pierden por el camino.
Y sabiendo todo esto, ¿qué hace que se repita una y otra vez, y vuelva a repetirse en el futuro? Europa, atada de manos en su ombliguismo y su heterogeneidad de siempre, parece el banco ideal para «tahúres». Basta con que la amenacen con desbaratar su espejismo de bienestar para que suelte dinero para ganar tiempo. Sin embargo, el problema es que este falso ganar tiempo no impedirá que la situación acabe por desbordarse y hacer evidente que esa distancia entre el norte y el sur de Europa es una distancia ficticia —fuera de la realidad geográfica— para la emigración porque, a la larga, cuando no haya paraíso en Italia o en España, o el edén al oeste que Costa Gavras sitúa en Grecia, ¿a dónde piensan los del norte que llegarán las olas migratorias? ¿Al océano?
Aparte de que roza la ilegalidad europea, ¿de qué les vale el cierre de fronteras interiores? Europa nunca ha sido solidaria, o al menos no tanto como presume con sus ayudas que no dejan de ser igual de interesadas que el Plan Marshall, la «ayuda» económica (y condicionada) estadounidense que se puso en marcha tras la Segunda Guerra Mundial. O cuando Francia abrió sus fronteras a la emigración para recibir mano de obra que ayudase a reconstruir el país. Dicho de otro modo, Europa no es la soñada por los europeístas de antaño, sino una organización adaptada a los tiempos que corren y formada por miembros con ánimo de lucro.
Cabe recordar que el nacimiento de la Unión Europea fue la CECA, aquella comunidad «europea» —las comillas son para recordar que solo eran seis países, y la Europa de entonces superaría la treintena— del carbón y del acero, las materias primas de la industria armamentística, nacía con vocación económica. Ni política ni social, ni educativa ni sanitaria, tal como habían soñado los europeístas ilusos y humanistas con los que me identifico. Y quienes estaban ahí: Francia y Alemania, también Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo. Y es que en esto de las categorías, Europa me recuerda a España, donde el eje Madrid, Cataluña, Euskadi se quiere prioritario sobre el resto de lugares y lo consigue por su músculo financiero. Algo así sucede entre los países europeos, que se dividen en dos de primera y después otras categorías. España e Italia estarían en segundo orden, por debajo del Benelux, por lo que se quedan sin cortar el bacalao. Solo reciben el corte hecho y ya salado que les quieran dar.
En definitiva, todo el rollo anterior para decir lo que todos saben: que la Unión ha entrado en crisis porque siempre lo ha estado. Pero ahora se ve en las noticias o en el fracaso del asimilacionismo al que aspiraba Francia con sus inmigrantes. Está naciendo una nueva cultura que amenaza a las élites francesas y de otros lares, de ahí que proliferen los partidos de extrema derecha, que no son más peligrosos que los de extrema izquierda, solo aparentemente antagónicos. Y como creo en la posibilidad de una Europa mejor, me digo que con ambos habría que andar con ojo...
Imagen de cabecera: Vista satelital del Estrecho de Gibraltar. Imagen de dominio público cortesía de la NASA / Earth Observatory.

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