martes, 26 de mayo de 2026

La orfandad del arte. Entre museos y gobiernos modernos



La orfandad del arte. Entre museos y gobiernos modernos

Por Antonio Pardines


Entre la tierra y el cielo nació el arte, era algo que surgía para expresar aquello que no podía ser expresado con un gruñido o un gesto. Nacía entre la obra y quien la contemplaba. Sin uno no existía la otra y sin esta, el espectador tendría que buscar en el horizonte y en sus nubes e idear formas. El arte no nace de una gestión ni académica ni administrativa, pero hubo un momento en el que se quiso institucionalizar y así, entre otras cuestiones, surgieron los museos, primero para conservar las obras y después para exhibirlas. Pero toda gestión conlleva decisiones excluyentes que dejan fuera lo artístico, aunque dé cabida a otro tipo de arte; incluso los expertos dejarían fuera arte porque prevalecería en ellos su idea y sus prejuicios. Siempre sucede, incluso a nivel personal, a la hora de escoger un libro o una película. La cuestión es que nadie quiere reconocer que, cuando hablamos de Arte (la mayúscula delata que ya se trata de algo institucional) o de Cultura (otra mayúscula sospechosa), estamos hablando de algo diferente, ya sea de negocio o de política.


Un ejemplo de decisiones y (pre)juicios lo veo ante mí, cuando levanto la vista de El perfume, el libro que voy oliendo, y veo el edificio que tengo delante. Mas no es propiamente el edificio el que se juzga, sino la designación de su nueva directora y, por ende, la de la propia profesional. Obviamente, su currículum no es el más notable ni su perfil el más sobresaliente. Pero esa medianía ha jugado a su favor, porque se adapta al perfil que busca la Xunta en su intención de llenar un museo que siempre que lo he visitado estaba vacío o casi —puede que fuese coincidencia—. Por otra parte, dudo que se pueda valorar a priori una gestión que todavía no se ha llevado a cabo. En cierto modo, eso no deja de ser un prejuicio, que es el juicio que todos tenemos «antes de», aunque la mayoría niegue poseerlo.


En todo rechazo intelectual —de quien asume serlo aunque no lo exprese en palabras— noto cierto elitismo. En este caso, se quiere un centro de arte contemporáneo elitista, al gusto de la comunidad artística; mientras que la Xunta pretende uno más a ras de suelo, destinado a mantener un nivel de la ESO —con todos mis respetos a su obligatoriedad—, más que a bachilleres como Sansón Carrasco o de licenciados Vidrieras y doctores universitarios. Quiere llenarlo de gente de la calle, que abarrote exposiciones a nivel usuario, es decir aquellas que al visitante no le cueste pensar. Como en el resto de los medios artísticos, sucede que el CGAC se adapta a los nuevos tiempos bajando el listón y las posturas chocan sin que parezca que ninguna defienda el arte, sino sus propias posiciones e intereses. Pero siempre puede procurarse una tercera vía: el diálogo y el saber que el público también puede ser exigente y, para su mayor escarnio, quien pone el dinero y a quien nunca se tiene en cuenta. Habrá quien diga que esa tercera vía es utópica, y lo es porque así quieren que sea, pero es la única que, comprendiendo la diversidad y buscando abrir el apetito de la ciudadanía interesada —aquí el problema reside en saber quién, porque «haberlo, haino»—, daría sentido a todo el meollo


Antonio Pardines es alguien a quien le gusta leer, escribir, pensar y pasear. Que lo haga bien, ese ya es otro cantar, que otros habrán de (pre)juzgar.

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