jueves, 23 de abril de 2026

Fragmentos de nada: viaje(s)

Un libro es un viaje y, como todo viaje que se precie, aquel que se vive en la libertad de saber que estás en marcha, sin horarios sin organización, sin más meta que el viaje en sí, depara encuentros y desencuentros, momentos de soledad y de compañía, sorpresas, contrariedad, alegría, melancolía, introspección, la ilusión de sentirnos libres de la monotonía, incluso nos regala algún momento místico, que no religioso, que no podrá ser expresado con palabras. Hay viajes que recorren nuestro cuerpo y pensamiento, que escapan a nuestra comprensión y solo al pensarlos nos explican. En el momento solo nos sabemos emocionados y, determinar o no el por qué, no cambiará que hayamos sentido un instante especial, uno que no podremos repetir, solo recordar y confundir entre los siguientes y los previos, pero que se convertirá ya en parte nuestra. Todos ellos son distintos, y en nosotros ya serán otros; y solo la memoria podrá reconstruirlos sin poder traerlos de vuelta tal cual fueron. Ese es uno de nuestros imposibles: regresar a donde ya vivimos y donde fuimos, pero nada impide recordarnos en momentos que sentimos y fuimos especiales. No hace falta más explicación que esa sensación de haberlos vivido en plenitud. Así son los buenos libros, los leídos y por leer, los escritos y por escribir. Son recorridos que te trasladan a un espacio emocional y racional a la vez propio e impropio; son viajes que nos encontramos y te exigen implicación, incluso que aceptes ser un náufrago a la deriva…

Un libro y un viaje preciados son aquellos que te hacen que seas y que te sientas su protagonista, no su espectador. Un buen texto no es una plantilla ni un copia y pega, como tampoco un buen viaje es aquel en el que te lo dan todo hecho y tú solo aportas tu cuerpo y una mente sedada. Un viaje organizado hasta el mínimo detalle, o unas vacaciones encerrado en un hotel donde la máxima aventura sería escoger en cuál de los dos o tres restaurantes comeré hoy, puede gustar, pero dudo que pueda llegar a ser parte de uno, a ser un instante emocional que perdurará más allá de su instantánea. Y eso sí lo logran aquellos momentos que nos hacen sentir, ya no especiales, sino a flor de piel porque nos exigen y nos regalan vivirlos. De hecho, ni aún intentando comunicarlo, se podría explicar el estado emocional que producen, pues cada quien lleva consigo esa parte de sí que le hace sentir a su manera. Y así leemos un libro, a nuestra manera, porque una vez abandona el reino del escritor y pasar al del lector, ya es nuestro. Un buen libro nos exige que lo hagamos nuestro, que seamos los protagonistas en un recorrido que, igual que el resto de viajes, empieza y acaba, pero ya seremos otros quienes lo concluyan. Somos seres en constante cambio, mas el mundo parece siempre el mismo, incluso nosotros lo parecemos, salvo por las distintas edades que nos recorren y nos abandonan…

Hay quienes dicen que el mundo no va a cambiar porque hablemos de él. Ni que un libro cambiará nuestras vidas; y no lo discuto, ni lo niego ni lo afirmo. Pero si me resulta innegable que la lectura te transporta fuera del mundo físico, te saca del curso de la historia, aunque hable de historias o de Historia. Te lleva hacia la interioridad, el lugar real donde se planta cualquier semilla de cambio. Pero conversar y leer sí resultan indispensables. Nos permiten abrir los ojos a los otros e incluso madurar ideas que damos por inamovibles y que resultan tan fugaces como las horas. El mundo no se transformará por la lectura de un libro, tal vez sí podría si ese singular se amplíase y nos desvelase aspectos que estando ahí, no los habíamos visto. Un libro, cientos, miles, una minoría que nos sobrevive, nos invitan a transformarnos, al menos a plantearnos, incluso nos desafía en páginas que nos reflejan, aunque no lo percibamos hasta que las pensemos y nos pensemos. Un buen libro, aquel que no solo depara entretenimiento, sino una relación entre dos sujetos a través de un medio que nos invita a la charla, a la discusión, al diálogo, nos descubre hablando con el papel. Y al hablarlo, mirarlo y preguntarlo, al no cerrar los ojos y los oídos a la relación que se establece entre lo que leemos, lo que observamos, lo que sentimos y nosotros mismos, puede depararnos sorpresas y cambios. Así, ya para concluir, decir que hace más de un mes publiqué “Sueños de engaño. 26 farsas (e) ilusiones de Billy Wilder”, y antes de pasar página, y olvidarme de él, quiero agradecer a quienes habéis sentido curiosidad por el libro la oportunidad que le habéis dado. Muchas gracias, pues sin lectores cómplices los libros y las farsas carecen de sentido…

Si alguien siente curiosidad por Sueños de engaño. 26 farsas (e) ilusiones de Billy Wilder, el siguiente enlace es a la página de Amazon donde puede adquirirse el libro:

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