martes, 27 de enero de 2026

Fragmentos de nada: La juventud (2015)


Lejos de ser norma, sí resulta habitual que la vejez viva en la contemplación —el mirar a su alrededor con una mirada ya no agresiva, sino que busca comprender— y el mirar con asiduidad hacia atrás. Ahí encuentra los fragmentos de vida que le permiten reconstruirse, recordarse, aferrarse, resistir y continuar. Esa mirada atrás les devuelve fantasmas y ficciones que en su momento pudieron ser sus realidades; en todo caso las imágenes evocadas les devuelve vitalidad, belleza, edades, espacios, gentes…, aunque sean miradas de nostalgia, cargadas de melancolía, de imposibilidad: la de recuperar los momentos ya perdidos y aquellos que no pudieron ser y nunca ya serán. Hacia delante, quizás, el panorama se pierda en una oscuridad que asuste, puesto que tras el horizonte amenaza la idea de la nada o, cuando menos, de lo desconocido que pone fin a cualquier mirada y recuerdo, a toda posibilidad de continuar siendo en la continuos cambios que se producen a lo largo de cada existencia. En esto, los jóvenes son contrarios: enfocan su mirada hacia el hoy, creyendo comprenderlo más y mejor que el resto —al menos, ese fue mi caso y uno de tantos errores que me forman, o así quiero recordarlo para no olvidar la ignorancia y la presunción que a cualquier edad implica caer en esa creencia—, y el mañana. Para cualquier juventud, el tiempo por venir se presenta iluminado de posibilidades; existe en múltiples opciones, es el tiempo para soñar y rebelarse frente a la vida, aunque luego la realidad depare un camino diferente donde la mayoría de los jóvenes de cualquier época se descubrirán distintos a como se soñaron, mansos en una cotidianidad asimilada.


Pero ¿y si los jóvenes de hoy ya no miran más allá de su ombligo, de su placer en la inmediatez? ¿Serían hedonistas del instante? ¿Cómo podrían entonces verse más allá del momento? ¿O si tienen una mirada anciana, consecuencia de una fuerza externa a ellos que les nubla el panorama? ¿Serían viejos prematuros, en la imposibilidad de mirar hacia adelante y proyectarse en el porvenir, mostrando en sus ilusiones y sus esperanzas presentes su disconformidad, sus sueños, su rebeldía vital? En todo caso, la juventud ha sido y es el tiempo humano más abierto a perderse, desorientarse y encontrarse en busca de ese lugar entre la imaginación y la realidad llamado “uno mismo”. También se ha considerado rebelde en cualquier época y cargada de la razón (sea esta cual sea, incluso irracional o inexistente), y siempre ha alcanzado el siguiente estado humano, dejando su lugar a la juventud siguiente: la que juzgará la anterior, igual que la vejez puede caer en el juicio nostálgico de su juventud. Quizás sea una (auto)defensa contra la sensación de verse apartados por cada nueva juventud, que ve la ancianidad como si fuese molesta, incapaces de reconocer que es ella misma proyectada en otro tiempo, en su mañana. Mas a cualquier juventud le corresponde errar, descubrirse, vivirse, esfumarse y ser recuerdo…


En el hotel suizo en el que Paolo Sorrentino ubica La juventud (Youth, 2015) se citan influencias que se repiten en su cine, pues ya forman parte suya, juventud y vejez, belleza y decrepitud, arte y apariencia, amistad, deseo, frustraciones, emociones y curiosidad. En definitiva, allí, en ese lujoso establecimiento en los Alpes suizo, se cita la vida en diferentes edades, la de los huéspedes en los que el director napolitano se centra para crear una comedia sobre la vejez observando la juventud y también a sí misma; aunque quien más observa es un actor joven (Paul Dano). Pero ¿a quiénes ven los dos viejos amigos? ¿Se reconocen en los jóvenes o la vida ha cambiado tanto que la juventud de hoy les parece extraterrestre, de tan distinta a las que ellos vivieron o recuerdan haber vivido? Mick (Harvey Keitel) y Fred (Michael Caine) se conocen desde la década de 1960, un periodo que se fantasea clave tanto para los movimientos liberales como para la contracultura, la cual no tardó en ser transformada en consumo e industria: Andy Warhol, la nouvelle vague, The Beatles y un largo etcétera parecían rebelarse, mas no lo hicieron o, de hacerlo, se acomodaron antes que después, en cuanto vieron la posibilidad que les brindada el sistema de ser iconos (y los placeres y bienes materiales que esto conlleva). Pero, aunque no lo fuese, los nostálgicos la recuerdan como una época más libre, a pesar de conflictos políticos como la guerra fría, Vietnam, el despertar africano, las dictaduras que sobrevivían y las que surgían...


Para los evocadores morriñosos, aquella década era más libre; la interpretan así, aunque fuese igual de prisionera; lo mismo sucede con los fanáticos de los ochenta y noventa; y todo apunta a que las siguientes generaciones miraran su juventud con similar idolatría. Existía y existe una idealización de su rebeldía y de sus esperanzas, de su lucha, que se creía desesperada y pasional; todos los jóvenes de cualquier época han debido sentirlo así. No la juzgaban, ni juzgan autocomplaciente, aunque lo fuese —la idea de rebeldía siempre complace a la juventud y a los no tan jóvenes; esto lo han comprendido a la perfección la publicidad y la propaganda—, ni se creía de postín, ni debido a la falta de tecnología buscaba su milisegundo de gloria, el ser viral en un tiempo que se fuga, que genera la impresión de que ya no se reconoce ni puede recordarse. En aquel entonces, se sentía que las esperanzas y la rebeldía vital nacían viscerales, de las últimas promesas humanistas de libertad que, mirando el mundo de hoy, que empezó ayer, ¿acabaron por incumplirse o solo han variado sus formas? No lo sabemos, pero cabe recordar que ningún tiempo pasado fue mejor o peor, solo distinto en variantes inexistentes o que no se habían pensado (o tenido en cuenta) en el pretérito, y que siempre hemos vivimos entre la posibilidad y la imposibilidad, que es el espacio por dónde la vida siempre se abre camino…

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