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El barrio contra mí (1958)


Después de que Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994) le inspirase sus pasos de baile, Elvis Presley se convirtió en estrella de Rock. En realidad, se convirtió en el Rey del Rock tras alcanzar el número uno de las listas con su primer álbum. Elvis no desaprovechó el momento y asentó su reinado gracias a las emisoras de radio estadounidenses y a la televisión que emitían sus canciones. Su ritmo, su música y sus movimientos causaban furor. El Rey apuntaba a fenómeno musical nunca visto, quizá el más vendible hasta entonces, puede que incluso el más revolucionario —si tenemos en cuenta como sus canciones sonaban a todo volumen en los tocadiscos de adolescentes y jóvenes que, con mucho ritmo y un amago de rebeldía, martirizaban los oídos de sus padres, miembros de una generación que distaba de la juventud de posguerra un trecho y tres cuartas partes de otro. Lo dicho, Elvis fue un fenómeno arrollador y un icono tan rentable que Hal B. Wallis no quiso quedarse sin su parte del negocio y le ofreció un contrato por siete años. El cantante vio con buenos ojos la promoción mundial y los dólares que le ofrecía el famoso productor de Casablanca (Michael Curtiz, 1942), así que firmado el contrato, Wallis lo cedió para que protagonizase Love Me Tender (Richard B. Webb, 1956). La mayoría de los films que protagonizó desde aquel primer momento carecen de interés o solo tienen el interés de ser películas con o de Elvis Presley. No obstante, El barrio contra mí (King Creole, 1958) es mucho más que la imagen y las canciones de la estrella, puesto que Michael Curtiz, que volvía a trabajar con Wallis, encontró la forma de equilibrar melodrama, violencia, rebeldía juvenil, choque generacional y dosis del Elvis ídolo musical, introduciendo al músico y a las canciones dentro de la historia y en el entorno, y no al revés.

Junto Estrella de fuego (Flaming Star, Don Siegel, 1960), El barrio contra mí es la mejor interpretación del cantante, que da vida a un adolescente conflictivo, aunque más que conflictivo se trata de alguien que no quiere ser pisoteado por la sociedad o el entorno donde su padre (Dean Jagger) sufre humillaciones y derrota. Danny Fisher, su personaje, está emparentado con otros adolescentes de celuloide que muestran su rechazo o su malestar mediante indisciplina, bandas y violencia callejera. Curtiz sigue la estela de Nicholas Ray en Rebelde sin causa (Rebel without Case, 1955) y de Richard Brooks en Semilla de maldad (The Blackboard Jungle, 1955), en la que Rock y juventud se juntaban para mostrar malestar y la incomunicación entre generaciones separadas por una guerra mundial. Pero también el peligro que eso supone o que se le atribuye en la pantalla, puesto que esa imposibilidad agudiza la violencia con la que se enfrentan al día a día, aunque en el caso de Danny esa violencia le busca a él cuando salva a Ronnie (Caroline Jones) de una más que probable agresión por parte de uno de sus acompañantes masculinos. Este encuentro determina la relación más interesante y más intensa del film, la que se produce entre el joven y la chica, atrapada en una situación de la que no puede escapar. Ronnie es una mujer sin posibilidad de escape, no se pertenece a sí misma, pertenece al gánster interpretado por Walter Matthau, que también es el dueño del local donde Danny trabaja como chico de la limpieza.


Inevitablemente habrá colisión y víctimas, pero, aparte, El barrio contra mí plantea otras cuestiones y relaciones, quizá menos interesantes, aunque necesarias para dotar de mayor complejidad y conflicto al protagonista: la que mantiene con Nellie (Dolores Hart), la enamoradiza empleada de la tienda que Danny ayuda a robar, o la paternal-filial con su padre, derrotado, honesto e ingenuo, y empeñado en que su hijo tenga un futuro lejos de las calles y de los locales nocturnos como el King Creole donde Danny empieza a ser una estrella de rock.

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