lunes, 25 de febrero de 2019

La terminal (2004)


El cine de Steven Spielberg cree en héroes, los necesita y los crea. Esta necesidad es constante en su obra fílmica y en La terminal (The Terminal, 2004) asume rasgos capraianos y cobra cuerpo en Viktor Navorski (Tom Hanks), un turista que, tras el levantamiento militar en su país de origen, se ve inmerso en una paradoja administrativa —existe como ser, pero legalmente no se reconoce su existencia— que escapa a su comprensión e inicialmente a su control. La perspectiva asumida por Spielberg transforma lo dramático en cómico, la derrota en victoria y al individuo en un referente moral que, similar a los idealistas del cine de Frank Capra, no se rinde ni vende su integridad en su lucha contra el Goliath de la burocracia que representa Frank Dixon (Stanley Tucci). Sin papeles, sin país, sin posibilidad si quiera de ser un número más dentro del engranaje que lo condena al limbo de la espera, Viktor deja de existir para el sistema que derrotará con paciencia, dignidad y humanidad. Su inexistencia administrativa lo convierte en un individuo atrapado dentro de una situación kafkiana que, como hemos apuntado con anterioridad, en manos de Spielberg adquiere tintes de comedia capraiana y, aunque se inspire en una situación verídica, huye de la realidad para acceder a lo artificial, por momentos a la fantasía de los cuentos de hadas —la cena que Amelia (Catherine Zeta Jones) y Viktor comparten, la boda de Enrique (Diego Luna) y Dolores (Zoe Saldanha) o la carrera de Gupta (Kumar Pallana), fregona en mano, por una de las pistas de aterrizaje—, que asume la forma del aeropuerto neoyorquino JFK, donde el enfrentamiento entre un hombre corriente, que a la fuerza deja de serlo, y la burocracia se convierte en la cotidianidad del primero, pues, sin más, carece de nacionalidad, de privilegios, de un lugar que no sea esa terminal internacional que se convierte en su prisión, pero que él transforma a medida que transcurren días, semanas y meses durante los cuales la agente Dolores le deniega el visado de entrada a Nueva York. Inicialmente, Navorski no comprende el idioma, lo cual tampoco ayuda a captar la explicación que le ofrece el encargado de la seguridad del aeropuerto y villano de la función, porque, sin abandonar el clasicismo cinematográfico, ¿qué es Dixon si no un villano no malvado, pero deshumanizado e indispensable para la existencia del héroe de a pie interpretado por Tom Hanks?


Son muchas las referencias que desvelan la herencia que
La terminal recibe de Capra, siempre presente en la dignidad de Viktor, la cual le permite dejar de ser un paria para convertirse en el modelo de los empleados del recinto, hombres y mujeres que, salvo Dixon, le aplauden y admiran porque en él encuentran a alguien capaz de derrotar al sistema en el que, de una u otra forma, todos parecen estar atrapados o, tomando prestado palabras del artífice de El secreto de vivir (Mr. Deeds Goes to Town, 1936), ven en él <<el grito de rebeldía del individuo contra ser pisoteado hasta verse reducido a pulpa>>*. Pero Spielberg no logra generar las emociones ni calcar la pasión que habitan en películas como Caballero sin espada (Mr. Smith Goes to Washington, 1939), porque el héroe idealista de Capra es inherente al discurso del cineasta, a su postura vital y cinematográfica a favor del individuo frente a la <<producción en masa, el pensamiento en masa, la educación en masa, la política en masa, la riqueza en masa, la conformidad en masa>>*, mientras que en Spielberg el héroe de La terminal existe como referencia y homenaje a los señores Deeds y Smith que forman parte de las influencias de un realizador que nunca ha dejado de admirar y de beber del cine clásico hollywoodiense.



*Frank Capra. El nombre delante del título. T&B Editores. Madrid, 2007. De la traducción de Domingo Santos

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