Ir al contenido principal

Condenados (1953)



En femenino, el título Condenados (1953) define a las protagonistas que asoman por los primeros (y mejores) títulos de la obra fílmica de Manuel Mur Oti. Salvo Emilia, en Cielo negro (1951), que sufre en la ciudad, el resto son mujeres encadenadas a la tierra, aunque no son las fuerzas telúricas quienes las aprisionan, sino la moral de una tradición opresiva y las frustraciones-negaciones (generadas por ellas mismas o por el entorno) del presente durante el cual se desarrollan sus (melo)dramas, cuando no tragedias. La imagen que abre el filme muestra a una de ellas, Aurelia (Aurora Bautista), prisionera del campo donde trabaja sin descanso hasta que, extenuada, concluye la jornada y se adentra en la soledad de su habitación. Allí se derrumba sobre el lecho donde llora su imposibilidad y la ausencia del hombre que ha dejado el vacío y la desesperanza. Aurelia recuerda la figura masculina, pero, más si cabe, llora porque necesita que la arropen (y la acompañen en esa cama semivacía) y la ayuden a sacar adelante la extensión maldita a la que permanece unida como si formase parte de ella. El inicio, uno de los más expresivos del cine de Mur Oti, muestra cuanto anhela su protagonista y cuanto la supera, por ello, no sorprende que la llegada de Juan (José Suárez), el extraño que le pide trabajar el terruño, provoque que la vida y el rostro de Aurelia recobren luminosidad.


El jornalero posibilita que los campos produzcan, pues, donde antes se observaba esterilidad, ahora luce el trigo, la vid y los animales, y que ella recupere parte de la existencia que le ha sido negada desde el encierro en prisión de José (Carlos Lemos), cuyos celos y paranoia lo indujeron a asesinar al hombre que, en la distancia, admiraba a su mujer. Desde el encierro de su marido hasta la aparición de Juan, ella ha labrado la tierra sin apenas éxito, soportado su ostracismo y las murmuraciones de los vecinos que llaman a sus tierras "las del condenado". Aunque el apodo se refiera a José, ella vive su condena y su sufrimiento,  que se mitigan en presencia de su empleado, cuando siente su apoyo, su mano acariciando la suya, su entrega y su cercanía, pero se trata de un acercamiento que nunca llegará a ser pleno, como confirman las dos escenas en las escaleras del molino, ambas similares, pero distanciadas por los cinco años que las separan. En las dos secuencias ella se encuentra en lo alto, a un nivel inalcanzable para quien la observa desde los escalones inferiores que confirman la lejanía que no se ha acortado, a pesar del evidente deseo y esfuerzo masculino y el menos evidente, aunque existente y reprimido, de la protagonista femenina, incapaz de desprenderse de los recuerdos, de la posición que ha aceptado en la vida y de la rigidez moral de su virtud, la misma virtud que no impidió a su marido asesinar a un hombre, a sabiendas de que tanto Aurelia como la victima eran inocentes. Han transcurrido más cinco años desde la llegada de Juan y seis desde el encierro de José, cuando este aparece en el horizonte y la heroína de 
Mur Oti corre hacia él mientras grita su nombre. Ese instante implica un fin, el de la esperanza, y un principio, el de la culpabilidad-sacrificio que convierte a la protagonista en uno de los condenados de este excelente e intenso melodrama rural, de imposibilidad, de seres atrapados en el blanco o negro de su interpretación de la realidad humana, condicionada por los celos, el deseo, la impotencia, el querer y el no poder.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

El sendero de la traición (1988)

Ismos prematrimoniales Por Antonio Pardines Una de las características del cine de Costa-Gavras es el adentrarse en espacios y en situaciones que desvelan el abuso ya sea de un Estado o de un grupo de poder. Y sus películas suelen funcionar como manifiestos cinematográficos que no temen señalar desmanes y crímenes, sobre todo aquellas en las que contó en el guion con la colaboración de Jorge Semprún y de Franco Solinas, dos escritores igual de comprometidos y con quienes trabajó durante su primera época. Ya considerado uno de los grandes del «cine político», gracias a Z (1969), La confesión ( L’aveu , 1970) y Estado de sitio ( État de siège , 1972), su popularidad se disparó tras el éxito de la espléndida crónica realizada sobre el golpe de estado de los militares chilenos en 1973 y la posterior represión en Desaparecido ( Missing , 1982), cuyo guion corrió a cargo de Donald E. Stewart, que adaptaba el libro homónimo de Thomas Hauser. Más adelante, cuando regresó al cine de habla i...