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Una jornada particular (1977)


Varias imágenes de archivo de la visita de Hitler a Roma introducen 
Una jornada particular (Una giornata particolare, 1977), para inmediatamente centrarse en un edificio romano donde decenas de vecinos lucen banderas, camisas negras, alegría y la satisfacción de saber que ese día podrán vitorear a sus líderes. Durante esa mañana de desfiles militares, las viviendas se vacían. En ellas solo quedan almas solitarias, inadaptadas al régimen que les discrimina y les oprime. Sin embargo, este no sería el caso de la familia de Antonia (Sophia Loren), que, al igual que la mayoría, se deja arrastrar por la propaganda política que se celebra ante los miles de seguidores que, en masa, acuden a escuchar los himnos y las mentiras de un sistema que promete paz, pero que muestra su arsenal por las calles de la capital romana. El seis de mayo de 1938, la voz de la mentira suena en una emisora de radio, mientras, dos seres solitarios y desencantados con su existencia encuentran la oportunidad para expresar aquellas verdades ocultas bajo el régimen que constantemente ensalza el locutor. Su voz alaba la grandeza de un líder que ha recibido con los brazos abiertos a su homólogo alemán en una jornada que se define como un acontecimiento único, que moviliza a la práctica totalidad de la ciudadanía. Nada de lo que diga el adulador radiofónico puede cambiar la monótona existencia de Antonia, casada y con seis hijos, e incapaz de reflexionar sobre todo lo que sucede fuera de su hogar porque su pensamiento siempre lo ocupan las necesidades de los suyos, aunque aquellos no presten atención a las suyas. La cámara se centra en esta mujer de mediana edad, observa su día a día, que no se altera con los hechos que convulsionan la urbe, como se comprueba cuando el edificio se vacía y Antonia permanece en casa realizando las labores cotidianas a las que está condenada. Mientras continúa con su tedioso cometido escucha como el periodista comenta la celebración al tiempo que ensalza a las fuerzas representadas por los dos dictadores; y, al igual que ella, el espectador no asiste al acontecimiento que ocurre en Roma, éste se descubre a través de ese orador fascista que adultera la realidad al gusto del sistema. Sin duda, este fue uno de los grandes aciertos de Ettore Scola, pues permite imaginar la Italia de Mussolini desde la perspectiva del ama de casa y, posteriormente de su vecino, Gabriel (Marcello Mastroianni), a quien aquélla acude para pedirle ayuda como consecuencia de la desaparición de su canario. Este inesperado encuentro entre dos almas solitarias provoca la jornada particular en la que ambos se sinceran para hablar de las mentiras y frustraciones que les han llevado hasta ese instante de desencanto existencial; sin embargo, sus pensamientos difieren. Antonia ha asumido desde el silencio su condición de esclava tanto del régimen como de su esposo (John Vernon), integrado plenamente en la ideología fascista que a ella la denigra, mientras que Gabriel expresa sin palabras el rechazo y la decepción creadas por esa misma ideología, que le obliga a no poder ser el mismo, despreciado y condenado al destierro (prisión) por su condición de homosexual, la misma que el ama de casa descubre cuando piensa que su vecino intenta seducirla, algo que ella vería con buenos ojos, ya que necesita sentirse valorada y romper con una monotonía marcada por su familia y por las directrices de un régimen opresor que condena las libertades individuales de todo aquél que no cuadre dentro de su credo.

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