sábado, 18 de noviembre de 2017

Mamma Roma (1962)

La figura de la madre ha sido una constante en el cine de grandes cineastas, desde John Ford a Luchino Visconti, pasando por Alfred Hitchcock o Pier Paolo Pasolini. Pero en todos ellos se trata de una madre diferente: castradora en el caso de Hitchcock, idealizada en el universo de Visconti o sostén de la tradición familiar para Ford en películas como Cuatro hijos (Four Sons, 1928), Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath, 1940) o ¡Qué verde era mi valle! (How Green Was My Valley, 1941). La madre de Pasolini en Mamma Roma (1962) es una mujer receptora de dolor que cobra las facciones de Anna Magnani, también sus gestos y su humanidad. Se trata de una madre que intenta imponerse a su hijo Ettore (Ettore Garofolo) para apartarlo de las miserias humanas que le salen al paso, pues algo sabe Mamma Roma (Magnani) de estas miserias. Ella ha vivido una vida de prostitución a la que se ha dedicado en cuerpo durante treinta años, aunque no en alma, pues esta le pertenece a su vástago, a quien pretende ofrecer la vida aburguesada que ella no tuvo. Ese es su sueño, también su esperanza, sueña y espera alejarse del pasado y crear un presente familiar de bienestar, inexistente en los suburbios de Roma, periféricos, marginales y decadentes como el paisaje humano que se descubre allí donde se mire. Mamma deja la prostitución después de que se case su protector (Franco Citti). Liberada, compra un piso y monta un puesto de frutas y tubérculos en el mercado. De tal manera, ya puede ocultar su pasado a Ettore, llevarlo consigo, adorarle y agasajarlo con dinero o una moto. Como dice Biancofiore (Luisa Loiano), la prostituta a la que pedirá ayuda, Mamma Roma se dejaría crucificar por su hijo adolescente, de hecho, incurre en el chantaje para conseguirle un trabajo que Ettore desperdicia en su constante de vaguear, desorientado por las calles donde se produce su coqueteo con la delincuencia. En su segunda película, Pasolini volvió su mirada hacia la prostitución y hacia los muchachos de la calle, como ya había hecho en Accattone (1961), y de nuevo confirió aspecto descuidado a las imágenes, aunque, en esta ocasión, lo hace en aquellas que presentan el protagonismo del adolescente, en el contacto de este con el espacio donde siente atracción hacia Bruna (Silvana Corsini) o donde entabla amistad con otros ragazzi di vita -título de la primera novela publicada de Pasolini- con quienes se adentra en la delincuencia. Estas imágenes, que semejan neorrealistas, pero que no lo son, contrastan con las del personaje de Magnani tras abandonar su oficio callejero, lo cual vendría a remarcar las diferencias entre el deseo soñado por una mujer que se niega a aceptar su imposibilidad y la realidad mundana que golpea a su hijo. Pero ambos espacios son uno solo, es el espacio de la condena humana y de la degradación social expuesta por un cineasta inclasificable, incómodo para muchos, rechazado por unos y admirado por otros, con un estilo reconocible en su fijación por los rostros, en su viaje a la miseria, en la presencia de la madre o de la iconografía católica que en Mamma Roma se hace más patente en la parte final, cuando Ettore y el cuadro Lamentación sobre Cristo muerto, del pintor Andrea Mategna, se igualan para concluir una película que se desarrolla entre el deseo de una madre marginal, que sufre las consecuencias de su pasado en su presente de anhelo pequeño burgués, y la deriva de ese hijo de la calle a quien pretende guiar hasta la decencia que ella ha idealizado, pero que resulta imposible de alcanzar en la sociedad que les ha tocado vivir.

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