viernes, 24 de noviembre de 2017

El último pistolero (1976)

Cincuenta años de profesión, dedicados a protagonizar más de un centenar de películas, de las cuales cerca de la mitad fueron westerns, género que lo encumbró tras su participación en La diligencia (The Stagecoach; John Ford, 1939). FordHawksHathaway o Walsh, tuvieron a John Wayne como protagonista en todos (como fue el caso del segundo) o en algunos de sus westerns, lo cual jugó en beneficio del actor y de la carrera que concluyó con Don Siegel y El último pistolero (The Shootist; 1976). Wayne fallecía víctima de un cáncer de estómago tres años después de protagonizar esta película, la última en la que participó y su testamento interpretativo, en un papel que vendría a rendir homenaje a muchos de los personajes que encarnó en la pantalla (de ahí las imágenes iniciales extraídas de Río Rojo o Río Bravo). No voy a escribir un panegírico sobre el actor, voy a exponer mi interpretación de la película de Siegel, un western mortuorio que nos traslada a una época, 1901, en la cual los caballos empiezan a ser sustituidos por vehículos motorizados, las diligencias o los carros brillan por su ausencia, y los tranvías, los postes telefónicos o la presencia de agua corriente en las casas, se dejan notar. El viejo oeste ha muerto en ese Carson City moderno donde se desarrollan los siete días que engloba el filme. Sin embargo, aún quedan restos del pasado, restos en forma humana como J. B. Books y el doctor Hostetler (James Stewart) o los tres hombres a quien el primero busca para ajustar viejas cuentas y así poner fin a su recorrido vital, durante el cual su arma de fuego segó la vida de más de una treintena de hombres, aunque él tiene la conciencia tranquila. <<Yo solo pienso en hacer justicia. No creo haber matado a un hombre que no lo merecía>>, al menos eso dice, sin poder evitar la posterior réplica de Bond Rogers (Lauren Bacall). <<Eso solo la ley puede decirlo>>. Lo que esta mujer no comprende todavía es que Books nació, se crió y ha vivido toda su vida bajo la ley del far west, la de la fuerza y la del revólver, una ley aceptada como tal en los territorios del viejo oeste, previo a su conversión en estados. Ahora todo aquello es historia, compuesta de pequeñas historias como la de Books, pues el ahora es un tiempo más civilizado, donde nada de aquello tiene cabida, y, no obstante, el hoy presenta aspectos que provocan la nostalgia del pasado que agoniza en la entereza y la ética del último de su especie. Un adolescente (Ron Howard) que ve en Books la leyenda pretérita que ha mitificado en su mente, un periodista (Rick Lenz) que quiere medrar a costa de contar las historias del pistolero, sean o no ciertas, un comisario (Harry Morgan) que prefiere que los tiempos pasados se maten entre ellos en lugar de ser él quien resuelva los problemas locales o un enterrador (John Carradine) que no ha olvidado que, independientemente de la época, su negocio es la muerte son algunos personajes que provocan la añoranza de un tiempo más salvaje, al menos en apariencia, aunque quizá más humanizado, como también resulta más humano ese pistolero vencido por el cáncer, consciente de la inmediatez de su muerte y del fin de cuanto él representa.

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