jueves, 19 de octubre de 2017

El rey pasmado (1991)


<<El rey miraba hacia adelante, como si le envolviese el infinito. Tenía cierta cara de pasmado.
-¿Qué miráis con tanta atención, señor?
-El cuerpo de Marfisa. No puedo ver otra cosa.>>

(Gonzalo Torrente Ballester. Crónica del rey pasmado, 1987)

Su naturaleza enfermiza le acarreó el sobrenombre de "el hechizado" y su muerte sin descendencia agudizó las intrigas palaciegas y los conflictos políticos que dieron pie a la Guerra de la Sucesión (1701-1713). Rey desde los cinco años hasta su fallecimiento a los treinta y nueve, la figura del monarca Carlos II ha pasado a la Historia de España por ser el último rey de la Casa de Habsburgo. Pero ni el monarca histórico ni el real tienen cabida en este comentario. El que aquí interesa, al menos, por ahora, es el Carlos II literario, aquel que surge de las mentes prodigiosas de Ramón J. Sender y Gonzalo Torrente Ballester para cobrar forma en sus respectivas novelas Carolux Rex (1963) y Crónica del rey pasmado (1989). A pesar de tratarse de dos obras muy diferentes, en ambas narraciones queda plasmada la necedad de quienes rigen el presente de un país sumido en una profunda crisis política, social y económica. Sin embargo, en ninguna de las novelas la situación por la que atraviesa el territorio se muestra más allá de la Corte y su radio de influencia, donde nadie está capacitado para asumir la situación con objetividad. La debilidad del monarca y la desidia con la que se observa la situación político-económica de una nación a la deriva son evidentes sin llegar a cargar en ellas. De ese modo, tanto Sender como Torrente Ballester realizaron un estudio de la época desde la perspectiva que relaciona al monarca con su entorno y con su joven esposa, la reina Maria Luisa de Orleans, de quien en Caroloux Rex se muestra perdidamente enamorado de su retrato y en Crónica del rey Pasmado obsesionado con su desnudo, el mismo que levanta revuelo tanto en palacio como en las calles de Madrid. Esta circunstancia marca el punto de partida de El rey Pasmado (1991), título de la desacertada adaptación cinematográfica realizada por Imanol Uribe de la obra de Torrente Ballester. Digo desacertada porque el filme va perdiendo el interés a medida que los minutos avanzan, una pérdida que encuentra su explicación en la ausencia de la ironía que sí existe en las líneas escritas por el escritor gallego y en la incapacidad de sus responsables a la hora de equilibrar los múltiples personajes dentro de una trama que se inicia con el rey asombrado ante la imagen desnuda de Marfisa (Laura del Sol), una prostituta cuyo cuerpo el monarca no logra borrar de su mente, como tampoco puede evitar expresar su deseo de ver a la reina tal como saludó al mundo por primera vez. La noticia de que el monarca ha ido de picos pardos corre por los mentideros de la capital, también el afán de desnudez conyugal que se ha apoderado de él. Esto alarma a parte de la Corte, sobre todo al monje capuchino Villaescusa (Juan Diego), quien alerta al Santo Oficio de la circunstancia que pretende evitar a toda costa, y mejor si para ello también se celebra un acto de fe en el que quemar a un centenar de herejes. El comportamiento y las palabras de este clérigo muestra su talante intolerante, su ignorancia y su afán por medrar dentro de la Iglesia y de la Corte, cuestión que ni pasa desapercibida para el Gran Inquisidor (Fernando Fernán Gómez) ni para el padre Almeida (Joaquin de Almeida), un clérigo enigmático y tolerante (y, por tanto, opuesto a Villaescusa). Así, pues, sin tener en cuenta la miseria que habita en cualquier calle y la ausencia de soluciones por parte de tanto noble y clérigo que ni la sufren ni la comprenden, se descubren dos bandos que debaten si la posibilidad de que el rey vea sin ropa a su esposa convenga al país, pues algunos como Villaescusa asumen que atenta contra los mandatos divinos (y contra sus ideas), mientras que otros se muestran más comprensivos con el deseo del monarca, que ni es un problema ni tiene la menor importancia en el devenir de la nación.

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