sábado, 6 de mayo de 2017

Vida de perro (1918)

Hay diferentes maneras de realizar cine, como también existen distintas formas de hacer las cosas, y escoger entre unas u otras provoca diferencias de forma y fondo, porque no es lo mismo sentir que diriges, a menudo presionado por intereses ajenos al arte en sí mismo, que dirigir lo que sientes aunque esto conlleve una lucha constante por la independencia creativa. Esta última fue la elección de Charles Chaplin para realizar sus películas, nacidas del corazón, de recuerdos y de experiencias de infancia, de la interpretación de su presente y también de la sensibilidad del hombre complejo que exteriorizó su sentir a través de su solitario vagabundo, siempre ajeno al medio deshumanizado que lo rechaza y con el que nunca se identifica. Como consecuencia, la grandeza del mejor Chaplin surge de las entrañas del individuo que piensa, siente y sufre, no de la técnica cinematográfica, porque, como dejó constancia en sus memorias, <<mi técnica es fruto de mi propio pensamiento, de mi propia lógica y de mi propia perspectiva, no está influida por lo que hacen los demás>>, de ahí que su conexión con el público perdure más allá del tiempo y de las fronteras, pues la base de sus películas se encuentra en aspectos reconocibles para cualquier espectador o espectadora. Los sentimientos, la generosidad, el romanticismo o la picaresca son recursos de la poética que da forma al desheredado chaplinesco que deambula por lugares donde el hambre, la miseria o las emociones acompañan a la comicidad y a la rebeldía del (anti)héroe que da la espalda al egoísmo y a la insolidaridad -la imagen que despide para siempre a su vagabundo en Tiempos modernos (Modern Times, 1936)- que domina en los distintos espacios donde se identifica con los débiles, los pobres y los sensibles que toma bajo su protección. De dicha protección se benefician el niño de El chico (The Kid, 1921), su primer largometraje, la invidente de Luces de ciudad (City Lights, 1931), cumbre de la poética del cineasta, o el perro callejero (reflejo del propio vagabundo) de Vida de perro (A Dog's Life, 1918), su primera producción para First National y un paso adelante como el creador total que asume la comicidad como fuente de su discurso, porque <<gracias al humor vemos lo irracional en lo que parece racional; lo carente de importancia en lo que parece importante. También incrementa nuestro sentido de supervivencia y salvaguarda nuestra cordura. Merced al humor nos sentimos menos abrumados por las vicisitudes de la vida. Activa nuestro sentido de la proporción y nos demuestra que tras una exageración de la seriedad se oculta lo absurdo>>. Ese humor al que se refería Chaplin cobra vida en el sentir y en el comportamiento de su vagabundo, en su relación con esos otros personajes que también transitan solitarios, sin afecto y sin oportunidades hasta que sus caminos se cruzan con el desheredado que en Vida de perro salva al perro de la jauría que encuentra su imagen humana en los ocupantes de la oficina de empleo o en los clientes del local donde se produce uno de los mejores gags (sustituye las manos de uno de los ladrones por las suyas) y su encuentro con la cantante interpretada por Edna Purviance, otro ser condenado que el pícaro trotamundos rescata de la vida canina a la que alude este título que confirmaba al cómico, al humanista y al poeta que con su silencio, sus gags o las palabras en su etapa sonora expresa su sentir y su disconformidad con las injusticias sociales que se habían grabado en su mente mucho antes de convertirse en uno de los grandes iconos del séptimo arte.

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