sábado, 11 de marzo de 2017

El presidio (1954)

Entre otras tradiciones, la cristiana concede a Eva el rol de ser la primera mujer (y madre de la humanidad), pero también parece otorgarle una condición fatal que podría ponerse en duda si se plantea que fue la primera en ser sometida al sexo opuesto y a las normas que, leyendo entre líneas, tendrían como fin el delimitar sus acciones y sus elecciones, también las de su pareja. De hecho, podría decirse que la inconsciencia de Eva al dejarse engañar por la serpiente implicó su conciencia de ser y, por tanto, la de asumir decisiones, acertadas o equivocadas, o dicho de otra manera, dio el paso de sujeto paciente a individuo activo dentro del orden establecido. Desde aquella primera femme fatale que mordió la manzana y, para bien o para mal, descubrió su desnudez y el libre albedrío, otras muchas la imitaron en su capacidad de elegir para liberarse del yugo social que les negaba el acceso a ámbitos de exclusividad masculina. El cine negro se encuentra plagado de mujeres que se dejan arrastrar por su ambición y sus deseos, aunque habría que preguntarse si son fatales o simplemente manipulan su entorno porque anhelan su propio espacio vital dentro de un orden social que, dominado por el hombre, limita sus opciones. Ana (Isabel de Castro) es una de ellas, ambiciona más, sin embargo, después de emplear sus recursos -singularizados a su belleza- para seducir a Pablo Jiménez (Carlos Otero) e introducirlo en la criminalidad con la que pretende morder su manzana, cambia inexplicablemente su comportamiento tras un año de condena en un correccional femenino. Convertida de nuevo en la imagen sumisa, muy del gusto de ideologías ultraconservadoras como el franquismo, su transformación se produce hacia la mitad del metraje, aunque nunca llega a resultar creíble, salvo por esa intención de contentar a la censura y a la moral del momento. Más allá de esta conversión forzosa acorde con lo establecido, El presidio muestra otros rasgos definitorios de la sociedad española de la época, representados en el retrato de Franco en la oficina del director de correccional y en la presencia del cura (Manuel Gas) de la prisión donde es encerrado aquel que se deja manipular por la joven. A pesar de su tono moralista, la película de Antonio Santillán es otra buena muestra del cine negro español de la década de 1950, aunque esta clasificación genérica no se ajusta a la realidad, ya que el film noir español carecía de la negrura suficiente para catalogarlo como tal. Por aquel entonces resultaba imposible asumir una postura crítica más directa o el pesimismo social que caracteriza al género y a sus personajes, de tal manera los sistemas corruptos, ambiguos y muy mejorables desaparecen para mostrar entornos como el correccional donde se desarrolla parte de El presidio, un espacio cerrado que se aleja de aquellos sombríos recintos expuestos en Fuerza bruta (Brute Force; Jules Dassin, 1947) o en Sin remisión (Caged, John Cromwell, 1950). En las penitenciarias españolas de celuloide, el sistema funciona y son los prisioneros, en concreto uno de ellos, los responsables de los hechos que se desatan en su interior. La primera imagen muestra los barrotes del correccional de donde Pablo no tarda en fugarse. Nada se sabe de él, salvo que es perseguido y debe ocultarse. Su tiempo de espera se prolonga para insertar el primero de los cuatro flashbacks que se irán desarrollando a lo largo de la película. Sus recuerdos exponen su relación con la joven que le presenta a la banda del <<abogado>> Pedro Ramírez (Berta Barri). Mostrado su enamoramiento, la traición de la chica a sus socios y el golpe fallido, la acción regresa al presente para dejar constancia de la nueva detención de Pablo, quien es herido y conducido a la enfermería donde se produce su reencuentro con Ana. En ese instante se descubre que la joven ha cambiado. Ya no es la ambiciosa de sus recuerdos, sino la mujer decente a quien narra parte de su estancia en prisión. La analepsis es una de las características asumidas por el cine negro, como también lo es la voz en off que los acompaña, desde ambos se comprende que Pablo es un hombre sin suerte, desempleado y enamorado de quien en un primer momento lo conduce hacia la perdición. El siguiente flashback corre a cargo de Ana y esboza con brevedad las circunstancias vividas por ella hasta el reencuentro, durante el cual desvela un comportamiento distinto mientras asegura que <<se puede ser feliz sin tanta ambición>>. Su año en presidio ha transformado sus intereses y la ha devuelto al redil, cuestión que se confirman en sus palabras y en su intención de esperar los ocho años que a Pablo le restan de condena para convertirse en su esposa. Arreglado el asunto de la mujer fatal, solo queda zanjar la situación del reo, que se sincera con el sacerdote y le hace partícipe de la insostenible situación que lo llevó a intentar fugarse. Tras este último retroceso temporal, el film de Santillán se desarrolla en el presente, concediendo mayor protagonismo a las paternales figuras del párroco y de Martín (Luis Induni), el preso que alcanza su redención por el amor que profesa a su hijo, y a ese abogado sin título que resulta el personaje más atractivo y elaborado de El presidio.   

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