lunes, 20 de febrero de 2017

Quebracho (1973)

Muchos historiadores cinematográficos coinciden a la hora de señalar a Mario Sofficci y a sus películas Puerto Nuevo (1936), codirigida por Luis César AmadoriKilómetro 111 (1938) y, principalmente, Prisioneros de la tierra (1939) como autor clave y piezas fundacionales del cine social argentino, sin embargo este tipo de film no tuvo la continuidad deseada debido a la inestabilidad política que jugó en su contra y, durante años, provocó que prácticamente dejase de existir, sobreviviendo en las aportaciones de Fernando Birri -que darían pie al nuevo cine latinoamericano- o en las sombras donde años después Fernando Solanas y Octavio Getino realizaban su combativo y maniqueo ensayo político-documental La hora de los hornos (1965-1968). Inicialmente este mítico manifiesto se exhibió en la clandestinidad, también en festivales internacionales, ya que ni escondía su postura antiimperialista ni sus intenciones político-didácticas. De modo que no sería hasta 1973 cuando se estrenó de manera oficial en Argentina, el mismo año que el propio Getino liberaba la censura después de asumir su cargo al frente de la cinematografía nacional. Esta circunstancia provocó que la producción fílmica argentina viviese un momento de mayor libertad creativa e ideológica, que se tradujo en películas tan exitosas como lo fueron Juan Moreira (Leonardo Favio, 1973), La tregua (Sergio Renán, 1973), La Patagonia rebelde (Héctor Olivera, 1974) o La Raulito (Lautaro Murúa, 1974). Otro ejemplo fundamental de la buena salud cinematográfica de aquel periodo que abarca desde 1973 hasta la nueva dictadura lo aportó Ricardo Wullicher en Quebracho. Dividida en prólogo, dos partes y epílogo, el film se desarrolla a lo largo de medio siglo de historia argentina para mostrar cómo los intereses extranjeros (británicos en este caso) provocan la precaria situación que en las partes centrales de la trama los obreros intenta poner fin, aunque con el mismo resultado (estéril) que el expuesto por Olivera en La Patagonia rebelde. El prólogo se desarrolla en Inglaterra al comienzo de la Primera Guerra Mundial, en la mansión del propietario de la compañía inglesa que habla con su joven pupilo de aspectos relacionados con sus posesiones africanas y su fábrica en Argentina, conscientes de que allí poseen y gestionan los recursos económicos y, por lo tanto, también controlan la situación política del país que les proporciona el tanino que la mano de obra barata, casi esclavizada, extrae de los quebrachos de la zona. La historia salta cuatro años en el tiempo para mostrar el malestar obrero ante la explotación tanto humana como forestal en la provincia de Santa Fe. Para ello inician una serie de protestas, también se decantan por la educación de sus compañeros, conscientes de que las mentes pensantes son la mejor arma para poner fin a la situación generada por el neocolonialismo que los trabajadores sufren desde la independencia de la corona española. Sin embargo, la violencia siempre es la primera reacción entre contrarios, por ello, los dirigentes de la empresa inglesa, a través de mister White (Osvaldo Bonet), convencen al gobierno para que cree un cuerpo militar, "los cardenales", compuesto por ex-presidiarios y mercenarios que desde la represión ponga fin a cualquier movimiento de protesta. Esta parte concluye con el estallido de violencia en el interior del recinto donde los peones habían iniciado su paro laboral, el cual resulta un fracaso que permite que todo vuelva a su lugar inicial, aquel que vela por los intereses de la empresa británica. La segunda parte de Quebracho se desarrolla durante la década de 1930, centrándose en Lamazón (Lautaro Murúa), un líder sindicalista que no tardará en convertirse en el objetivo de la multinacional. El nuevo gerente, Mister Murphy (Héctor Alterio), intenta comprarlo, pero el fracaso de esta opción precipita un nuevo brote de violencia, acorralando al sindicalista en su hogar, junto a su mujer y a sus tres hijos, donde se ve obligado a entregar armas a los pequeños para poder emprender su fuga y proseguir con una lucha que no puede vencer. El epílogo resume la situación vivida entre los años cuarenta y 1963, regresando a un espacio similar al inicial donde se observa al consejo de la multinacional sin mostrar más interés que el económico que llena sus bolsillos a costa del sudor de esos desprotegidos que nunca llegan a dejar de serlo.

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