sábado, 25 de febrero de 2017

Embrujo (1946)

Que Carlos Serrano de Osma era un cineasta particular y osado queda reflejado en su inclasificable (y rupturista) contribución al cine español de los años cuarenta y cincuenta, quizá porque sus películas <<una a una, son pura experimentación. En cada una me planteaba unas metas, empezando, en las primeras, por el conocimiento de la expresión de la imagen; quería conocer cuánto se puede hacer con la cámara>> (declaración extraída de la entrevista de Pascual Cebollada publicada en Cine y más, nº 28 y 29, marzo-abril de 1983, que Julio Pérez Perucha recogió en su libro El cine de Carlos Serrano de Osma). Este afán por experimentar se encuentra en títulos como Abel Sánchez (1946), Embrujo (1946) o Parsifal (Daniel Mangrené y Carlos Serrano de Osma, 1951), pero también ese misma intención provocó su decisión de abandonar la dirección ante el creciente desencanto que significaba no poder desarrollar su creatividad con entera libertad, aunque no por ello puso fin a su relación con el cine, continuando con su función de docente en el IIEC -donde fue profesor de, entre otros futuros cineastas, Bardem y Berlanga- y posteriormente en la Escuela Oficial de Cinematografía. En su segunda película el realizador aprovechó la popularidad de la pareja formada por Lola Flores y Manolo Caracol para, desde el supuesto folclore que representa el dúo, desarrollar la experimentación que le permitió alcanzar la ensoñación narrativa, lírica y visual que domina en las imágenes de un film que, a raíz de la intervención de los productores, sufrió la alteración de su montaje original para su exhibición comercial. Aún así, Embrujo difiere del resto de films folclóricos de la época -y de cualquier otro-, porque en realidad no lo es, aunque su responsable no dudó en renegar del montaje final realizado sin su consentimiento, lo cual ya apuntaba la imposibilidad común a otras cinematografías, la de ser un creador diferente e independiente dentro del sistema industrial, aunque este fuera tan precario como el español de entonces. No obstante, el estilo visual de Serrano de Osma se impone en todo momento, en el onirismo que prevalece en el ascenso al estrellato de Lola, la cantante y bailarina que, en su asociación con Manolo, tiene la oportunidad de triunfar en diversas provincias españolas. La historia de ambos surge de los recuerdos que vuelven a Lola cuando ya en la vejez le rinden un homenaje. En ese instante rememora su juventud, cuando bailaba igual que la joven a quien en el presente narra su relación con Manolo. Pero lo que podría ser un flashback al uso, da paso a la ensoñación surrealista que aúna los números musicales, el intimismo, la subjetividad de ambos personajes y la relación que ambos mantienen, primero desde la cercanía que implica trabajar juntos y posteriormente desde la distancia que envuelve a Manolo en la oscura y enrarecida atmósfera que comparte con Mentor, personaje interpretado por Fernando Fernán Gómez antes de alcanzar la fama con Botón de ancla (Ramón Torrado, 1947). Mientras el cantaor se consume entre penas y alcohol, en un espacio marcado por la subjetividad de la cámara, la joven artista triunfa en el extranjero, donde rememora la figura de aquel Pigmalión a quien rechazó en el pasado, y a quien añora en ese momento triunfal que no apacigua la derrota existencial que experimenta en la lejanía que la separa de quien se convierte en principio y fin de su arte musical, pues su música vive mientras él respira y deja de existir tras el baile que interpreta durante el entierro de aquel que le dio forma.

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