martes, 10 de enero de 2017

Mi dulce pueblecito (1985)

De los cineastas que conformaron la "Nueva Ola" del cine checoslovaco que empezó a gestarse en la Academia de Cine de Praga durante la segunda mitad de la década de 1950, el nombre más conocido a nivel internacional es el de Milos Forman. Pero aquella nueva corriente cinematográfica checa y eslovaca, que alcanzó su plenitud en los años sesenta, también contó entre otros talentos con Jirí Menzel, que debutaba en la realización de largometrajes con la excelente tragicomedia Trenes rigurosamente vigilados (Ostre sledované vlaky, 1966). Aunque se trata de su obra más reconocida fuera de las fronteras checas, el cine de Menzel es mucho más que el título que le valió el Oscar a la mejor producción de habla no inglesa. Su filmografía está compuesta de buenas películas y de intenciones que priorizan al ser humano desde el pensamiento humanista e irónico que heredan algunos de sus títulos a la hora de conceder el protagonismo al individuo enfrentado al sistema (burocracia, pérdida de identidad,...), al despertar sexual o a la acelerada modernidad que en el medio rural donde se desarrolla Mi dulce pueblecito (Vesnicko má stredisková) solo tiene presencia en la pareja de recién llegados de la ciudad, a la cual siempre se observa en movimiento (realizando algún tipo de ejercicio físico) sin tiempo ni intención de interactuar con el entorno. Esta entrañable comedia costumbrista fluye desde el sencillo ritmo vital que domina en el pueblo cercano a Praga donde Otik (János Bán) y Pávek (Marian Labuda) comparten su cotidianidad laboral, aunque mejor sería decir que el segundo intenta enseñar y proteger al primero, pues el joven, huérfano desde niño, se ha convertido en la responsabilidad de todos los habitantes del lugar. Durante los últimos cinco años, entre los despistes y silencios de quien presenta la mentalidad y la inocencia de un niño de cinco años, Pávek se ha convertido en la figura paterna de su inseparable acompañante. En compañía de su mentor, Otik siente la felicidad y la plenitud que le ofrece creer ser la mano derecha de aquel a quien desea complacer e imitar. No obstante, su último error colma la paciencia de Pávek y provoca su decisión de prescindir de su ayudante después de la cosecha, lo cual genera la tristeza de Otik, quien, en señal de arrepentimiento, acude a la casa de su jefe y le ofrece dos palomas que, superando su naturaleza inofensiva, el mismo ha matado. Pero nada de cuanto hace parece cambiar la decisión de Pávek, lo que implica que el muchacho decida trasladarse a Praga, donde un desconocido le ha ofrecido un piso moderno a cambio de su antigua casa. Aunque la relación entre estos dos hombres es el eje principal de Mi dulce pueblecito, la película expone otros como la perspectiva vital del doctor Skruzný (Rudolf Hrusínský), cuya visión de la vida delata su amor por las sencillas costumbres que brillan por su ausencia en la capital donde Otik ni encaja ni podrá encontrar un hogar que sustituya a su pueblecito. De igual modo, adquieren relevancia la cotidianidad de la villa, la armonía que en ella se respira, la amistad que se afianza en pausas que permiten disfrutar de una cerveza y de comentarios triviales o la picaresca de Václav (Jan Hartl) y Jana (Libuse Safránková) para mantener en secreto el adulterio que podría dar un disgusto, si el celoso y violento Turek (Petr Cepek) llega a sospechar que su mujer lo engaña. Al igual que en otros trabajos del responsable de Alondras en el alambre (Skrivánci na niti, 1969), otro aspecto que adquiere forma a lo largo del metraje es el despertar sexual de un adolescente, en este caso el hijo de Pávek, que, enamorado de la maestra del pueblo, sufre su primer desengaño amoroso. A pesar de la coralidad que prima en Mi dulce pueblecito, el interés de Menzel siempre regresa a la pareja protagonista, ya sea mediante su presencia o desde las alusiones que se escuchan en las reuniones que las fuerzas vivas del pueblo mantienen para debatir sobre el futuro de Otik, cuya marcha podría propiciar la transformación y muerte del encanto que el médico rural ensalza mientras sufre sus constantes contratiempos automovilísticos.

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