jueves, 22 de diciembre de 2016

Sully (2016)

En Space Cowboys (2000) el factor humano sale a relucir en la experiencia y en la improvisación de los cuatro veteranos protagonistas durante su confrontación con la sofisticada tecnología (y la juventud adaptada a esta) que los ha sustituido en la NASA. De igual modo, en la mayoría de películas realizadas por Clint Eastwood, la interioridad de los personajes se exterioriza en su soledad, en sus decisiones y en sus relaciones, en su valía y en sus errores, que se erigen en los ejes de cuanto se narra, porque es en el interior del Charlie Parker de Bird (1988), del William Munny de Sin Perdón (Unforgiven; 1992), del fugitivo de Un mundo perfecto (A Perfect World, 1993) o de la pareja de Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County, 1996) donde sus vivencias (dudas, esperanzas, fantasmas e imperfecciones) fluyen para hacer de ellos seres humanos, complejos, falibles, únicos y en ocasiones atormentados. Bajo su apariencia de película basada en hechos reales, como J.Edgar (2011) o El francotirador (American Sniper, 2014), y de cine de catástrofes aéreas, Sully (2016) reincide desde su brillante sencillez narrativa en el factor humano como parte fundamental de la obra de un cineasta que siempre se ha mostrado coherente con su discurso fílmico, porque, antes que cualquier hecho (basado en la realidad o ficticio) narrado en sus películas, para Eastwood está el ser que lo protagoniza. Por ello, al igual que los jóvenes aclamados héroes por la opinión pública en Banderas de nuestros padres (Flags of Our Fathers, 2006), el capitán Sullenberger (Tom Hanks) es el centro y la excusa para recalcar la importancia de aspectos humanos que escapan a la superficialidad de juicios maniqueos y simplistas que, tras la heroicidad atribuida a los soldados de Iwo-Jima para recaudar fondos o la admiración que Chris Kyle despierta entre sus compañeros por ser un francotirador letal, no se detienen a la hora de valorar la humanidad (con sus luces y sombras) de aquellos o de este piloto confundido tras escapar de la muerte que aún lo atormenta. De tal manera el intimismo se adueña de la pantalla, dejando en un plano secundario el aterrizaje que se muestra fallido en la secuencia onírica que abre el film, para luego volver sobre él desde el recuerdo y las simulaciones posteriores. El hecho puntual narrado en Sully, al que el cineasta regresa intencionadamente en repetidas ocasiones para ofrecer nuevos enfoques (que invitan al espectador a reflexionar más allá del llamado "milagro del Hudson"), muestra el avión averiado recibiendo instrucciones para que se dirija al aeropuerto neoyorquino de LaGuardia, el mismo avión que "Sully", asumiendo la decisión (no sabe si será acertada, pero es la mejor opción que tiene) por la que está siendo investigado en el presente, ameriza sobre el Hudson. Su mente humana, obligada a procesar la situación de riesgo en segundos, le lleva a escoger la que, sin certeza de éxito, considera la única factible. Por eso no se trata de un héroe, sino de un individuo ante una situación límite e inesperada (nadie podría haberla predicho) que lo obliga a tentar a la suerte asumiendo un amerizaje desesperado que resulta acertado (debido a la fortuna y a su pericia en el pilotaje). Su hazaña o su temeridad, según el punto de vista asumido por quien lo juzgue, se evalúa desde varias perspectivas: la suya, la del público que lo abraza y aclama, la de la prensa (que tan pronto crea héroes como los destruye) y la de quienes se encargan de investigar (y poner en tela de juicio) aquello que desconocen y que pretenden clarificar mediante simulaciones incapaces de revivir el instante vivido por "Sully" y quienes se encontraban en el interior del aparato. Las perspectivas simplistas y contrarias, héroe o fraude, no contemplan al piloto como alguien obligado por el tiempo de reacción a actuar al filo de la muerte que logra esquivar, pero que agudiza sus posteriores dudas existenciales, ya que los fantasmas no desaparecen, están en sus sueños y en su vigilia. Se enfrenta a ellos con dignidad y entereza, lo cual le permite reflexionar sobre su pasado inmediato, en el que él y las otras ciento cincuenta y cuatro personas sobrevivieron por la actuación conjunta a la que alude ante la comisión que no ha tenido en cuenta el factor humano, representado en un hombre que solo desea ser eso, como demuestran su incomodidad y su extrañeza ante el trato de héroe y de villano. La intención de Eastwood queda clara en su exposición de los hechos, centrándose en el presente, pero mostrando el pasado, ya sea lejano (en dos flashbacks) o inmediato, para profundizar en la intimidad y en la soledad del protagonista que se libera de una carga insoportable cuando escucha que los ciento cincuenta y cinco han sobrevivido, un protagonista que, magníficamente interpretado por Tom Hanks, duda y se juzga a sí mismo desde su condición humana, aquella omitida por la aclamación popular y por la comisión que busca su error en simulaciones ajenas a las emociones de quienes tuvieron que lidiar con una situación crítica e imprevista.

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