martes, 27 de diciembre de 2016

Almadrabas (1934)

Con Las Hurdes (1932) Luis Buñuel inauguraba de manera oficiosa el cine documental español, aunque fue el gallego Carlos Velo quien se decantó por desarrollarlo a lo largo de sus cortometrajes rodados durante el periodo republicano. A buen seguro, de no haber mediado la Guerra Civil, Velo, biólogo de carrera y fundador del cineclub de la Federación Universitaria Escolar, sería uno de los grandes referentes de la cinematografía española, sin embargo, la derrota republicana en el conflicto civil implicó su exilio, y, como Buñuel o Luis Alcoriza, encontró en México la continuidad de su carrera y su confirmación como el gran cineasta que fue, en películas como Raíces (Benito Alazraki, 1953), Torero! (1956) o Pedro Páramo (1967). Antes de verse obligado a abandonar España, Velo realizó una serie de cortometrajes documentales, la mayoría desaparecidos (solo Almadrabas se conserva tal cual fue concebido), en los que se encargó del sonido, los encuadres y los montajes, mientras, su socio, el prestigioso crítico cinematográfico Fernando G. Mantilla, asumía las gestiones de las películas en las que colaboraron, siendo la primera de ellas La ciudad y el campo (1934). Poco después del rodaje de este documento cinematográfico que no ha llegado completo hasta nuestros días, el Consorcio Nacional Almadrabero les encargó documentar la pesca del atún y su posterior conservación. El resultado fue un mediometraje que confirmaba el talento poético-visual de Velo, un documento que, con los años, ha ganado valor histórico, ya que a la poética de la captura del atún en el golfo de Cádiz, empleando la técnica de la almadraba (cerco de redes con los que se capturan las piezas), y a la didáctica de su posterior proceso industrial, habría que sumarle el valor añadido de imágenes que forman parte de la memoria de un oficio pesquero que ha venido desarrollándose desde la época prerrománica, evolucionado con el paso de los años y con los nuevos medios al alcance tanto de atuneros como de la industria conservera. Como buen admirador de Sergei M. Eisenstein, Velo priorizó en su realización el montaje, dotando a las imágenes de un sentido armonioso que se ve reforzado por el uso del fondo musical y de la voz en off que guía al público a lo largo de los minutos. Almadrabas se abre presentando el espacio: Véjer de la frontera y Barbate, para poco después mostrar a un grupo de hombres que sujetan una almadraba, unos niños que cazan hormigas y primeros planos de varios pescadores. Así se introduce el espacio marítimo-terrestre y humano que cobran el protagonismo compartido con el atún y con quienes encuentran el sustento en su pesca y su elaboración. El narrador (el propio Velo) hace hincapié en los métodos empleados, en el costoso material, en el oficio, en el aspecto humano, pero también en el protagonista pasivo, cuya captura se realiza con la profesionalidad y la artesanía que, sin el lirismo que domina en las imágenes del enfrentamiento del hombre con el medio marino, también se observan en la conservera donde se aprovecha hasta el último gramo de la captura que posteriormente será comercializada. 

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