miércoles, 23 de noviembre de 2016

Una mujer en la playa (1947)

Las carreras cinematográficas de Fritz LangJean Renoir presentan similitudes evidentes. Ambos empezaron a dirigir películas en el periodo silente, adaptaron las novelas La Chienne, de Georges de la Fouchardière, y La Bète humaine, de Émile Zola, alcanzaron la fama en sus respectivos países y se vieron obligados a abandonarlos como consecuencia del auge del nacionalsocialismo, el primero en 1933 y el segundo en 1940, a raíz de su rechazo al gobierno colaboracionista de Vichy. Siguiendo con los paralelismos, tras un breve periodo en Francia e Italia respectivamente, el exilio los llevó a Estados Unidos, donde continuaron con sus carreras dentro de un sistema de estudios cinematográficos que poco tenía que ver con las cinematografías europeas que habían dejado atrás. Allí filmaron producciones antinazi y, en más ocasiones de las deseadas, tuvieron que aceptar encargos que asumieron con profesionalidad y maestría, pero esto no evitó que muchos se vieran alterados en la sala de edición. Ante esta situación, cansados de la rigidez y de las intervenciones del sistema que dominó en Hollywood hasta la década de 1960, decidieron desarrollar su última etapa artística en Europa, aunque continuaron manteniendo su residencia en California. Pero si Lang, a pesar de no llegar a adaptarse plenamente, realizó más de una veintena de producciones americanas (la mayoría obras maestras que confirman su condición de cineasta excepcional), Renoir solo rodó cinco, en una de las cuales también contó con el protagonismo de Joan Bennett, actriz languiana en cuatro títulos y la estrella a quien la RKO puso al frente del reparto de La mujer en la playa (The Woman on the Beach), a la postre el último largometraje del realizador francés en suelo californiano. Las circunstancias que rodearon a esta película dejan bastante claro el por qué de su decisión de volver a rodar en Europa, ya que, tras la fría acogida en los pases anteriores a su estreno, el film sufrió numerosos cortes en su montaje hasta reducirlo a los setenta minutos de duración de su versión comercial, por lo que la película solo es un atisbo de lo que podría haber sido. Ante esto, y teniendo en cuenta que, además de una industria, el cine es un arte mediante el cual sus creadores se expresan, alguien podría preguntarse si adulterar la visión cinematográfica de artistas como Renoir o Lang no sería como decolorar un Van Gogh, arrancar varias hojas de Don Quijote de la Mancha o borrar parte de las notas de una sinfonía de Beethoven, y una de las respuestas concluiría que, aunque perviviese parte del genio del creador, nunca podría descubrirse en toda su dimensión la grandeza de las obras antes de ser adulteradas y retocadas. Aún así, y a pesar de la escabechina sufrida, Una mujer en la playa se disfruta como una excelente película, de las más complejas y la más onírica de Renoir, que expone un drama que semeja formar parte de un sueño extraído de la mente desorientada del teniente de guardacostas Scott Burnett (Robert Ryan). Por lo que se puede observar en su primera aparición en la pantalla, Scott sufre cada noche la misma pesadilla, como si aún no se hubiera recuperado de su traumática experiencia bélica, de la cual los médicos le aseguraron que estaba restablecido. Pero el pasado sigue ahí y le impide encontrarse a sí mismo en el presente, de modo que se trata de un hombre atrapado y perdido cuando se produce su encuentro con la solitaria mujer que observa en la playa, al lado de un barco fantasma. A raíz del encuentro, Scott se siente atraído por Peggy (Joan Bennett), de quien se enamora hasta desear liberarla de la condena que la ata a su marido, el pintor Tod Buttler (Charles Bickford). Ellos forman el triángulo de una pesadilla que los atrapa para introducirlos en una atmósfera enrarecida que se va ennegreciendo hasta provocar que, en su deseo de liberar a Peggy, Scott piense en el asesinato como único medio de conseguirlo y, de paso, también conseguir a la mujer que se ha convertido en su obsesión. En una de las primeras escenas el oficial de marina descubre que Buttler es un famoso pintor que ya no puede pintar, como consecuencia del accidente de tráfico que dañó su nervio óptico y produjo la ceguera de la que el oficial duda. Para confirmar sus sospechas, en la inquietante secuencia que se desarrolla al borde de un acantilado, pone a prueba las capacidades visuales de Tod, precipitando su caída al vacío. Por fortuna el pintor solo sufre heridas leves mientras que a Scott la culpa le puede y confiesa que lo ocurrido fue consecuencia de su incredulidad, al pensar que se trataba de una mentira para retener a Peggy. Por su parte, esta dice odiar a su marido, como si con sus palabras desesperadas intentase manipular al guardacostas para liberarse de la oscuridad que Tod proyecta en ella, aunque parte de la negrura en la que vive surge de sí misma, de su interioridad, a la que su marido alude en un momento de intimidad: <<eres tan hermosa, tan hermosa por fuera y tan mala por dentro>>, aunque en realidad solo es otro personaje condenado a vivir encadenada al pasado que llena de tinieblas su presente. La temática de la película provoca nuevas similitudes entre Lang y Renoir, puesto que Una mujer en la playa encajaría dentro del universo langiano (al lado de Perversidad o La mujer del cuadro) y, sin embargo, las pasiones y las frustraciones humanas que muestran su trío protagonista encajan a la perfección dentro de los intereses del irrepetible cineasta francés, que supo dotar de onirismo y negrura a la ambigua y enfermiza relación matrimonial, pero también al hechizo en el que parece vivir Scott, cuya idea de asesinar lo domina y nubla su juicio, lo cual, unido al comportamiento del matrimonio, va desvelando el desencanto y la complejidad de vivir atrapados en la desorientación existencial que los une.

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