viernes, 11 de noviembre de 2016

Las novias de Drácula (1960)

En buena medida el éxito de la Hammer Films residió en su equipo estable de profesionales, con nombres propios como los de Jack Asher, director de fotografía, Jimmy Sangster, guionista, Bernard Robinson, diseñador de producción, Alex Cox, editor, y, cómo no, el del realizador Terence Fisher, figura clave en la modernización de los clásicos de terror y en el periodo de esplendor de la compañía londinense. Pero estos nombres apenas adquieren rostro para la mayoría de los aficionados al género, algo contrario sucede con el del protagonista de Las novias de Drácula (The Brides of Dracula, 1960), cuyo semblante se asocia de inmediato con sus personajes Victor Frankenstein, Van Helsing o mismamente con su Sherlock Holmes en El perro de los Baskerville (The Hound of Baskerville, 1959). Peter Cushing se convirtió en un icono del cine de terror gracias a sus interpretaciones para la Hammer, sobre todo a sus colaboraciones con Fisher en producciones que, como La maldición de Frankenstein (The Curse of Frankenstein, 1957) o Drácula (Horror of Dracula, 1958), retomaban personajes clásicos del fantaterror, aunque desde una perspectiva novedosa, en la que destacaban el enfrentamiento entre lo racional (represor del deseo) y lo visceral de la naturaleza humana, los decorados diseñados por Robinson o el uso de la fotografía en color empleado por Asher en films como el presente. Pero el colorido, de tonalidades lúgubres en contraposición de tonos rojos y verdes, poco tenía que ver con las modas y sí con connotaciones dramáticas que enriquecían la atmósfera gótica y romántica de historias como la de Drácula, cuyo éxito provocó que los responsables de aquella volviesen sobre el tema del vampirismo en esta continuación que no lo es, pues posee su propia identidad y el atractivo suficiente para encuadrarla entre las grandes películas de su realizador. Las novias de Drácula sustituye al mítico no muerto que le da título por el barón Meinster (David Peel), que no logra hacer olvidar al personaje interpretado por Christopher Lee, quien rechazó volver a encarnar al conde que años después retomaría en Drácula, príncipe de las tinieblas (Dracula, Prince of Darkness, 1965). Este inconveniente alteró el guión original de Sangster, el cual sufrió numerosos cambios hasta alcanzar su estado definitivo y los personajes que finalmente protagonizan la historia. La falta de carisma del nuevo villano, que en manos de otro realizador sería un lastre, en las de Fisher no llegó a serlo, ya que el cineasta aprovechó la imagen del nuevo actor para sugerir una ambigüedad sexual inexistente en el vampiro de Lee. El joven barón, al menos en apariencia, se da a conocer al público al tiempo que lo descubre Marianne Danielle (Yvonne Monlaur), la heroína del film, en uno de los balcones del castillo adonde esta llega después de ser invitada por la solitaria baronesa Meinster (Martita Hunt). Lo que ignora la nueva profesora del internado de señoritas vecino es que, tanto la madre como el hijo, a quien pronto libera de sus cadenas, pretenden utilizarla: la primera para calmar el apetito carnal del retoño a quien ha mantenido encadenado durante años y este para liberarse de la prisión que le impide dar rienda suelta a sus instintos por un entorno (Transilvania) donde la presencia de Van Helsing, guardián de la moral y de la razón, se demora. Trascurrida media hora de metraje el personaje de Cushing hace su aparición en la pantalla, su frialdad y su racionalidad continúan siendo las mejores armas con las que cuenta para poner fin a la ola de mordiscos del no muerto, que ve en él a alguien a quien temer, pero también a una de sus posibles víctimas, como así se confirma durante la escena en la que clava sus colmillos en el cuello del doctor. El estilo de Fisher es reconocible en todo momento, su narrativa-visual, la importancia de los encuadres y de su profundidad de campo, la estética de su universo fantástico, imitado hasta la saciedad, pero siempre inimitable, y la (no tan) insinuada sexualidad de villanas y villanos se adueñan de Las novias de Drácula para volver sobre un terror no forzado, que enfrenta dos aspectos tan humanos e inseparables como los representados en los Meinster y en el dúo Marianne-Van Helsing, al tiempo que expone la decadencia de la clase aristocrática a la que pertenecen los primeros, vampirizado el barón a raíz de las orgías de sangre y de sexo celebradas años antes de la aparición de la profesora en el castillo, donde se produce su primer encuentro con el mal que desconoce y desata. En ese instante, la ingenua no comprende que su acto de generosidad hacia el vampiro (nunca ha oído hablar de no muertos), permite que aquel que se libere y sacie su sed, poseyendo a su madre la baronesa, a muchachas de la zona, que heredan su lascivia al regresar a la no vida, e incluso a su enemigo Van Helsing, que lucha desesperado con agua y fuego, signos de purificación, para no sucumbir a la naturaleza que reprime y que lo igualaría a quien le ha mordido.

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