viernes, 2 de septiembre de 2016

Parsifal (1951)

La ley de protección cinematográfica española de 1943 pretendía potenciar las producciones autóctonas concediendo a las empresas distribuidoras que las realizasen los permisos de importación de películas extranjeras, que eran las que daban mayor beneficio económico. Aparte de la picaresca (producir películas de bajo coste y sin apenas interés creativo para conseguir la distribución de títulos procedentes sobre todo de Hollywood), esta normativa provocó que algunos proyectos más complejos también surgieran de la necesidad comercial de empresas como Selecciones Capitolio-S.Huguet, S.A., presidida por el político e industrial catalán Daniel Mangrané i Escardó, en la que colaboraba su hijo, que fue el impulsor de una película que, guste, disguste, aburra o deje indiferente, resulta una rareza dentro del cine español. A diferencia de otros films hechos para obtener los permisos, Parsifal contó con un presupuesto elevado para su época y con la implicación absoluta de su máximo responsable, Daniel Mangrané hijo, que de esa forma llevaba a la pantalla su admiración por la música de Richard Wagner. Pero la inexperiencia en la dirección de Mangrané, de profesión ingeniero químico, lo convenció para buscar un realizador que se hiciera cargo de la parte técnica y visual de la producción, de modo que ofreció la codirección a Manuel Mur Oti, aunque antes de iniciarse el rodaje el cineasta vigués fue sustituido por Francisco Rovira Beleta, que a su vez lo sería por Carlos Serrano de Osma. La película parte del mito para desarrollar su discurso moral y plantear cuestiones relacionadas con la actualidad de su época, como sería la Guerra Fría y el temor a un nuevo conflicto a escala mundial. De ese modo, el film se inicia durante la hipotética tercera guerra mundial que ha devastado el mundo hasta convertirlo en el paisaje desolado desde donde la historia retrocede en el tiempo para desarrollar una fantasía dominada por el misticismo que mana de la leyenda basada en la ópera homónima de Wagner (y esta en un poema épico medieval). A ratos reiterativa en su mensaje y a ratos brillante en su concepción visual, Parsifal arranca en ese presente de destrucción con dos soldados que se adentran en las ruinas donde descubren el manuscrito que sirve de puerta temporal para introducir el flashback que narra el recorrido existencial de un hombre puro espíritu, en un entorno dominado por la ausencia de la inocencia que a él lo legitima a ojos de los custodios del Grial y lo convierte en el único que podría recuperar la lanza que devuelva la vitalidad a Amfortas (Alfonso Estela), uno de los guardianes del cáliz. Las imágenes retroceden al siglo V, a una España dominada por las hordas bárbaras. Dos de los guerreros, Klingsor (Félix de Pomés) y Roderico (Ángel Jordán), se enfrentan en combate a muerte, pero el segundo, vencedor del envite, perdona la vida de quien, segundos después, lo mata a traición. El fallecido no es otro que el padre del héroe no nato y esposo de la mujer (Ludmilla Tchèrina) que huye para dar a luz a un bebé que cuida en la soledad de la montaña donde se ocultan. Allí el niño crece inmaculado y libre de pecado para convertirse en el joven que sueña encontrar a los caballeros encargados de custodiar la reliquia sagrada. Pero por su camino aparece Kundria (Ludmilla Tchèrina), de quien se enamora sin saber que es la hija del asesino de su padre. Klingsor, convertido en señor de cuanto se observa en el horizonte, emplea la hermosura de Kundria para atraer a Persifal (Gustavo Rojo), lo que provoca que el periplo del héroe lo enfrente a numerosos peligros, a sucumbir al deseo que la belleza de la joven le despierta, a introducirse en el jardín de los siete pecados para recuperar la lanza de Amfortas o a caer en la soberbia de creerse el salvador de un mundo en donde a cada paso se aleja de la pureza exigida para alcanzar el lugar sagrado que anhela encontrar. El enfrentamiento entre pureza e impureza es constante a lo largo del film, pero se acentúa cuando Parsifal abandona el bosque de los siete pecados y recorre la tierra sin encontrar aquello que desea, porque no es consciente de que la inocencia que busca era la que llevaba en su interior, una inocencia que olvida pero que recupera para dar paso al hombre renacido, a imagen del Jesús de la iconografía católica, que finalmente alcanza su meta.

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