sábado, 4 de junio de 2016

La ciudadela (1938)

Las adaptaciones de las novelas de A.J.Cronin y Ayn Rand filmadas por King Vidor en La ciudadela (The Citadel, 1938) y en El manantial (The Fountainhead, 1949) presentan a dos protagonistas, un médico y un arquitecto, que destacan por su individualidad y por la ilusión con la que encaran su oficios, sin embargo, el primero claudica ante la opulencia y la aceptación del supuesto éxito, mientras que el segundo nunca reniega de aquello que lo define: su pensamiento y su interpretación de sí mismo dentro de un entorno que no tolera a quienes se desmarcan de lo establecido, aunque su distanciamiento implique un avance social o cultural. Entonces, ¿se puede calificar de triunfador a quien ha renegado de su esencia para lograr el éxito material o lo es quien asume la honestidad consigo mismo como punto de partida para convertir su existencia en un triunfo, aunque este no lo sea para los demás, ni implique riqueza o fama? Una de las diferencias entre los supuestos éxitos y fracasos estriba en la interpretación social, que toma como baremos de medición el dinero o la popularidad, y la individual, que en ocasiones coincide con la anterior y en otras con la ofrecida por el arquitecto al que dio vida Gary Cooper en El manantial. Este personaje no precisa la aceptación pública para sentirse realizado, ya que su realización no depende de juicios externos, sino de la fidelidad a sus ideas y a los valores que le hacen ser quien es. Por este motivo, es consciente de que su elección es el triunfo en sí mismo, lo que implica que ni necesite lujos ni demostrar nada a quienes pretenden que reniegue de su yo, sin embargo, el doctor interpretado por Robert Donat en La ciudadela asume que ha triunfado cuando alcanza el confort que lo aleja del joven idealista que se descubre al inicio del film, cuando llega a un pequeño pueblo sin más que lo puesto, pero con la intención de mejorar la situación de los vecinos y, avanzado el metraje, la de los mineros galeses en su siguiente destino, donde sufre el rechazó de la ignorancia y de las costumbres asumidas como inamovibles. Desde su perspectiva inicial ambos personajes se rigen por las ideas que dan forma a la individualidad que los convierte en únicos dentro del conjunto homogéneo que los margina, sin embargo, el protagonista de El manantial no pierde de vista lo que para él es primordial, algo que sí sucede con el doctor Mason después de su encuentro con un antiguo compañero de facultad (Rex Harrison) que, al igual que aquellos colegas de profesión que lo rodean, mide el éxito por el corte y confección de su traje, por su destreza en el campo de golf y por los cheques que recibe de pacientes adinerados, a quienes receta y atiende con la única intención de obtener el beneficio material que seduce a Andrew Mason. El bienestar material al que accede el protagonista implica la perdida de sus ilusiones y el olvido de la honestidad que lo definía. Ambas pérdidas lo distancian del hombre de quien Christine (Rosalind Russell) se enamoró, un médico que encaraba desde la entereza las múltiples trabas que se le presentaban, sin pensar en la comodidad, el dinero, los trajes caros, los automóviles deportivos o las fiestas de la alta sociedad que en su presente sustituyen al juramento hipocrático y al idealismo que lo empujaron a salvar la vida de un recién nacido, a rescatar a un minero atrapado en un túnel, a investigar la silicosis o a volar aquel viejo alcantarillado, fuente de fiebres tifoideas, que las autoridades se negaban a sustituir por uno que no perjudicase la salud pública. Aquel Mason ha desaparecido entre el confort y la falta de compromiso con sus ideales médicos, lo cual implica la negación del yo que se confirma durante la escena en la que rechaza la propuesta de su amigo el doctor Denny (Ralph Richardson) y desestima ayudar a la hija de la dueña del restaurante donde siempre tuvo un plato de comida. <<Andrew, cariño, ¿no ves que te estás vendiendo a ti mismo?>>, le dice Christine al no reconocer en él al hombre que fue. Pero el renacer del protagonista no se produce como consecuencia de las palabras de su mujer, sino por la desastrosa y trágica operación de la que es testigo, un shock que lo devuelve a la senda vital iniciada por aquel joven sin blanca, pero con su individualidad y su compromiso médico intactos, consciente de que son las ideas y el esfuerzo de cada uno de sus componentes los que permiten la mejora grupal que defiende durante el juicio que cierra el film.

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