lunes, 16 de mayo de 2016

Corazones del mundo (1918)

Durante los años que precedieron a la Gran Guerra (1914-1918), las potencias europeas se rearmaron conscientes de que tarde o temprano el conflicto bélico sería una realidad, pero ninguno de los gobiernos implicados contaba con que la guerra por venir sería distinta a las anteriores y que esta se prolongaría hasta noviembre de 1918. Aquello que en julio y agosto de 1914 los distintos pueblos europeos vitoreaban, convencidos de que iba a ser un enfrentamiento armado de rápida solución, se convirtió en un largo periodo de lucha durante el cual los países se desangraban en una contienda de desgaste que no parecía tener fin. Los ejércitos de ambos bandos sufrían numerosas bajas (alrededor de ocho millones de soldados al concluir la guerra), la población civil padecía el racionamiento, el hambre, la miseria y otras carestías que, en países como Alemania o Rusia, provocaron protestas y movimientos revolucionarios, los militares empleaban viejas estrategias y nuevas armas (tanques, aviones, submarinos u obuses de mayor potencia y alcance) y los políticos se mantenían expectantes respecto a un posible movimiento del gobierno estadounidense. Al otro lado del Atlántico, el presidente Woodrow Wilson mantenía una postura de neutralidad inamovible, lo que permitía a la sociedad estadounidense permanecer al margen de cuanto sucedía en Europa, salvo por los jóvenes voluntarios que abandonaban sus hogares para luchar en el bando aliado, por los medios de comunicación o por las producciones cinematográficas (cortometrajes, largometrajes o noticiarios) que de un modo u otro dirigieron su mirada hacia el conflicto, aunque nadie parecía caer en la cuenta de que tarde o temprano las circunstancias, los intereses y las presiones llevarían a los suyos al frente. En 1917 la marcha de la guerra no favorecía a los aliados, tampoco a los imperios centrales, lo más lógico hubiera sido firmar una acuerdo de paz, sin embargo la lógica no pudo borrar los hechos que se habían producido hasta entonces ni disminuir las exigencias de ambos bandos para que se produjese un acercamiento definitivo. En esta tesitura, los británicos eran conscientes de la necesidad de que los norteamericanos apoyasen su causa de manera activa, pero, para que esto fuera posible, había que concienciar a los estadounidenses de dicha necesidad. Una de las ideas para lograrlo consistió en convencer a David Wark Griffith, que se encontraba en Inglaterra promocionando Intolerancia (Intolerance; 1916), para que realizase una gran película de propaganda. Así pues, tras el fiasco comercial de su última producción, Griffith vio con buenos ojos aceptar un proyecto que le permitía abordar una nueva temática, aunque, cuando inició el rodaje, sus paisanos ya habían declarado la guerra a los Imperios de Europa Central, por lo que Corazones del mundo (Hearts of the World) había perdido su principal razón de ser. Aún así, Griffith siguió adelante con el rodaje de esta superproducción que se abre con imágenes suyas en el frente occidental y con su encuentro con el primer ministro británico David Lloyd George. Como consecuencia de esta introducción, desde una perspectiva ideológica, la película se posiciona desde su primer minuto, al tiempo que ubica la acción en un contesto real que en manos del responsable de El nacimiento de una nación (The Birth of a Nation; 1914) se convierte en un espacio donde se mezcla épica, realismo, partidismo y el melodrama folletinesco que se vive en medio de la lucha armada, por lo que la rigurosidad histórica y los múltiples motivos que provocaron el conflicto (entre ellos la política de los gobiernos, las actividades militares o la exaltación nacional) brillan por su ausencia. El realizador encaró su primera incursión en el género bélico primando la espectacularidad, el drama y su visión de los hechos, que dividía a los beligerantes en buenos y malos o, dicho de otra manera, entre quienes luchan por la libertad y aquellos que pretenden erradicarla. Esta circunstancia se observa a lo largo de la trama protagonizada por dos familias estadounidenses afincadas en suelo francés, cuyos hijos se enamoran poco antes de que la guerra se desate y los separe. A pesar de que no se trata de su país, Douglas (Robert Harron) se alista, convencido del deber de velar por la idea de libertad que le inculcaron, la misma idea que defendería su nación de origen y la misma que el enemigo pretende destruir arrasando cuanto encuentra a su paso. Enviado al frente cercano a su hogar, participa en la lucha hasta que cae malherido, mientras, en el pueblo varios miembros de las dos familias fallecen durante un ataque alemán. Esta desgracia lleva a Marie (Lillian Gish) a deambular desesperada por el campo de batalla, en una escena que concluye cuando encuentra a su amado, a quien da por muerto y a quien vela durante toda la noche. Al amanecer ella regresa a casa sin saber que varios enfermeros descubren al muchacho con vida. Trasladado a un hospital se recupera de sus heridas y se reincorpora al frente, donde no tarda en hacerse pasar por oficial prusiano para cruzar las lineas enemigas, lo que le permite ir en busca de su novia, que sufre el acoso y los malos tratos del enemigo conquistador que se representa en la figura de Von Strohm (George Siegmann). Como película propagandística, Corazones del mundo cumplió su objetivo, pero más allá de esta cuestión, destaca por la fluidez narrativa de Griffith, que combina la épica de las escenas de batalla con la desesperación que sufre la población civil, individualizada en la enamorada, en la muchacha interpretada por Dorothy Gish y en los hermanos del soldado. El uso del montaje, del plano-detalle, de imágenes espectaculares o del rescate in extremis (por parte del ejército estadounidense) son características de un estilo que sobrevive al paso del tiempo, no así su mensaje, más forzado y menos honesto que la comicidad pacifista que Charles Chaplin empleó en Armas al hombro (Shoulder Arms; 1918) o la poética denuncia con la que Abel Gance dio forma a Yo acuso (J'accuse; 1919), dos producciones que mostraron la contienda desde una perspectiva distinta a la expuesta por Griffith en este éxito de taquilla que sentó las bases sobre las que se desarrollaría el cine bélico posterior.

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