domingo, 29 de mayo de 2016

Cielo negro (1951)

Melodramas como Cielo negro (1951), Condenados (1953) u Orgullo (1955) convirtieron a Manuel Mur Oti en uno de los cineastas españoles más destacados de la primera mitad de la década de 1950, sin embargo hacia mediados de la siguiente sus películas empezaron a caer en el ostracismo que se confirmó con su retiro, tras filmar Morir... Dormir... Tal vez soñar... (1976). Como había sucedió con otros antes y volvería a suceder con otros después, su obra se perdió en el olvido, pero, en 1992, la Cinemateca Portuguesa y la Filmoteca Española realizaron una retrospectiva que sirvió para dar a conocer su filmografía y revindicar su importancia dentro del cine español, al que Mur Oti ofreció excelentes títulos como este drama que se inicia con el plano de un viaducto que volverá a asomar en la pantalla para confirmar la imposibilidad y la desesperación de la protagonista. Emilia (Susana Canales), sufrida y condenada a la soledad que define a los personajes femeninos del realizador vigués, se presenta como una joven quijotesca que interpreta la realidad desde su fantasía. De tal manera, Cielo negro se vertebra sobre la alteración de lo real a través de la mentira, la que Emilia se dice a sí misma, y que se confirma con su transformación cuando acude a su cita con Fortún (Luis Prendes), la perpetrada por Lola (Teresa Casal) mediante las cartas escritas por el poeta López Veiga (Fernando Rey) y el engaño con el que la protagonista alegra los últimos días de su madre moribunda, un engaño que en su intención remite al ideado por Juan Castilla en La aldea maldita (Florián Rey, 1930), otro título clave de la cinematografía española. Con un lento movimiento de cámara el encuadre abandona el puente para mostrar una ventana y una jaula, dos nuevos objetos que, avanzado el metraje, reafirman los barrotes de imposibilidad que atrapan a esa muchacha cuya distorsión mental cobra apariencia física en su precaria capacidad visual. La ilusión inicial que define su comportamiento le impide distinguir entre la realidad y la idealización que de ella hace: huele aromas florales en olores de comida, ve un cielo azul donde domina el gris o confunde los calcetines que secan en el patio interior del edificio con geranios inexistentes. Estas alteraciones del entorno físico refuerzan la interpretación psicológica que se intuye durante su encuentro con Ricardo Fortún en las escaleras de la casa de modas donde ambos trabajan. Allí, su ceguera simbólica se hace visible, por ello y no por su problema físico, Lola, la novia de Ricardo, la apoda "miopita", porque ha captado la incapacidad de la muchacha para comprender que aquel a quien ha idealizado nada quiere de ella, salvo las traducciones en las que se ha dejado parte de su precaria salud visual. En ese instante el hombre se muestra agradecido y le dice que se ponga guapa, porque esa noche la llevará a la verbena, música para los oídos de quien nunca ha tenido un encuentro romántico. Pero, al igual que el personaje interpretado por Joan Fontaine en Carta de una desconocida (Letter from a Unkown Woman; Max Ophüls, 1948), su sueño de amor está condenado a no existir más allá de la imaginación, de modo que, durante su ansiado encuentro nocturno, Emilia se inventa dos horas de felicidad que concluyen cuando se desata la tormenta atmosférica que tendrá su réplica vital una vez devuelva el vestido que tomó prestado de la boutique. Este préstamo, que la dueña considera un robo, se convierte en el detonante de su despido, de su estéril deambular en busca de trabajo y de su caída en el abismo del que pretende escapar escribiendo una carta al ser idealizado. En ella expresa sus sentimientos, sus deseos y sus esperanzas, pero estos caen en manos de Lola, que contrata los servicios del poeta, por café con leche y ensaimadas, para que responda a la remitente haciéndose pasar por Fortún. A pesar de ser otro soñador, en su primera aparición, Lopéz Veiga antepone sus necesidades materiales (la de llenar su estómago vacío) a su poesía, lo cual lo incapacita para plantearse la existencia de un alma que sufre las consecuencias de las líneas que escribe prometiendo un falso amor y una falsa propuesta matrimonial. Dicha falsedad, una más dentro de un film que gira en torno a ellas, llena de luz la sombría existencia de la protagonista, pero también la de su madre, quien, consciente de su inminente final, le ruega que apremie a Ricardo para que este acuda a pedir su mano antes de que se produzca lo inevitable. En ese momento la mentira de amor y la necesidad materna dominan en la joven, que no duda en escribir al personaje inventado para contarle la situación y el último deseo de su madre. Esta realidad pone fin a la burla de López Veiga, que decide confesar la verdad a la víctima sin ser consciente de que, a partir de ese instante, formará parte de un último engaño, aquel que nace de la desesperación de una mujer que sufre anímica y físicamente hasta el extremo de amenazar al poeta (para que asuma el papel inventado) y acariciar la idea del suicidio, la cual se gesta desde la ventana que le muestra el viaducto con el que Mur Oti abrió su película, como si aquella primera imagen de Cielo negro presagiase el destino de su protagonista.

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