lunes, 28 de marzo de 2016

La sombra del caudillo (1960)


A principios del siglo XX México vivía un periodo de miseria y desigualdad social extrema. A la falta de un sistema educativo que ayudase a paliar la situación, habría que sumarle las humillaciones sufridas por el campesinado a manos de los caciques, que poseían la práctica totalidad de las tierras cultivables, y las injusticias sociales consentidas y potenciadas por el gobierno de Porfirio Díaz. Con este panorama era cuestión de tiempo que las ideas revolucionarias estallasen en un conflicto armado, solo hacía falta que alguien prendiese la mecha. El cinco de octubre de 1910 Francisco Ignacio Madero lo hizo, al renegar de la autoridad de Díaz y asumir la presidencia provisional, a la espera de que el pueblo pudiera elegir a sus representantes en elecciones libres y democráticas. Este paso inició el levantamiento popular que derrocó a Porfirio Díaz, aunque la estabilidad política no se consolidaría hasta 1930. Durante aquellos años se produjeron sucesiones en la presidencia, asesinatos y nuevas revueltas. En 1913, poco después de ser elegido en las urnas, Madero y su vicepresidente José María Pino fueron asesinados por orden de Victoriano Huerta y Félix Díaz, y una vez más las armas cobraron protagonismo en suelo mexicano, en una lucha civil en la que también tomó parte Martín Luis Guzmán. El escritor combatió a las ordenes de Francisco Villa, aunque, un año después, las circunstancias lo obligaron a exiliarse en España para hacerlo poco después en los Estados Unidos. En su ausencia, la inestabilidad continuó y los enfrentamientos se cobraron nuevas víctimas, entre ellos el popular líder agrarista Emiliano Zapata, asesinado en 1919 durante una emboscada perpetrada por hombres del presidente Carranza (a su vez asesinado en 1920). Por aquel entonces, Guzmán regresó a su país y continuó siendo testigo de la evolución (o involución) de las ideas revolucionarias, pero no tardó en volver a asumir protagonismo al ser elegido diputado, cargo que ocupó hasta diciembre de 1923. Pero, una vez más, la situación política, Adolfo de la Huerta se había rebelado contra el presidente Álvaro Obregón, precipitó su segundo exilio en España (1925-1936), donde no perdió contacto con su tierra natal ni con los hechos que en ella se vivían. Fue durante esta etapa cuando escribió su libro autobiográfico El águila y la serpiente (1928), en él narró parte de sus experiencias revolucionarias, y la novela La sombra del caudillo (1929), que ahonda en los entresijos de la política mexicana y en la lucha por el poder que se desata durante la sucesión del caudillo al que alude el título. El líder ficticio apenas asoma por las páginas del libro, aunque su sombra se encuentra presente en los hechos que se narran, como también lo está en la adaptación a la gran pantalla realizada por Julio Bracho en 1960. Pero, al igual que sucedió con la novela en su momento, La sombra del caudillo cinematográfica fue prohibida en México, lo que provocó que su estreno oficial no se produjese hasta treinta años después del rodaje. A pesar de su tardía proyección, la película de Bracho sobrevivió a su condena sin perder vigencia ni atractivo (como tampoco lo ha hecho la recomendable novela que la inspiró). La trama, desarrollada entre 1920 y 1930, muestra los intereses enfrentados dentro de un entorno en apariencia democrático, dominado por las ambiciones de unos, las traiciones de otros o la corrupción de aquellos que también atentan contra el general Aguirre (Tito Junco), a quien se ataca desde la difamación y la violencia, consentidas por aquel cuya sombra se extiende para imponer sus dictados y a su sucesor. Esta circunstancia genera la trágica lucha entre el bando hilarista y el aguirrista, que se olvidan de que cualquier aspecto que no sea el de alcanzar el poder que el general no desea, porque, a pesar de ser ministro de la Guerra, ni le interesa la política ni es un idealista. De hecho, al inicio del film, se observa a Aguirre despreocupado, coqueteando desde su automóvil con Rosario (Bárbara Gil), a quien sí desea y con quien se muestra seguro, como si el mundo le sonriera, ajeno a la tormenta atmosférica que se desata en ese instante y que presagia otra más peligrosa. Las siguientes imágenes lo muestran en su oficina, recibiendo la visita de diferentes políticos y militares que le prometen su apoyo incondicional si se presenta a la presidencia. El oficial no contempla tal idea, pero, cuantos asoman por la pantalla y por las páginas de la novela, se empañan en empujarle hacia la aceptación del nombramiento. Todos, salvo el propio Ignacio Aguirre y su amigo el diputado Axkaná González (Tomás Perrín), dan por hecho su candidatura, causa que desata la tormenta política que lo pone entre la espada y la pared, a pesar de sus continúas negativas a convertirse en el sustituto de aquel para quien ha trabajado y a quien, en su pensamiento iluso, le une un lazo de amistad inexistente, como demuestran las consecuencias que acarrean los intereses ajenos que lo obligan a asumir su enfrentamiento con en el caudillo (Miguel Ángel Ferriz) y con su candidato el general Hilario Jiménez (Ignacio López Tarso). Apoyado por el líder de país, Jiménez emplea métodos represivos para frenar a su homólogo y rival, de tal manera que se sella el destino de Aguirre, de Axkaná y de los amigos que lo apoyan, ya que a partir de ese instante se desatan los atropellos que se suceden a lo largo de una película comprometida y censurada sin explicación, aunque esta podría encontrarse en la demoledora crítica que Bracho heredó de la novela de Guzmán, la cual profundiza desde su narrativa fluida, pero implacable, en la inestable política que Olivier, líder del partido radical, asegura <<no conjuga más que un verbo: madrugar>>, porque, vistos los acontecimientos acaecidos a lo largo de los años, es consciente de quien madruga a la hora de asestar el primer golpe, tiene vía libre para alcanzar el poder.

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