domingo, 27 de marzo de 2016

Esa pareja feliz (1951)

Como cualquier otro medio de expresión de ideas, el cine no es ajeno a la realidad de su momento y, aunque quisiera, no podría serlo, porque quienes lo realizan son hombres y mujeres que viven durante ese periodo que marca su comprensión de cuanto observan e interpretan en las imágenes que dan forma a sus comedias, a sus dramas o a sus fantasías. Esa pareja feliz es un ejemplo de ello, pero, además, presenta el interés añadido de ser el debut en la dirección de dos figuras claves de la cinematografía española. En la década de 1950 algunos cineastas, entre ellos Juan Antonio BardemLuis García Berlanga, tenían claro que el cine español necesitaba modernizarse y, para fijar el rumbo a seguir, en 1955 se reunieron con otros realizadores en Salamanca. Pero hasta entonces pocas habían sido las producciones que mostraron la realidad social como parte fundamental de las tramas, quizá la más conocida del periodo anterior a las conversaciones salmantinas sea Surcos, dirigida en 1951 por José Antonio Nieves Conde. A raíz del éxito internacional de Muerte de un ciclista (1955) se produjo un incremento en el realismo cinematográfico español, pero la dictadura no apoyaba este tipo de películas, por lo que no llegó a existir un movimiento como el "neorrelismo", desarrollado en Italia a partir de 1945, o, ya en la década siguiente, el "free cinema" en Inglaterra y la "nouvelle vague" en Francia. A pesar de la falta de apoyo institucional, sí hubo intentos de mostrar la cotidianidad, sobre todo en comedias que la empleaban como telón de fondo, pero con la intención de evidenciar las circunstancias sociales que afectan a las vidas de sus protagonistas. Pioneras en este tipo de películas son El último caballo, realizada por Edgar Neville en 1950, y el primer largometraje de Bardem y Berlanga, por aquel entonces dos jóvenes con intenciones comunes, aunque con visiones y pensamientos diferentes, como quedaría reflejado en sus carreras en solitario. Pero en Esa pareja feliz unieron sus talentos y sus inquietudes para apostar por la ruptura con la inercia predominante, un soplo de aire fresco que cobró forma en esta farsa desenfadada en la que Bardem se encargó de la dirección de actores y Berlanga de la parte técnica. La sátira que se muestra condena a sus protagonistas a compartir una existencia que confirma que sus sueños de felicidad no se han cumplido, de modo que esta realidad genera la frustración de Juan (Fernando Fernán Gómez) y sus continúas discusiones con Carmen (Elvira Quintillá), confiada en que la suerte que se les niega acabará por llamar a su puerta, sin embargo, como se observa en los flashbacks, el único que llama es el cobrador de la academia en la que el protagonista cursa estudios. La mezcla de realismo social, cercano al primer Bardem, y de sátira, siempre presente en las películas de Berlanga, combina humor y amargura para exponer la cotidianidad del matrimonio protagonista, que, a la pérdida del trabajo de Juan y a su condición de realquilados, tema que Marco Ferreri y Rafael Azcona expondrían con gran acierto en El pisito, habría que sumarle la presencia de personajes que se aprovechan de sus ilusiones y de su ingenuidad. En esta mezcolanza de intereses autorales reside el acierto de una comedia que apostó por el realismo cómico para preguntar ¿qué es la felicidad? ¿Cuánto puede durar? ¿Y si esta tiene cabida en un entorno que cambia las ilusiones por la desilusión que lo define? Para el matrimonio, la felicidad es un estado ilusorio representado en el pasado que choca con su presente, que les obliga a superar diferencias y limitaciones, algo que logran gracias al cariño y a la certeza de que al menos ellos se tienen el uno al otro, y este sería el principio de su fortuna, aunque sea tan efímera e ilusoria como el premio al que alude el título de la película.

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