viernes, 19 de febrero de 2016

Los odiosos ocho (2015)

El cine de Quentin Tarantino se ha ido mitificando hasta el extremo de convertirse en un reclamo publicitario que atrae a un gran número de público incluso antes del estreno de sus películas. Sin embargo, con cada nueva entrega, su cine parece repetirse e incluso ir de más a menos, aunque de hacerlo, persigue nuevas formas y un desenfado similar al mostrado en Reservoir Dogs, en la que ya se observan las características que conforman el estilo de un cineasta a quien algunos idolatran, otros aceptan y otros apenas toleran, aunque quizá sea exagerado canonizar o denostar su filmografía, que necesita de una visión más objetiva y menos populista para ser analizada más allá de su envoltorio. Lo que parece quedar claro en el presente, respecto a su bagaje fílmico, es la constante presencia de aspectos reconocibles entre los que sobresale el ego de un realizador autocomplaciente que filma por y para reivindicar su universo cinematográfico, el cual se vertebra sobre diálogos, en su mayoría repetitivos, personajes que podrían encajar indistintamente en cualquiera de sus propuestas, la violencia visual o su constante inspiración en películas que, de una forma u otra, han marcado su comprensión del medio. De tal manera, más que de un western, habría que referirse a Los odiosos ocho (The Hateful Eight) como la octava película de Tarantino, como bien tiende a recalcar en los créditos iniciales que se sobreimpresionan sobre el fondo nevado por donde transita una diligencia que nada tiene que ver con aquella que John Ford mostró en 1939, porque ni Tarantino es Ford ni pretende serlo y, en el caso de pretenderlo, tampoco podría, al no poseer su concepción cinematográfica ni su narrativa, en apariencia sencilla, aunque siempre compleja y reflexiva. Como en otras de sus películas, el responsable de Django desencadenado se tomó su tiempo para presentar a cuatro de sus personajes principales antes de abandonar el medio de transporte y acceder a otro espacio acotado, donde estos se reúnen con otros cuatro, dilatando sus intenciones como si pretendiera mostrar un juego de apariencias en el que se enfrentan verdades y mentiras. Pero en ese instante, prolongado dentro de un entorno delimitado que pretende ser opresivo, me vino a la memoria la inigualable capacidad de Joseph L.Mankiewicz a la hora describir la lucha por el poder en espacios cerrados donde sus personajes destacan por sus diálogos, y la clase que atesoran, su elegante ambigüedad, su ironía y su inteligencia, características todas ellas que no tienen cabida dentro de esa posta donde Tarantino enfrenta a sus protagonistas, porque estos son atracadores, asesinos, malditos bastardos u odiosos que se presentan desde frases amenazantes, malsonantes y, en muchas ocasiones, vacías de contenido, a la espera del brote de violencia que define el climax cinematográfico de un cineasta que la emplea como fin (no como recurso ni como parte de la naturaleza del individuo frente al medio), sin la amarga poética de Sam Peckinpah, sin la fatalismo de Jean-Pierre Melville o sin el escepticismo existencial de Robert Aldrich, para mostrar una sociedad en la que el dinero es el motor del individuo que la conforma. Aún así su firma autoral intenta combinar un poco de unos, de otros y de ninguno, porque aquellas fuentes de las que bebe, Sergio Leone entre ellas, son alteradas para ponerlas a su disposición, de modo que la diligencia en la que viajan los personajes interpretados por Kurt Russell, Samuel L.Jackson y Jennifer Jason Leigh al inicio de la película no presenta un microcosmos variopinto, sino un trío que se iguala en su amoralidad. Estos dos cazarrecompensas y la forajida, a quien le aguarda la horca, recogen a un cuarto pasajero (Walton Goggins) antes de detenerse en una estación perdida en las nevadas montañas de Wyoming, centro de reunión de los ocho odiosos que delatan parte de sus intenciones con palabras que también emplean para ocultar aquellas que, sin ningún tipo de prejuicio, el realizador muestra a medida que avanzan los capítulos en los que, de nuevo, dividió su historia, a la espera de ofrecer una nueva y sanguinaria explosión de violencia que retrae a sus orígenes, aunque, donde en Reservoir Dogs la fuerza bruta, la verborrea y la tensión surgen de manera espontánea, en su octavo film da la sensación de que estas se fuerzan al máximo tras la larga espera de una resolución que el espectador, familiarizado con su cine, ya conoce.

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